Sara Noemí Mata


Mujeres, frivolidad y política
11/Marzo/2013
Intento descifrar el simbolismo que busca transmitir un fragmento de la imagen del “Nacimiento de Venus”, la referencial obra del pintor renacentista Boticelli, en el cartel de la legislatura de Guanajuato en ocasión del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

¿Será por el bello rostro femenino que los comunicólogos de nuestra diputación local eligieron esta imagen, al llamado de las Naciones Unidas para poner fin a la violencia contra las mujeres?; ¿será la mil veces estudiada armonía de este cuerpo de mujer lo que da pie a los diseñadores a sugerir que se impulsa un marco legal que “genera armonía y respeto entre mujeres y hombres”?; ¿será que cuando nuestros diputados piensan en legislar para nosotras tienen en mente a una belleza italiana?. Me rindo: a alguien aquí le faltaron clases de semiótica; quizás a mí.

Luego salgo a la calle: los globeros y floristas tienen ofertas especiales, arreglos oportunos para festejar a las mujeres. En cualquier oficina se brinda con un chocolate decorado con la cursilería propia de un 14 de febrero y cualquier conversación se traba a partir de una felicitación por “nuestro día”. Mejor vuelvo a casa.

Ahora entro a las redes sociales. Allí la cosa es editar por anticipado el 10 de mayo. Proliferan los agradecimientos y rememoraciones al ser más importante de la vida de todos, eso dicen todos, que es una madre. Sale el ser “luchona” y yo me imagino a la personaje de las ofertas de la cadena de supermercados Aurrerá. Sale la flor y el verso. Algunas mujeres reviran que la fecha no es festejo sino conmemoración de una efeméride trágica en la que 140 mujeres murieron en una fábrica y con ello propiciaron que alguien volteara a ver los derechos laborales de las obreras. Pero estas voces casi se ahogan frente al mar de felicitaciones, likes y abrazos electrónicos. Me deprimo.

No cabe duda que el tiempo pasa y a ratos una no entiende cómo llegamos hasta aquí. Hace una década y media, cuando en nuestro contexto local y nacional se empezó a conmemorar el 8 de marzo, los eventos eran marginales, las mujeres que nos involucrábamos luchábamos por atraer la atención en la calle, entre las y los compañeros de escuela o de oficina, hacia un mensaje y unas cifras que señalaban el rezago y discriminación de la mujer en muchos ámbitos. Los eventos con conferencistas o propuestas de feministas apenas lograban una nota marginal en la prensa y, por increíble que parezca hoy, estos temas no entraban en la órbita de los políticos.

Supongo que no es menor que ahora la efeméride esté marcada como obligada para que incluso se haga coincidir la aprobación de una “ley de igualdad” y minutos más tarde, su promulgación para que nuestro gobernador nos la entregue “de regalo”. No he terminado de leer la dichosa ley pero me entusiasma un poco que a partir de esta normativa se tengan que formular presupuestos estatales y municipales con enfoque de género, o que vaya a ser obligatorio que el sistema educativo promueva la no discriminación hacia las mujeres. Me entusiasma sí, pero no me quita esta desazón por todo un discurso y argumentación de combate a la estructura machista de la sociedad capturado por la frivolidad, el consumismo y por los políticos que igualmente promueven que el lugar propio de la mujer es la familia y que “defienden” la vida desde la concepción con lo cual tiran, de facto, casi cualquier iniciativa que promueva la educación y salvaguarda de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Además está la astuta manera que encontraron los diputados y diputadas locales de diluir la igualdad entre hombres y mujeres decretada en la ley, redactando que en materia de representación política “le corresponde al Poder legislativo (…) Aprobar reformas que instauren la participación equilibrada de mujeres y hombres en las candidaturas electorales y en la toma de decisiones”. Efectivamente la “igualdad” tiene familiaridad con el “equilibrio”, pero también con la “paridad” y de hecho, en un razonamiento lógico, hemos de afirmar que aprobar un 50% de candidaturas para hombres y un 50% para mujeres, sería una expresión matemáticamente fiel de la igualdad.

Pero los políticos sólo parecen hacer matemáticas cuando cobran las prerrogativas, y en lugar de ello, los congresistas guanajuatenses piensan que la igualdad política se satisface con una cuota 60-40% para el reparto de los registros electorales uninominales y 50-50% para los plurinominales; desafortunadamente no podemos analizar más porque esta propuesta se presentó en asuntos generales de la sesión del viernes y, a diferencia de la ley de igualdad aprobada, no está en línea el texto correspondiente.

Falta saber qué candados se especifican para este tipo de cuotas, para que los lugares para mujeres no se vayan a filtrar en las suplencias y en las partes finales de las listas plurinominales tanto para las diputaciones como en el reparto de ediles en los Ayuntamientos; además falta verificar que los diputad@s guanajuanteses no hayan dejado para después que la aplicación del principio de igualdad de género debe aplicar también en la integración del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato, en sus consejos general, distritales y municipales y en su estructura permanente.

Si esto sale bien, seguramente podré vivir con la duda de en qué nos parecemos las mujeres guanajuanteses a la Venus de Boticelli.

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