Sara Noemí Mata


¿Elecciones ejemplares?
16/Julio/2012
Con esta colaboración reanudo mis entregas en este espacio. Lo hago con el tema que ha ocupado nuestros afanes en los últimos meses y que tiene a unos ciudadanos muy fatigados, a otros contrariados y a unos pocos con esperanza; extrañamente me cuento entre los últimos.

Las practicas de compra y coacción del voto y su imbricación en las elecciones mexicanas fue uno de los temas que abordé con insistencia semanas antes de las elecciones y que, también extrañamente, se volvió un asunto nodal para aceptar los resultados de las mismas.

Desde el 1de julio se ha instalado en nuestro debate público la pregunta acerca de si ese día vivimos elecciones ejemplares o unas llenas de irregularidades que a partir de la compra y presión a votantes, pueda derivarse en una anulación de las mismas.

No por ironía sino por una cuestión semántica suscribo el postulado de que en 2012 tuvimos unas elecciones ejemplares, pues este vocablo no es sinónimo de intachable o sin reproche. Para mi, son ejemplares de todo lo organizado, esforzado y competitivo que nos hemos dado para una justa electoral con unos resultados confiables, precisos y rápidos.

Contra toda la mala leche que discurrió para desacreditar un proceso en que se quitó a los medios de comunicación la posibilidad de vender espacios y mensajes a los partidos políticos, las criticas interesadas contra la “espotización” de las campañas y la machacona y perezosa actitud de incontables periodistas y opinadores para insistir que la elección estaba decidida en lugar de reflejar en dónde y cómo se estaba dando la competencia por la representación política, tuvimos unas elecciones en que el IFE ratificó su pericia para organizar elecciones con mil y un candados formales para recibir y contar los votos; tuvimos un proceso con la refrescante irrupción de un movimiento estudiantil y al final tuvimos un interesante reparto de poder y para algunos la primera alternancia política a nivel municipal (es mi caso como habitante de León, Gto).Estas elecciones son ejemplo de todo lo que nos salía bien desde el 2006 y lo que estaba a prueba con la reforma de 2007-08. También son ejemplo de lo que desde antes ya existía como la compra de votos y el complejo y aún débil sistema de fiscalización del gasto de los partidos políticos en campaña. Diversas organizaciones civiles documentaron estas problemáticas y plantearon reformas, pero no tuvieron la fuerza suficiente para que los partidos las legislaran.

Haber participado en estos antecedentes de observación y activismo ciudadano a favor de las reformas políticas nos hace a varios reconocer con menos escándalo que las prácticas de presión a votantes tuvieron un importante despliegue en este 2012, en una combinación de mañas antiguas con planeación y tecnologización propias de nuestra era. No es que lo hayamos normalizado ni lo veamos como aceptable, pero en lo personal sí me resulta molesto que los dirigentes partidistas, en especial del PRD y del PAN, por saberse “afectados” con las consecuencias, se muestren sorprendidos o indignados porque “el IFE no detiene esto”.

No recuerdo unos procesos electorales partidistas, recientes, de cualquiera de los contendientes constitucionales, que no hayan, a su vez, ensayado la compra y coacción de votantes exactamente en las mismas colonias de pobres y grupos marginados a los que recurrieron ahora y que luego se reprocharan internamente sus trampas pero a nadie castigaran por las mismas.

Me preocupa, claro, que en las elecciones generales la compra de voluntades parece haberse ampliado del momento de emisión del voto a aquel en que inclusive se requiere un “regalo” como mecanismo para lograr la escucha del ciudadano. La variedad de baratijas y presentes que los candidatos “se ven obligados a entregar” para que la gente les reciba su mensaje político, le otorgue unos minutos de su atención o acuda a alguna de sus reuniones públicas o mítines, es un reflejo ejemplar de nuestra subdesarrollada cultura política de la cuales son principales promotores nuestros partidos, pero corresponsables somos los medios, nuestras instituciones educativas y en general todos aquellos que contribuimos o pretendemos intervenir en la esfera pública.

Como he dicho en artículos previos, la compra y coacción tiene muchas aristas (lo legal, lo cultural, el desprestigio de los actores políticos, la débil cultura de legalidad) pero su origen práctico innegable radica en los excesivos recursos que entregamos a los partidos para las campañas y para su operación ordinaria. A estas alturas de nuestro proceso democrático tenemos probado que más dinero no nos produce mejor democracia y si bien nos tomó años y varias elecciones sacar el comercio de medios de las contiendas políticas y construir un incipiente blindaje de los programas sociales federales esperemos que más pronto que tarde lo hagamos con lo que no permite verificar elecciones libres entre amplios grupos de nuestra sociedad.

Así que vamos comprometiendo a más ciudadanos, organizaciones sociales y partidos políticos, hoy derrotados o con triunfos cuestionados, y al mismo IFE y organismos electorales locales, para corregir esta lacra política.

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