Sara Noemí Mata


El plan de las (aproximadamente) 489 cosas
18/Febrero/2013

Dice atinadamente un querido profesor de planeación urbana que desde que se inventaron los engargolados, todo plan de gobierno es integral, porque no importa que no tenga coherencia interna, que no ligue con los instrumentos legales y presupuestales de la gestión de una ciudad, que el apartado económico nunca tenga que ver con el de desarrollo social o que se contente con ser un listado de acciones o ideas, unas realizables, otras hipótesis de investigación o retóricos deseos para que, con la magia de ir 156, 215 ó 328 hojas engargoladas en un solo documento, aquello pueda presentarse como un “plan integral”.

El dicho suena a broma pero pasa casi siempre en cualquier latitud del país y desde tiempo atrás, porque, como dijo uno de los abuelitos de la planeación en México, Julio García Coll, aquí y ahora seguimos haciendo los planes urbanos –también aplica a los planes de gobierno- de la misma forma como se inventó hacerlos en la década de los setenta, cuando se institucionalizó esta rama de la gestión pública.

En efecto, la secuenciación y apartados de un plan siguen más o menos este orden: primero hay un mensaje del gobernante que presenta el documento, luego un marco legal que consiste en el listado de leyes que facultan a la autoridad a emitir tal plan; viene enseguida un resumen metodológico que registra las fases por las que transcurrió o fue revisado o consultado públicamente el documento y luego un apartado que llaman “diagnóstico” que suele ser una compilación de datos estadísticos sobre diferentes tópicos de la realidad. Usualmente se incorpora, a continuación, una página creativa que llaman “misión, visión y valores” y pasan a presentar lo relevante del plan que son las líneas o programas de acción.

Hace una semana recuperábamos aquí las principales objeciones que tuvo la fracción de regidores del PAN para votar en contra del Programa municipal de gobierno de la priísta Bárbara Botello; entonces no contaba con el documento aprobado por el Cabildo, pero ahora sí porque el periódico a.m. y la página de facebook/eslocotidiano tuvieron el tino de publicar el material.

El Programa de gobierno de este trienio sigue sin problemas el guión de los planes municipales descrito ya, por lo que no encuentro razón a la objeción panista de que el citado programa no cumplía con los requisitos formales en su emisión. El documento consta de 156 páginas organizadas en seis “ejes programáticos” y, en efecto, como lo señalaron los panistas, la enunciación de las metas y acciones no tienen una referencia al año de ejercicio en que se ejecutarán o los montos presupuestales que se implicarían en su realización. Como lo dijimos en la colaboración pasada, esto no es sino la forma en que se han elaborado y aprobado los planes de gobierno durante las últimas administraciones, todas panistas y de los cuales se consultan en línea los tres más recientes.

Aunque una crítica más profunda a este ejercicio de planeación ameritaría un análisis más detallado del que se puede hacer en el lapso de una semana, creo que podemos sacar unas primeras observaciones.

La primera es que tropieza con una forma de hacer diagnóstico poco acucioso, que no indaga en las causas y apenas se atreve a calificar la gravedad de ciertos problemas o a contextualizarlos en los terrenos estatal, nacional o de cumplimiento de derechos fundamentales.

El ejercicio del Programa 2012-2015 es un poco más aventajado en este sentido que su predecesor, el Plan municipal shefieldista, pero sigue dejando la sensación de estar con un médico que aunque tenga radiografías, estudios de laboratorio y haga una auscultación de nuestros malestares, al final no sabe decirnos si la bola que nos ha crecido en una parte del cuerpo es cáncer o no es, es maligno o benigno, es común o extremadamente raro, es curable o tendremos que vivir con él, y lo más importante, qué pasos esenciales tendremos que dar como pacientes para tratarnos el padecimiento.

En este apartado se enlistan datos estadísticos como si la colección de gráficas y cuadros nos dieran una conclusión diagnóstica.

Pongamos el ejemplo de Educación. El apartado ocupa tres páginas. Allí se dice que León tiene más años promedio de escolaridad del Estado pero menor que el nacional; que el analfabetismo disminuyó de 1950 a 2010 (¡!), que la gran cantidad de instituciones de educación superior atrae a jóvenes de otras ciudades, que el rezago educativo de primaria ha tenido un comportamiento oscilante en los últimos 20 años y cuántos niños discapacitados reciben educación especial, pero sólo en el párrafo dedicado al bachillerato señala que el indicador “es alarmante” pues sólo 55% de los inscritos en ese nivel terminan sus estudios. Puede observarse que el tema educativo sólo se aborda desde algunos datos relativos a la cobertura pero sin la acuciosidad que cada nivel educativo comporta; se omite por completo en su diagnóstico el asunto de la calidad de la enseñanza o las condiciones de infraestructura educativa o los problemas asociados a retener a los estudiantes o hacer pertinentes sus aprendizajes al momento del egreso.

Si este tipo de diagnósticos se extienden a la mirada o involucramiento más especializado de colectivos de profesionistas o movimientos sociales como el ambiental o el cultural, es obvio que las acciones y metas del programa municipal generan una insatisfacción casi automática.

En efecto, decenas de las acciones y metas del plan barbarista lucen lacónicas y sus autores parecen haber aplicado criterios conservadores de logro para no arriesgarse al incumplimiento pero eludiendo si con esa meta se alcanza a transformar en algo del problema “diagnosticado”. Aquello del “cambio tranquilo” aquí también parece ser la divisa.

Entre lo positivo, a mi ver, es que el discurso de campaña de la coalición barbarista, de enfocar su gestión a los aspectos sociales de la vida de los leoneses, se plasma en su ejercicio planificador. Leyendo simultáneamente este plan municipal y el de Sheffield, se puede corroborar que, al menos en el documento, la nueva administración reconoce con sus términos la pobreza y marginación con que viven miles de leoneses. Mientras en el Plan municipal de Sheffield en ninguna de sus 138 páginas menciona las palabras pobreza ni marginación (ni en la parte diagnóstica, ni en las líneas estratégicas), el de Bárbara Botello le dedica uno de los ejes programáticos y varias de sus acciones a este tópico. Pero, ¿lo hace desde un diagnóstico comprensible? Lamentablemente no. Enlistar y mapear los polígonos de pobreza que desde hace al menos dos trienios son conceptos ordinarios en los documentos del IMPLAN no implica que se tenga una perspectiva estratégica de cómo intervenir en ellos, ni siquiera porque ésta institución haya logrado colar al documento barbarista algo de lo que antes llamaban “proyectos emblema”.

Al final, corroboro que el problema de nuestra realidad urbana o de gestión de gobierno no es de datos, es de enfoque y no es de información, es de lectura de la misma.

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