Sara Noemí Mata


Relicario
22/Agosto/2011
El fetichismo parece ser una de las etapas más primarias de una religión. Tan primitiva que suena natural que los humanos de las primeras culturas asignaran cierto poder mágico a objetos o partes de otro ser, como una forma de protegerse ante fenómenos naturales para los que no se tenía una explicación racional y que amenazaban al colectivo.

Dicen las teorías que toda religión evoluciona luego a estados de politeísmo y monoteísmo en una progresiva abstracción y simbolización del pensamiento sobre lo que trasciende al ser humano.

La Edad Media vivió la explosión católica por la aparición y adoración de las reliquias que, a mi modo de ver, es una variante del fetichismo, pues consiste en venerar una parte del cuerpo o algún objeto que hubiera tenido un contacto significativo con algún santo o mártir de la Iglesia. Las reliquias eran por definición milagrosas, es decir, procuraban algún tipo de protección sobrenatural a quien las poseía o les infundía algún rasgo del carácter o valor moral por el que se hubiera destacado el santo o mártir.

Visto hacia atrás, me resulta realmente fascinante el desarrollo que tuvieron las reliquias en el medievo, la cantidad de objetos, construcciones y monumentales migraciones humanas –personales y colectivas- que se dieron a partir de la idea o anhelo por una reliquia.

Es igualmente notable cómo las reliquias iban resolviendo una cuestión central del ser humano, que es mirar su finitud, atisbar su muerte y poder conectar con lo que hubiere después de dicho momento. En cierto modo, las reliquias son una conexión con lo valioso que ha muerto pero que anhelamos que siga vivo.

En retrospectiva, insisto, el asunto de las reliquias me aportaba reflexiones interesantes, ganas de mirar catedrales como relicarios magníficos y ánimo por recordar cuántos museos del mundo se fincan en ese tipo de vestigios sagrados; pero ahora que se ha anunciado que un tubito de sangre del Papa Juan Pablo II hará una gira por el mundo, para recibir la veneración de los fieles católicos, estoy empezando a creer que la evolución de las religiones es un postulado teórico alejado de la realidad.

La jerarquía eclesial y las televisoras alientan la idea de que estar frente a esta reliquia del beato (¿por qué si toda la vida le dijimos “Santo Padre” ahora tenemos que regresar a probar su santidad?) es una oportunidad inigualable de vivir la bondad y la fe que movió al Pontífice, como para que “se nos pegue” algo de todo lo bueno que fue él.

Me siento muy rara porque en lugar de percibir algo parecido a una conexión vital o simbólica con Juan Pablo II a partir de imaginar un tubo de su sangre en un altar, me pregunto cómo harán para que la sangre no coagule, si se notará la capa de colesterol que se ve cuando a alguien le hacen una toma para análisis o como de cuánto sería su conteo de hemoglobina y glóbulos blancos.

Me pregunto si él supo o consintió cuando le tomaron la sangre para conservarla como reliquia o si eso se les ocurrió en los círculos vaticanos cuando ese hombre que movía mareas humanas estaba en su trance definitivo. ¿Qué otra fracción del ser mortal de Juan Pablo II se habrá conservado y se nos presentará en un tiempo? ¿A quién le habrán encargado la orfebrería para conservar esta santa sangre? ¿Cómo abordará un artista del Siglo XXI la idea de hacer un relicario? ¿Quién habrá firmado el certificado de autenticidad que legitime su veneración pública?

Veo por televisión entrevistas con creyentes que se dicen emocionados por conocer y adorar las reliquias papales. No tengo mas que creer en la verdad de su sentimiento, así como alguien tiene que creerme que me preocupa no sentir ni remotamente lo mismo.

Los tiempos en que había que rescatar los restos mortales de un ser ejemplar martirizado por sus creencias se han ido. La idea de que un objeto o fracción de un ser –por más vitalidad que la sangre represente- nos dota de ciertas características es más creíble para quien porta una blackberry y se estima muy atractivo y exitoso. La comunicación de la jerarquía eclesial con algunos fieles –no sé cuántos, pero me temo que no somos tan poquitos- me parece ineficaz a partir del mensaje de las reliquias y me inquieta bastante que ellos hayan elegido esta vía para decirnos algo: ¿Qué?
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