Sara Noemí Mata


Cementerio de periodistas
13/Mayo/2013

Hace unas semanas llegó mi ejemplar de “Tú y yo coincidimos en la noche terrible”, un libro de obituarios de 127 periodistas y trabajadores de la información asesinados o desaparecidos en México entre el 2 de julio de 2000 y el 2 de julio de 2012.

El proyecto de recuperar las historias y hojas de vida de los periodistas caídos en cumplimiento de su labor en los sexenios panistas fue coordinado por Lolita Bosch y Alejandro Vélez y financiado por un esquema novedoso: por Internet se convocó a otros periodistas de México y Latinoamérica a reportear las historias de sus compañeros de profesión y a voluntarios que quisieran pagar por adelantado la impresión de su ejemplar, para que algún día el libro cobrara la materialidad que hoy tiene.

El libro no está en venta. La edición es entre conmemorativa y un informe interno que aquellos interesados en un mejor periodismo debiéramos de tomar en cuenta.

Aunque aún no he terminado con la lectura de las historias, lo que las une son tres tragedias:

La primera es casi una obviedad que comparten las víctimas de delitos en este país: la impunidad en la que sus casos permanecen; los que han rescatado las historias de los periodistas muertos advierten que las procuradurías al cargo reportan invisibles avances y, en algunos casos, cómo el entorno de violencia contra los comunicadores sigue intacto, incluso las familias optan por no indagar ni pedir que las investigaciones concluyan. Lo segundo es la desprotección con que viven y mueren los periodistas en los sexenios esperanzadores y frustrantes de la transición democrática mexicana.

Dicen los presentadores de este volumen que es un libro “de los valientes y los responsables. De los que callaron. De los que no sabemos nada. De los olvidados. De los que estaban en el lugar equivocado. De todos aquellos cuyos familiares no tienen recursos para seguir indagando. De los que murieron solos. De los que ya nadie busca.”

La tercera cuestión que más me ha impactado observar en lo que llevo revisado de las historias de los periodistas asesinados es la pasmosa imbricación laboral que muchos de los muertos o desaparecidos mantenían con instancias de gobierno, o con segundos y terceros empleos. Quizá porque la mayoría de ellos trabajaban en poblaciones de medianas a pequeñas en que los medios de comunicación distan de ser grandes o consolidados, resulta común que los periodistas reporteen y manden sus colaboraciones y también cobren en alguna plaza de comunicación social de una dependencia (en el mejor de los casos, ajena a la fuente que cubren) o corran a impartir una clase o que rentabilicen, por ejemplo, su actividad de fotoperiodismo con la cobertura de eventos particulares o sociales.

Empleados, empleadores y consumidores de periodismos nos hemos acostumbrado a que los reporteros ganen tan poco que mejor se adecuan las responsabilidades o los tiempos para que trabajen para varios patrones, sean éstos el propio gobierno al que cubren, “tostonien” sus habilidades, o se enrolen a profesiones que en sí mismas son demandantes como el dar clases.

Es muy duro leer por horas noticia de asesinatos y desapariciones de gente que fueron como tú, que supieron de las precaridades de la vida periodística, de sus exigencias de tiempo y entrega, y que con todo y ello, hicieron su esfuerzo. No sabemos si el mejor, si el más honesto o libre de dichos esfuerzos, pero lo hicieron frente a sus fuentes, a sus patrones y frente a sus lectores o escuchas.

Y lo que queda después de sus tragedias, varias presenciadas por sus propios hijos o esposas, es una indiferencia igual de lastimosa. Para botón de muestra está la marcha que se llevó a cabo simultáneamente en varias ciudades del país el pasado 28 de abril para exigir protección mínima para los trabajadores de la prensa y el esclarecimiento de los periodistas asesinados.

Se eligió la fecha del primer aniversario luctuoso de la periodista veracruzana Regina Martínez, corresponsal de la revista Proceso, cuya resolución del caso prácticamente nadie toma por cierta o creíble. Las muertes de periodistas adquieren entonces la doble consigna, como dijo el escritor Juan Villoro para la ocasión: “que se detenga a los culpables y que en el camino no se detenga a inocentes”, con ese ánimo de show-news, de presentar falsos resultados, con que las procuradurías de justicia han acostumbrado a los reporteros de la fuente para distraer de sus no-avances.

Pero ¿qué tuvimos al día siguiente de este nutrido esfuerzo de expresión gremial? Que el hecho no alcanzó los titulares de los medios más influyentes a nivel nacional o regional.

Mientras la marcha fue desplegada en medios internacionales que hacen suya la preocupación por la inseguridad –ya no sólo económica, laboral o política, sino vital- con que se ejerce el periodismo en México, entre nosotros apenas se habló de ello.

Si, como es explicable, Usted no supo de esta acción de protesta y demanda, pero le interesa no poner una lápida más en el cementerio de periodistas, le recomiendo busque el documental sobre Regina Martínez, elaborado por la organización no gubernamental “Artículo 19”; está en You Tube y dura unos 16 minutos.

Sabíamos que la impunidad mata; agreguemos que la indiferencia también.

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