Sara Noemí Mata


Privatizar la plaza
30/Enero/2012

No me dio buena espina cuando el Instituto Mexicano del Seguro Social, IMSS, comenzó hace años a poner una cerca con elementos tubulares para delimitar los predios donde se asientan sus clínicas en León, Gto.

Ocurrió hace unos cinco años y la acción se justificó con la necesidad de darle seguridad a sus inmuebles cuando, dicho sea de paso, el acceso a cada uno de ellos está delimitado por puertas o canceles.

Los edificios del IMSS, en general, se destacan en la arquitectura médica del resto de nuestras instituciones por la simpleza de sus formas y funcionalidad de sus espacios que no lucen, por ejemplo, los Centros de Salud para la población abierta y ni siquiera muchos de los grandes hospitales o clínicas privados.

No es igual con todas las instalaciones del IMSS porque algunos contextos urbanos en que fueron incrustadas las clínicas del Seguro de por sí eran estrechos o con muy pobres elementos urbanísticos. Pienso, por ejemplo, en las clínicas de San Miguel o la de Las Trojes, la segunda y tercera con más antigüedad en la ciudad, que no pudieron contar con un frente muy amplio y los límites de sus construcciones prácticamente lindan con el límite del predio y, por ende, con la calle. Estas clínicas parecen encajonadas por las avenidas que las rodean pero con todo, abren un respiro en la trama urbana.

El Hospital 1, llamado de Especialidades, ubicado en la esquina de López Mateos y Paseo de los Insurgentes es el complejo médico y administrativo más completo que tiene el IMSS en León y, a mi ver, también el de mejor arquitectura exterior y, en cuanto a espacios de servicio, el que ha podido sobrevivir a los años sin lucir necesariamente viejo o disfuncional.

En su extensión caben un área deportiva con alberca y cancha de futbol, un ala administrativa rodeada de un buen arbolado y espacios jardinados, un teatro de buen tamaño, la anexión de una clínica materno-infantil con su propio acceso, estacionamientos para empleados y la gran torre de hospitalización que ha resaltado siempre en nuestro paisaje urbano.

Algo más hacía singular a la “T-1” hasta hace poco: la gran explanada principal por el cual se accede de frente al Hospital, a mano izquierda al Teatro y al área de Urgencias por la derecha. Se trata de una de las explanadas públicas más generosas de las poquísimas con que cuenta nuestra ciudad que permitía observar el mural en piedra que sella la torre principal del hospital, distribuía a los miles de usuarios que concurren a diversos espacios de este complejo y permitía una espera –relativamente tranquila, agradable y resguardada del trajín de la calle- de los cientos de familiares de hospitalizados que tienen que aguardar por horas alguna noticia de sus enfermos. Se convertía con ello en una de los espacios públicos con pleno sentido y uso colectivo y con una función urbana muy clara en el vértice de dos avenidas muy transitadas y un cruce vehicular intensísimo.

Digo que eso era hasta hace unos pocos años y meses. El principio de la privatización de este espacio público comenzó con la instalación de la cerca tubular delimitando, incluso, la explanada, lo que cortó con la percepción visual de que ése espacio “abierto” era realmente tal y comenzó el deterioro de la concepción arquitectónica del frente del Hospital; luego de la reja vino una caseta de acceso, anodina y fea, que cumple su función de filtro prácticamente en las noches pues durante el día el flujo de personas es tal que no lo permite.

El atentado mayor contra este espacio ocurrió con la construcción de la Unidad de Oncología, en una porción de la explanada, frente a la portada del Teatro, ocupando prácticamente la mitad de la plaza. Esta edificación es de una planta, aparentemente construida con materiales de rápida instalación como la tablaroca, con techo a dos aguas, escasos ventanales y sin ningún intento de insertarse armónicamente con el conjunto.

Es como una casita provisional con que se intentó resolver alguna necesidad de espacio de atención especializada pero que se hizo a costa de mutilar un espacio abierto, con diseño y materiales que nada tienen que ver lo que ya es la clínica, y tapando el frente de uno de los componentes del complejo, el Teatro del IMSS. Sencillamente, horrible.

Si la reja tubular ya fastidiaba la apreciación y disfrute de la tradicional explanada de la T-1, el edificio agregado para cancerología da un paso mayor en su destrucción, ojalá no definitiva.

Me pregunto si Desarrollo Urbano autorizó esa ampliación –mucho más reciente que el enrejado- o si ocurrió que el IMSS la levantó de un día para otro, sin avisar a nadie y creyéndose con el derecho de hacer sobre su propiedad “lo que sea”; en tal caso, creo que debiera estudiarse si procede una sanción y sobre todo, una corrección a dicha obra.

Recordemos que ser propietarios, personales o institucionales, sobre un terreno en la ciudad no nos da derechos absolutos sobre ello y menos cuando éste cumple una función pública, como claramente la tiene esta explanada. Aparte de la estética de los espacios colectivos, que no tiene muchos guardianes, aquí procede una pregunta elemental de si ante una contingencia, por ejemplo, de incendio en el Teatro, un carro de bomberos podrá acceder si las rejas son fijas, no abatibles; o si un desalojo masivo, por cualquier motivo, del Teatro o del Hospital de Especialidades es viable realizarlo hacia una explanada disminuida.

El IMSS también tiene que revisar las consecuencias de sus últimas intervenciones físicas a este complejo principalmente en las políticas de acceso a esta antesala “abierta” del Hospital. Como asegurada del IMSS me parece indignante que cada noche se agolpen en plena calle los familiares que hacen relevo en el cuidado de sus enfermos, a quienes se les impide permanecer en la explanada, en otro tiempo, pública.

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