Sara Noemí Mata


La deuda de agua
23/Enero/2012

El jueves pasado hubo una presentación técnica de los avances del proyecto Zapotillo, por el que León, la zona metropolitana de Guadalajara y las ciudades de los Altos de Jalisco recibirán agua en unos dos años.

La exposición me pareció notable porque por primera vez escuché una narrativa de este proyecto que no sólo se centra en justificar la necesidad del líquido por parte de nuestro sediento León y porque el empresario Hugo Villalobos hilvanó los diferentes momentos, negociaciones y actores sociales que ha tenido el Zapotillo en su gestación de casi una década.

Hace poco más de un año, el 13 de diciembre de 2010, escribí en este espacio sobre un encuentro que también, a propósito de El Zapotillo, se había realizado en la Ibero con investigadores críticos del proyecto y opositores francos entre los que se encuentran los habitantes de los pueblos que habrán de ser afectados con la inundación. Entonces, dije que pese a la cantidad de información que uno se puede allegar sobre este trasvase, no tenía una posición definida a favor o en contra. También me resistía a adoptar la postura de resignación convenenciera que se contenta con afirmar que las cosas se dieron así y si nuestra ciudad salía ganando unas dos décadas de tranquilidad ya no había que preguntar o criticar más.

Me ha avergonzado que nuestras autoridades guanajuatenses, políticas y técnicas, en sus intervenciones públicas –leáse discursos, declaraciones a medios de comunicación o publicaciones institucionales- obviaran sin más las implicaciones sociales de traernos agua a costa de desplazar tres pueblos y ni se inmutaran cuando ha sido evidente el atropello de los derechos de consulta y manifestación de los movimientos sociales a favor de Temacapulin.

En cierto modo, me he sentido como los estadounidenses que empeñados en cazar a Bin Laden no les importó dinamitar al pueblo y territorio afgano y luego salir de ahí sin pensar en los destrozos que dejaron a sus espaldas.

Después de la reconstrucción histórica ofrecida por Hugo Villalobos, que equilibra y da sentido a los cientos de datos técnicos que el plan tiene, creo que estamos ante un proyecto que ofrece los beneficios mayores en cuanto a volúmenes de agua y los perjuicios menores en cuanto a número de población afectada, ambos frente a otros proyectos por los que se transitó durante años (San Gaspar-San Nicolás, Presa Solís o Río Santa María).

La ecuación no es justa ni humana si se queda en una expresión numérica, pero es ineludible y, sobre todo, debe hacerse a la vista de los procesos históricos y los actores de la gestión del agua previstos en nuestra ley, en que, por supuesto, no sólo han jugado los usuarios urbanos de León, sino los agrícolas de Guanajuato, los industriales de Jalisco y los ambientales de Chapala, por ejemplo.

No es que me guste que se vaya a inundar Temaca, pero entiendo que esa circunstancia se volvió ineludible cuando Jalisco pidió que la cortina se elevara de 80 metros, como estaba inicialmente, a 105 metros (León obtendría el volumen de agua previsto incluso con la cortina a 80m). Los pobladores afectados y los activistas en torno a ellos han probado la dosis de autoritarismo y tramitología opaca empleadas por las autoridades para obtener y mostrar los permisos ambientales y urbanos de ese cambio en la altura de la presa.

Si bien nuestros mecanismos de acceso de a la información han expuesto su utilidad en este caso, también nos señalan las limitantes que la organización social enfrenta para lograr una incidencia real en sus luchas. No se ha podido lograr más, pero al menos podemos organizar el conocimiento sobre los procesos sociales y legales que se enfrentan en este tipo de proyectos complejos.

Volviendo a León, la presentación del jueves en la Ibero me parece rescatable porque ha puesto sobre la mesa la reflexión la deuda social y moral que León tiene, desde ya, con los pueblos que serán desplazados para darnos agua. “Debemos de ser conscientes de la deuda que habrá que reconocer y que como sociedad tendremos que honrar y enseñar a nuestros hijos; es un compromiso que no podemos quitarnos ni de la cabeza ni del corazón”, dijo Hugo Villalobos en una frase que comparto totalmente.

En una charla posterior a esta presentación, el empresario Jorge Videgaray, que preside SAPAL y le han tocado las gestiones últimas del proyecto, me comentó que de parte de Guanajuato y del SAPAL ha habido posturas discretas pero muy insistentes de que las afectaciones sociales y personales de los pobladores se reconozcan y compensen con justicia. Si esos aportes políticos y de gestión se han dado, -no dudo de ello en principio, pero tampoco tengo a la vista algo que me lo confirme-, creo que debemos conocerlos y preguntar a nuestras autoridades si pueden ser mayores o más definitivos.

También como sociedad nos quedan tareas. Veo las siguientes: La primera es la de hacer consumos de agua cada día más responsables, y exigirnos entre todos, la eficiencia en nuestro gasto. Lo segundo es pedir que nuestros gobiernos guanajuatense y leonés, desplieguen las mejores gestiones y apoyos –políticos o financieros- para que las compensaciones que recibirán los pobladores de Temaca sean lo más justas posibles y adecuadas a lo que los propios afectados pidan o requieran.

Creo, por ejemplo, que no basta con decir que a los desplazados se les construirá un nuevo centro de población debidamente trazado; que se les restituirán sus propiedades con casas de 179 m2 en lotes de 1,000mts., sino que el diseño y edificación les colaboren a la reconstrucción de su propia identidad familiar y comunitaria y no que sea la reproducción de viviendas iguales como se hace en fraccionamientos industriales de cualquier ciudad, pero que parecen inadecuados para una ciudad rural. La dotación de nuevos espacios de habitación y encuentro social, debiera priorizarse frente a la obra hidráulica e igualmente se debiera de informar al público de sus avances y concreciones con el mismo detalle con que se hace sobre la cortina de la futura presa.

Una tercera acción social ya fue apuntada por Hugo Villalobos: conlleva la multiplicación de iniciativas personales o institucionales que nos hagan conscientes de la deuda que adquirimos con los de Temaca y alrededores; puede ser desde conocer mejor sus pueblos e historia, propiciar que sus jóvenes estudien becados en León, financiar la creación de microempresas o proyectos productivos en la zona o impulsar proyectos culturales que registren y fortalezcan la identidad de este pueblo sacado de su tierra para que lejos, otros, nosotros, pudiéramos vivir.

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