Sara Noemí Mata


El patrimonio común
28/Enero/2013

El patrimonio es uno de esos conceptos económicos que tienen muy buena reputación en distintos estratos sociales, aunque su introyección y aplicación en la vida cotidiana o en políticas públicas, conduzca a pequeñas pero extendidas angustias personales, complicaciones familiares y aún desastres urbanos.

Una persona puede resistir un trabajo que no le reporte desarrollo profesional o personal porque se siente obligado a iniciar o asegurar “su patrimonio”; una familia debe empeñar enormes esfuerzos porque ha comprado la idea de legar a sus hijos “un patrimonio para asegurar su futuro” y a nivel de gobiernos, a menudo se sustituyen programas que aseguren el disfrute de ciertos derechos, como el de la vivienda o el derecho a la ciudad, por otros que garanticen a sus gobernados el acceso y preservación de un patrimonio adquiriendo una casa, aunque ésta sea mínima, de baja habitabilidad y esté alejada del resto de los bienes de la ciudad.

La raíz de que un asunto tan prestigiado e importante como el patrimonio, ocasione consecuencias indeseadas es su carácter fundamentalmente individualista y ahí también, una de las dificultades de aplicar el término a cuestiones colectivas, comunes.

Esta semana tuve oportunidad de estar unos días en la Ciudad de México y visitar la remodelada Ciudadela, un complejo edilicio que fue construido como fábrica de tabacos a inicios del siglo 19 pero que debe su fama a su protagonismo en la historia de las armas y las guerras nacionales, especialmente la Revolución.

Apenas entrar al edificio aún en obras, me abordó un hombre mayor, de unos 60 años. Estábamos en uno de los patios mayores del lugar, que ahora está techado y le adorna en el centro una monumental y escultórica lámpara y en las paredes desnudas de piedra, unas enormes fotografías de libros incunables que alberga la Ciudadela, convertida desde mediados del siglo pasado en biblioteca.

El hombre mostraba ganas de platicar, pero sobre todo de hacer escuchar su molestia con quien fuera, incluso con la persona menos indicada, –de tal tamaño era su enojo-.

-¿Qué le parece todo esto? ¿Sabe cuánto costó toda esta obra? Simplemente, ¿sabe cuánto se habrá pagado por esa lámpara?.... y todo para qué, para que los de siempre se luzcan y ganen con estas obras!, dijo para abrir la conversación.

En general soy de las que defienden lo que disfrutan, pero en aquella situación me pareció complicado plantear mi postura a alguien que en realidad está demasiado convencida de la propia.

-A mi toda está remodelación me parece hermosa; sí es un poco frustrante que se lleve tanto tiempo la reapertura de la Biblioteca principal (la que ya existía antes de la remodelación), pero esas fotos enormes de libros antiguos con esos marcos de maderas finas, atraen la mirada y se antoja acariciarlos, le dije cuando aún ni entraba a las crujías restauradas y que ahora albergan las bibliotecas personales de cinco escritores fundamentales: Alí Chumacero, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Antonio Castro Leal y Carlos Monsiváis.

El hombre no se amilanó con mi contrastante respuesta sino que intentó un nuevo filón de desaprobación.

-¡Somos un país pobre y gastamos en esto! ¿Ha estudiado Usted en la Universidad? Entonces, debiera saber cuantos mexicanos viven en pobreza…

-Sí he estudiado en la Universidad y sé de los pobres, pero no creo que seamos un país pobre, en cualquier caso la riqueza que tenemos como país esta muy mal repartida, pero aún si fuéramos pobres, no veo por qué no gastar en conservar algo valioso que es de todos.

El intercambio de argumentos no se prolongó mucho. El hombre convencido de las razones de su indignación tomó camino a la salida. A mi me dejó pensando largo rato la frustración de no convencerle ni mínimamente de que ese lugar y lo que se ha invertido en él, en repararle los pisos, plantar nuevos árboles y macetas, comprar fondos bibliotecarios de algunos de pensadores destacados, de ponerle tecnologías y conexión libre a internet en cada sala, era para disfrutar cualquier día, como cuando uno renueva una parte de su casa y al final se sienta a ver satisfecho cómo le ha quedado, o a enlistar lo que le falta.

La idea de que el patrimonio cultural que se patentiza en edificios históricos, obras artísticas, plazas o lugares de reunión o de servicios públicos, como en este caso, el resguardo y consulta de bibliotecas impresionantes está lejos de ser apropiado por el común. Si uno nunca ha pagado por ello ¿cómo se llega a considerar como propio un teatro o una zona arqueológica? Y si no es de uno, si uno nunca lo usa o disfruta, ¿cómo justificar que el dinero de todos se emplee en su restauración o mantenimiento?

Salvando estas preguntas es inevitable enfrentarnos con otra cuestión espinosa: si somos un país con tantas carencias y necesidades más urgentes, ¿cuánto es justo pagar o invertir en la preservación del patrimonio cultural y multiplicación de estos bienes? ó ¿para qué invertir tanto en lugares y servicios que al final disfrutan tan pocos?

No es fácil responder pero poco ayuda enojarse por tener preguntas difíciles. Nuestra sociedad vive la paradoja de tener diversas y pulidas manifestaciones culturales y poco adiestramiento para la apreciación o disfrute colectivo de las mismas. Y sin embargo, siendo un día hábil y por su carácter de bibliotecas semiespecializadas (no orientadas a la asistencia de públicos escolares, por ejemplo), fue notorio que en cada una de las bibliotecas de autor que alberga la remodelada Ciudadela hubiera jubilados, desempleados, estudiantes buscando acceso a Internet o enfermos en recuperación que ese día capitalizaron un poco de lo que como país invertimos en ello. Una pequeñísima forma que tengo de devolver lo que me enriqueció mi reencuentro con este lugar es invitarles a planear una visita a la Ciudadela, a recorrer sus patios, sentarse a comer o charlar en sus jardines, a descubrir cómo uno se expresa incluso en el acto de coleccionar libros y perseguir a través de ellos los anhelos de muchos compatriotas. Deseo que cuando Usted vaya experimente a su modo lo que yo: que una es afortunada y que nos es dable aspirar a más.

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