Sara Noemí Mata


Comprados y libres somos uno mismo
23/Julio/2012
En el artículo anterior hablé sobre la proliferación de las prácticas de compra y coacción del voto y la forma en que esta realidad se ha impuesto ahora como la clave para dar por válidas y legítimas las elecciones del pasado 1º de Julio, antes y después del término legal .

La gran pregunta a respondernos con honestidad y sin maximalismos es si debemos aceptar los resultados electorales, en especial los presidenciales, sabedores de que allí hubo un muy extendido operativo para coaccionar electores, para quitarles o reducirles su libertad de elegir.

En lo personal me resulta dificultoso respaldar que los votos libres y razonados, puestos ya en la urna, tienen el mismo valor que los votos coaccionados y hay que defenderlos por igual.

Estamos frente a otra de las paradojas de la perversión que en si misma se ha convertido el ambiente de comercialización electoral que, por cierto, no es exclusivo de los partido sino alcanza a ciertas tareas de los órganos electorales.

Hablo de perversión por que los partidos y sus contendientes han defendido y difundido, de tiempo atrás y ahora, que es legítimo “convencer” a ciudadanos no con ideas, información o razonamientos, sino con regalos o a golpe de spots y frases mercadológicas; tan adheridos están a dichas prácticas que han reservado para si el derecho de adquirir bienes y servicios totalmente ajenos a su labor (como electrodomésticos o materiales de construcción) y con recursos de sus prerrogativas; luego difunden entre la población a la que entregan esas dádivas que eso es un “gran gesto de compromiso” del candidato o del partido y hasta le recuerdan que no hay nada de malo en recibir regalos porque están “comprados con sus impuestos” y hasta “es bueno que saquen algo”, obtengan algún beneficio de “la fiesta electoral”.

Otra prueba de cómo ese ambiente de compra-venta de voluntades es reforzado incluso por los opositores o partidos afectados es que hacia el final de la campaña el PAN hizo oficialmente suyo el mensaje de “toma todo lo que te regalen pero vota por mi”, tenían la ilusión convenenciera de que las prácticas de compra-coacción se contuvieran o no les afectara tanto.

Otro indicio de los malos resultados generales que trae la competencia electoral basada en el dinero es la que libran los órganos federal y local de elecciones, para nuestro caso, el IFE y el IEEG. Cada proceso electoral pactan los términos y precios de su colaboración obligada por las elecciones concurrentes; uno de los costos que ambos tienen es la entrega de un apoyo económico a los funcionarios de casilla, en compensación por su jornada laboral entregada a la organización de elecciones y a sus gastos de alimentación.

Usualmente se ha manejado este monto como simbólico y el argot electoral se niega a considerarlo un pago; aunque cada ocasión el IFE y el IEEG “acuerdan” entregar la misma cantidad a los miles de ciudadanos que atienden las casillas, cada vez estamos con la sorpresa de que el IEEG paga más, que compite contra el IFE, con dinero, para comprometer a los ciudadanos para realizar idéntica labor. En la pasada elección, mientras el IFE entregó a los funcionarios de casilla 270 pesos por la jornada, el IEEG elevó la cuota a 400 pesos más un bono de 300 pesos para el presidente de casilla que acudiera a entregar el paquete a la sede distrital, lo cual es su obligación legal.

Como resultado tuvimos gran molestia de ciudadanos que sentados en un lado de las “casillas espejo” veían cómo su labor y tiempo valía más o menos según fuera el órgano electoral con quien le tocó el reclutamiento y algunos casos aislados en que antes de concluir la jornada electoral, al recibir su compensación menor, los ciudadanos-funcionarios se negaban a terminar de recibir la votación de la casilla.

No son pocos, además, los casos en que quien fungió al frente de una casilla encontrara injusto y desproporcionado, que ellos por acudir al menos a dos capacitaciones y simulacros, actuar con la responsabilidad de recibir y contar los votos tuviera al final del día mucho menos dinero de lo que los partidos políticos ofrecían a sus representantes ante casilla por simplemente hacer presencia en la jornada y al final recoger las copias de actas correspondientes para posibles impugnaciones; ésta última labor, que también conceptualmente en nuestras leyes está contemplado como un derecho de los partidos para vigilar con sus leales simpatizantes o fieles adherentes las casillas se ha vuelto en un carrusel de ofertas económicas que ni forman ciudadanía ni promueven la participación informada, sino monetariamente interesada en lo político.

Volviendo al tema, suena desconcertante que en medio de la expansión de las prácticas de compra-coacción del voto, selectiva y muy estudiada por los operadores electorales conviva con una alta competencia en elecciones municipales por ejemplo; o que la casi absoluta desinformación sobre las elecciones legislativas hayan reportado un congreso federal sin mayorías absolutas y reparto de poder. Quienes vimos transcurrir el proselitismo en el terreno popular y pobre de alguna ciudad entendemos que cada campaña, con su dinero y estrategias diferentes corre por su carril y convive entre sí con sus virtudes y horrorosos defectos.

Comprados y libres somos uno mismo, en el mismo México habitamos quienes podemos ejercer todos nuestros derechos humanos y quienes ni la vida, la alimentación o la salud se les garantiza. Como en el tema de la justicia o la educación debemos cerrar brechas pero hay una diferencia sustancial entre el fraude contra el que se ha construido todo nuestro edificio electoral, de los ochenta a la actualidad, y las muy extendidas prácticas de compra y coacción de hoy. Antes se violentaba el sentido de un voto, se vulneraba la voluntad de decidir y ahora se le vende a la gente la idea de no decidir y renunciar a la propia libertad.

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