Sara Noemí Mata


Congresos, otra vez a la inercia
18/Junio/2012

La elección presidencial arrastra todo. No sé si en otros países sea así, pero en el nuestro creo que nunca había sido tan abrumadora la atención dada a los presidenciables en detrimento o franca ignorancia de los competidores por un cargo legislativo.

A excepción de las noticias generadas a partir de la telebancada que perfila a conformarse a partir de que, principalmente, el PRI y el PVEM han postulado candidatos a Diputados o Senadores con estrecha relación con los intereses de las televisoras, y del escandaloso reparto de candidaturas a familiares de políticos notables, no recuerdo mayor análisis de los perfiles de quienes podrían integrar nuestro Congreso General, de cómo podría estructurarse la correlación de fuerzas o cómo van las preferencias partidistas ya no digamos por distrito; tampoco hay encuestas de intención de voto por circunscripción o a nivel nacional que nos revelara algo de lo que tendremos para las próximas legislaturas.

A nivel local, las campañas de legisladores no reciben, por parte de los medios, una cobertura coherente, equitativa frente a los cargos ejecutivos en disputa ni mínimamente orientadora de los candidatos en una misma demarcación o ciudad.

En parte, nuestra ley electoral refuerza esta desproporción: por ejemplo, mientras obliga a la realización dos debates entre los candidatos a la Presidencia de la República y dota de facultades y recursos al Consejo General del IFE para su organización, no da similares facultades a los Consejos Locales (estatales) ni Distritales como, por ejemplo, para disponer encuentros o debates de los contendientes al Senado o de los candidatos a Diputados federales.

Quienes lo llegamos a sugerir o plantear entre los Consejos electorales en los que participamos, encontramos una doble respuesta: por una parte están los convencidos de que los partidos van a eludir su participación porque no Ales convienel y no hay forma de obligarlos y, por la otra, los que agradecen que el IFE no tenga recursos legales, políticos ni económicos para realizar dichos encuentros en virtud de la gran carga organizativa que el propio proceso electoral supone. En resumen: no se puede y a nadie interesan.

Me decepciona este panorama porque nos muestra un sistema electoral que gira casi totalmente en función del sistema de partidos y no de las necesidades de los ciudadanos, de la forma y no del fondo democrático. Pero dicho panorama es real y francamente no hay modo de cambiarlo en lo inmediato. Si obtener una información curricular o de propuesta política de los candidatos a Diputados federales postulados en mi distrito resultó una odisea infructuosa, mi imaginación no alcanza para algo como un debate distrital.

Además, debemos reconocer que la elección del Congreso General (los Diputados Federales y el Senado) al estar inmiscuidos los dos principios, la elección directa y la representación proporcional exige mecanismos de confrontación de propuestas más complejas que los cargos ejecutivos y poner en juego análisis que exceden la preferencia de un candidato por el perfil personal o características de las campañas que se desplieguen en los distritos, sino por razón de que el futuro Diputado o Senador se va a integrar a una bancada con un peso específico en su propio grupo parlamentario y frente a la Cámara legislativa como cuerpo general.

Teniendo eso enfrente, en lo personal no me parece totalmente revelador – aunque sí es atractivo y elemental para construir una cultura política desde la base ciudadana- tener, por ejemplo, Debates Distritales; sería diferente si se organizaran encuentros entre bancadas regionales o algún otro mecanismo de exposición de las alternativas políticas para el voto por nuestros legisladores que estamos por inventar.

Mientras llegamos a ello, creo que la elección legislativa de este 2012 la pasaremos a oscuras, con los candidatos siguiendo la inercia de sus presidenciables y con ciudadanos con escasísimo margen para hacer una decisión de voto informada. Aplicaría aquí lo que dicen los abogados: lo secundario corre la suerte de lo principal, con la agravante de que socialmente tenemos claro que son nuestros órganos legislativos los generan mayor insatisfacción democrática y presentan una probada ineficacia política.
 

Aceptar regalos y ser libre…

La antiética política se condensa en la siguiente campaña: "Acepta todos los regalos que te den los otros partidos políticos pero vota por mi partido".

La máxima no es nueva, se ha expandido como una excusa pragmática con que eludir la coacción fuerte e implacable que los corporativismos de todo signo despliegan en las elecciones. A estas alturas, frente a la realidad de que la compra y coacción del voto está lejos de desaparecer, me parece una desfachatez que un partido la adopte y la publicite. Es tanto como decir: "da una mordida y luego confiésate; tú en el fondo no quisiste ser corrupto. O: "métete esta droga y no hay problema con que sea una sola vez; nadie sabrá y tú seguirás libre".

No se trata de un puritanismo, pero quienes como yo constatamos cada semana, en zonas populares, la expansión de las prácticas de coacción del voto, aceitadas por regalos de toda cuantía, promesas falseadas de cargos, negocios o prebendas o por el control de los liderazgos vecinales a cargo de funcionarios de gobierno, sabemos que los regalos electorales son como la droga, al principio dan un efecto estimulante (para el que los recibe y para el partido que cosecha preferencias) pero terminan destruyendo a la persona como sujeto autónomo de sus decisiones, desestructurando a la comunidad y minando las bases de la democracia.

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