Sara Noemí Mata


Fábrica de periodistas
29/Abril/2013

A Luis Nicolás,
por las batallas que emprende
para que otros las ganen.

Conozco de algunos años atrás a Pablo César Carrillo, director editorial de Milenio León y autor de la columna “Reporte de Inteligencia” que seguramente Ud revisó antes de llegar a la mía. Reconozco en él a uno de los mejores periodistas vigentes en la localidad, especialista en reporteo de asuntos policiacos que ahora llaman “de seguridad” y un buen narrador de historias periodísticas.

Asumo que no es fácil mantener una colaboración cotidiana en las páginas de un periódico destinadas a generar opinión pública. Algunos medios lo resuelven con columnas de chismeríos más o menos corroborados pero que son de autoría colectiva y con poco esfuerzo por un análisis de las cosa política; otros periodistas locales, también de publicación cotidiana, hacen aparecer las versiones interesadas de algunos actores partidistas como análisis político propio y hay otros medios que encontraron al fórmula de su liderazgo con la concurrencia de más columnas opinativas que de información generada por ellos. Ante este panorama, columnas como las de Pablo César recurren en ocasiones a una veta claramente provocadora: afirmaciones contundentes en frases cortas, argumentos débiles, mínimo esfuerzo por sustentar la posición propia. Está claro que se escriben para generar irritación y una reacción. En lo personal no concuerdo con varias de sus opiniones pero las dejo pasar. No obstante, la de los últimos días sobre la problemática de formación de periodistas en la localidad me parece muy relevante y me implica de muchos modos, el sentimental como primero de ellos.

Sostiene Pablo César que las universidades –privadas, todas- que imparten licenciaturas de “ciencias de la comunicación” han fallado en la formación de buenos periodistas; que los egresados de estas carreras no se interesan por el oficio y que cuando lo hacen, no cuentan con la preparación mínima para abordar una agenda informativa, para investigar con las premuras que impone el diarismo o para escribir con decoro e interés.

El primer error es esperar que el olmo nos entregue peras. Las licenciaturas en comunicación han tenido históricamente muchas salidas profesionales y el periodismo nunca ha figurado entre las principales. Yo estudié Licenciatura en comunicación pero cuando años después entré a trabajar de reportera realmente empecé de cero. El periodismo, lo sabemos todos quienes hemos estado alguna vez en una redacción (Pablo César, incluido), se aprende en la calle, al regreso a la estación de escritura para armar las notas, y al día siguiente cuando se observa en qué lugar del periódico (o del programa de radio y tele) y con qué titulares fue editado el contenido que se produjo.

Lo que una Universidad puede dotar, y antes, una primaria, una secundaria y seguramente la casa, es la capacidad de lectura de textos, de imágenes, de implicaciones políticas, de símbolos y, en segundo, una competencia para hacer preguntas –valiosas, nuevas, pertinentes- a la realidad. Adicional y utópicamente, prepararse en la universidad para entrar luego en los medios de comunicación debería dotar a los profesionistas de una capacidad de autoreflexión ética para actuar en el mundo de poder que es un medio de comunicación en sí mismo y que está en diálogo continuo con los poderosos.

Así que por ese lado, para mí no hay más que discutir. Por años hemos sabido –y yo no encuentro nada decepcionante, exclusivo de Guanajuato o problemático en ello- que los principales formadores de reporteros son los medios mismos, y eso también es un rasero para medir la calidad de un periódico. ¿Cuántos periodistas competentes tiene el a.m. frente a Milenio, o El Heraldo frente al portal electrónico Zona Franca? Cuando Usted al querer entender un asunto judicial o político, ¿se guía por saber si el autor estudió comunicación en la Ibero o en La Salle?, ¿por el calado reporteril de quien escribe o por la especialización de los opinadores? ¿Cuánto tiempo y recursos le pone un periódico para fraguar a sus reporteros?

Para mí, la cuestión verdaderamente crítica en los medios locales se da en dos vertientes: por un lado, muchos de nuestros medios locales se han acomodado a tener un pelotón de reporteros macuches, con escasa exigencia -propia e institucional- y apoyo para su mejoramiento; talacheros a los que se les puede encargar cinco eventos por día, chacaleos indiscriminados y, últimamente, habilidad para mandar la “misma información” a soportes diferentes (web, radio, impreso).

Por otro lado, otros medios se avienen a administrar la alta rotación de reporteros aprendices, sin manifestar compromiso alguno para que se forjen una idea propia de trayectoria en el medio. Ni siquiera casas editoriales que tienen presencia en varias ciudades del país y cuentan con una edición nacional han mostrado estrategia alguna para que sus buenos periodistas locales tengan una promoción temporal o definitiva hacia sus matrices o hacia productos periodísticos cuya relevancia exceda lo local.

En ambos casos, los medios locales suelen compensar su debilidad periodística con la contratación de un par de plumas locales relevantes o multitud de entregos nacionales de prestigio.

En los mismo años en que las universidades han omitido diseñar una currícula ideal para formar periodistas, Viejas empresas periodísticas locales, han visto llegar nuevos competidores, algunas han cambiado de dueño, se han rediseñado, han contratado a directores editoriales con trayectoria, o han explorado con éxito financiero otras plataformas de difusión, pero ninguna se ha propuesto pagar mejor a sus periodistas o ensanchar sus mecanismos formativos. Esto debería ser exigible a los medios de comunicación más que una currícula periodística a las universidades, ¿no crees, Pablo?

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