Sara Noemí Mata


Elíxir
15/Agosto/2011
He vivido cinco funciones ofrecidas en el Teatro Bicentenario. En orden de aparición, acudí al ensayo general del concierto de estreno, luego disfruté con infantes la función de pompas de jabón de Pep Bou, vino después la maravillosa puesta en escena del teatro chicano Zoot Suit, me colé en el concierto de la Orquesta Juvenil de las Américas y antier estuve en el cierre de la primer temporada de Ópera, con el título Elíxir de amor.

Me gusta el Teatro Bicentenario porque es bello por fuera y cautivador por dentro, porque una puede experimentar el orgullo de llegar a la casa más lujosa y confortable que se posee y se comparte para las ocasiones especiales. Es como si tuviéramos un familiar de visita que mira nuestro hogar industrial (de Infonavit), observa nuestras calles con baches y sin banquetas, se pasea por nuestro maltratado Centro Histórico, sobrevive a una tarde de compras en la Miguel Alemán o la Zona Piel pero en un momento del día, podemos presumirle el secreto de nuestro Teatro Bicentenario.

Ahí se siente una transformación: el silencio se vuelve atractivo para mirar los planos y profundidades de un buen despliegue arquitectónico; incluso subir varios pisos de escaleras o caminar “largos” trechos para llegar a palcos se torna leve y pierde uno la vista en las grandes superficies de madera, mármoles, cristal; los baños son impecables aunque indiscretos. Decepciona un poco que los grandes miradores que la obra tiene en sus terrazas den a paisajes deprimidos, por un lado el anodino estacionamiento del Estadio y por el otro el área más descuidada del parque Explora.

Antes de su inauguración era de quienes veía el entonces llamado “teatro de la ópera” como el capricho costoso de un grupo empresarial con gran influencia política, lo cual no da para regatear, hoy, el impulso personal que empeñaron en el proyecto. No obstante ese reconocimiento personal no puede ocultar otras realidades.

No encontré nunca la articulación de este proyecto de infraestructura cultural a las necesidades de gestión de la institución cultural local y sé que aún ahora que ya lo tenemos y nos maravilla, esa articulación es una quimera, que los reflectores que hoy se lleva el Teatro Bicentenario significarán probablemente la ruina paulatina del teatro centenario, nuestro también amado Teatro Doblado.

Por ello, sobre ello y a pesar de ello los leoneses debemos reconocer que tenemos un gran inversión social en ese conjunto y cada que lo vivimos con extraordinarias funciones de teatro o música lo capitalizamos un poco y es deseable que la mayoría tuviéramos oportunidad de tomar parte en esa riqueza. Ojalá que las dos instancias de cultura que conviven en la administración de infraestructuras culturales tan valiosas comprendan la necesidad de articularse para funcionar como más efectivos distribuidores de estos bienes a la sociedad.

* Saludo a Pablo César Carrillo titular de este espacio de la geografía diaria de Milenio que por obra de sus vacaciones anuales me es permitido transitar. El privilegio de su amistad personal y profesional es tan estimado como el publicar hoy en página tres.
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