Sara Noemí Mata


La utilidad del luto
29/Agosto/2011
Vivimos días aciagos. La noticia del Casino Royale me llegó hasta el viernes y ese día sufrí incluso para concentrarme en las tareas más urgentes de mi trabajo.

No tengo con Monterrey grandes relaciones o ligas afectivas. Apenas un amigo muy querido vive allá y he visitado la ciudad sólo en dos ocasiones. Pero recuerdo el orgullo que sus habitantes expresaban sobre su entorno, su cultura empresarial, su desarrollo despegado del resto del país; algunos de sus hitos urbanos me invitaron en alguna ocasión a coquetear con la idea de radicarme en el norte. Aquello parece hoy un mito, una leyenda lejana.

En materia de violencia e inseguridad cada día atestiguamos nuevos hechos “sin precedentes” y aunque siempre he calificado a esta como una expresión carente de sentido, temo que en unos días precisaremos de usarla nuevamente.
Lo que sigue encadenando antecedentes es la impunidad. Casi cualquier caso de debate o escándalo público, en cualquiera de nuestros  órdenes de gobierno, tendrá algún filón de impunidad que explorar, alguna variante de todas las zonas oscuras en las que los mexicanos nos movemos con solvencia, acostumbrados como estamos a que ninguna pequeña o gran corruptela reciba un castigo. 

Parece que a las autoridades les hemos perdonado hasta la obligación de darnos una explicación y ya suenan suavecitas las frases de “si no pueden, renuncien” o “estamos hasta la madre” que hace poco nos cimbraban.
El viernes activistas ciudadanos se manifestaron en algunas ciudades e invitaban a suscribir la siguiente declaración:
1. SOLIDARIDAD total con las víctimas del Casino Royale y sus familias, con la ciudad de Monterrey, con las ciudades que han vivido el terror y la violencia; con los familiares y todas las víctimas que tienen nombre y que han muerto de forma violenta y sinsentido.

‎2. RENUNCIA de los ineptos y ALTO a la impunidad y la irresponsabilidad de las autoridades públicas en los tres niveles de gobierno y en todos los poderes del Estado que por omisión o comisión han degradado la vida pública y puesto en riesgo a la población.

‎3. CONDENA unánime y total a los criminales, a sus negocios ilícitos, a su barbarie, a su estúpida y sangrienta forma de aniquilar la vida y desgarrar a la comunidad y a la sociedad.

4. NO a la restricción de las libertades ciudadanas y el atropello de los derechos ciudadanos. NO a la Ley de Seguridad Nacional, SÍ a una Ley con enfoque en la seguridad ciudadana.

‎5. NO a la indiferencia, la hipocresía, la pasividad y complicidad ciudadana ante la emergencia nacional y ante los actos ilícitos.

Estoy de acuerdo en todo eso, pensé, pero no me quedan casi fuerzas para clickar “me gusta” en el feisbuk. ¿Eso me ubica en el supuesto número 5? Creo que no, porque hoy, a quererlo y no, mi trabajo será el activismo cívico, pero si ante cada nuevo episodio de la guerra no-guerra contra el crimen organizado las autoridades prometen “redoblar esfuerzos” uno supone que están tan exhaustos como nosotros, los ciudadanos; entonces hay que recomponer el dicho popular que dice “prometer no empobrece, cuando ya no hay crédito posible”. (“Dar es lo que aniquila” reza el original).

Quizá por ese agotamiento, el mismo viernes ya circulaba la propuesta ciudadana de no acudir a las celebraciones nacionales venideras, hacerle el vacío a los gobernantes dando el grito. Hace un año también se difundió esta propuesta y aunque ya no recuerdo a propósito de qué protestaba entonces, igual que ahora me parece una prueba de que ya no sabemos qué hacer.

Personalmente busqué expresar el luto que estaba en mi corazón antes de que fuera decretado por el Presidente. También allí encontré disensos. Muchos en las redes sociales cuestionaron para qué servía el luto, que eso era como un enjuague a la ineptitud o una mascarada de la ineficacia.

No me quedó más que decir que mi esperanza también había sido enterrada ese día y que tenía derecho a guardarle luto. 
Lo dijo mejor ayer Luis Petersen: lo más aterrador, el verdadero terrorismo es la impunidad que campea; yo agrego que es la sensación de que nuestro barco hace agua por todos lados, hay pocas lanchas de salvación, somos muchos y aún no sabemos cómo repartírnoslas.
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