Sara Noemí Mata


Periodistas en vitrina
06/Mayo/2013

De los primeros recuerdos que tengo de mi contacto con el periodismo es una escena de mis abuelos recargados en una ventana donde reposaba un televisor a blanco y negro. El sintonizador de canales era una perilla que giraba del 1 al 13. La escena se repetía cada noche, entorno de las once, en que mis abuelos tomaban el té y el pan, mientras tragaban las noticias del día.

Al final de “Jacobo” mi abuelo apagaba el televisor con una mueca de incredulidad, por lo que se intuía que ocultaba; enojo, por el tono oficialista con que informaba; y resignación, porque sabíamos que al día siguiente sería igual y estaríamos todos sintonizando “24 horas”.

Eso recordé esta semana cuando le entregaron al periodista Jacobo Zabludovsky la medalla “Eduardo Neri y legisladores de 1913” en la Cámara de Diputados. La distinción lleva este nombre porque conmemora a un joven legislador guerrerense (tenía 26 años cuando era diputado federal) que pronunció un crítico discurso al usurpador Victoriano Huerta, lo que valió que el asesino del Presidente Madero disolviera el Congreso y siguiera el curso de los trágicos años víspera de la Revolución.

En su discurso ante el Congreso la voz de Jacobo suena igual, a sus casi 84 años, no parece una voz envejecida ni cansada; incluso cuando saluda a los diputados al inicio de su alocución, parece que está reeditando los titulares de su histórico noticiario de televisión. Pero él ha tenido una trayectoria peculiar. Después de casi 28 años en el prime time de Televisa, renunció “por solidaridad” con su hijo al no haber recibido éste la conducción del noticiero estelar. Lo notable es que, al cabo de trece años, una voz periodísticamente acreditada por su dependencia y adicción al oficialismo, se ha rehecho como un periodista y cronista de gran capacidad y sostiene uno de los espacios radiofónicos más escuchados en la capital del país.

La cobertura del galardón y los debates que provocó en las redes sociales, muestran que Zabludovsky sigue siendo una personalidad que genera controversia porque, en mi opinión, refleja ese tránsito complejo de un periodista “entregado” a uno “independiente”; un tránsito que unos pocos han hecho porque lo común es que sea en sentido contrario, o que para agregarle dificultad, en una misma personalidad periodística convivan unas habilidades muy finas para el manejo informativo y unas opiniones muy convenencieras o adosadas a los intereses propios o de los medios en los que se trabaja.

Por eso me gusta lo que simboliza Zabludovsky, porque aunque haya muchos que ya no lo recuerden, su notoria capacidad para mantenerse vigente creo que va en proporción a la magnitud de la tolerancia que las audiencias mexicanas han tenido hacia los periodistas que por años, en una pantalla o en una columna de papel, ejercen un periodismo de espaldas a la libertad de expresión o con los anteojos y la voz del poder más que con el interés de sus públicos.

También me parece valiosa porque nos obliga a dar un paso adelante en la clasificación de medios de comunicación entre oficiales e independientes, vendidos y libres. Cualquiera puede escuchar alguna de las siguientes afirmaciones: El a.m. es independiente por que se opuso a Oliva / La revista 012 es panista por que ahí escriben puros del gobierno / El Milenio juega a favor de Peña Nieto desde la campaña con el manejo que hizo de las encuestas / La Jornada es un periódico de izquierdas. No comulgo con ninguna de ellas porque, nuevamente, la realidad es mucho más compleja que esto. Cada medio mencionado tiene una trayectoria con tramos muy luminosos y otros vergonzantes y aunque por supuesto importa la suma, la tendencia dominante en este péndulo, incluso en cada uno de dichos momentos, mientras un medio tiene un manejo independiente, profesional, creativo de alguna temática o trama política en otro cercano asunto, da muestras de sectarismo, ignorancia, conservadurismo o franca renuncia a abordar asuntos que pasan en sus comunidades y afectan a sus públicos. Lo hacen sin explicación y a menudo acallando a sus conciencias internas, que son variadas, que son sus reporteros.

Y sin con los medios es difícil aplicar tal clasificación, con los periodistas en particular es más complejo intentarlo porque a la trayectoria del medio en el que se presenta hay que mezclarle la trayectoria personal, los casos en los que se ha destacado o por los que ha sido criticado. Pienso por ejemplo en Carlos Loret de Mola. Para mí es un buen reportero cuando cubre asignaciones especiales, cuando escribe, pero no me interesa para nada cuando está a cuadro en su noticiero matutino; creo que allí le gana las noticias como show. ¿Cómo conciliar al Loret que reporta desde Haití con el que manda a enlace el montaje de Florence Cassez? ¿Hemos de leerle con algo de credibilidad en El Universal el mismo día que le aborrecemos en Televisa?

Volviendo a Zabludovsky, su historia importa porque un argumento que se ha usado por muchos periodistas de la época de Jacobo, y de otros tiempos, es que “así eran las cosas” en el régimen autoritario del PRI, que no había margen para otro periodismo porque el gobierno controlaba el papel, porque amenazaba con quitar las concesiones. Suponiendo sin conceder que fuera cierto el dilema de la “no opción”, habría que preguntar si, dado que el país cambió, la sociedad se transforma y ahora la información se produce y analiza por múltiples canales, los medios “tradicionales” -y los más relevantes a quererlo y no-, han revisado sus prácticas de distanciamiento con el poder o sigue privando la lógica de conveniencia que por años aplicaron. Quisiera creer que en medios tendremos historias tan notables de reestructuración periodística a fondo o en forma, como la que vimos con Jacobo. ¿Las hay? Cuéntenme alguna.

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