Sara Noemí Mata


Indígenas Urbanos
18/Julio/2011
A inicios de año estuvo en nuestra ciudad el embajador de Canadá en México, Guillermo E. Rishchynski en una gira promocional de su país; a los jóvenes mexicanos con deseos de continuar estudios allá les destacó una de las principales virtudes de su nación: se trata de un país multicultural donde conviven africanos, chinos, europeos y americanos, todos bajo la consigna de conservar su lengua y costumbres.

Nunca he pisado Canadá pero un asomo a su demografía detalla lo que las postales muestran y el embajador presume: rostros con ojos rasgados, colores de piel en todos sus matices, peinados diversos, ropas multicolores en textiles de todo tipo, mujeres con velo musulmán u hombres con gorrito judío, son señas de identidades culturales diversas, algún tiempo lejanas en la geografía y que hoy conviven en las mismas ciudades.

Así también ocurre con las principales capitales del mundo: Nueva York, París, Berlín; un paseo por sus sistemas de transporte público y aquellos que han asimilado su vestimenta a los cánones occidentales no tardan en mostrar su origen cuando comienzan a hablar: una Babel que no es torre sino calle, una multiplicidad de acentos y lenguas en las que a menudo es difícil –pero gozoso cuando ocurre– reconocerse con otro.

Pero el cosmopolitismo y multiculturalidad que es virtud en otras latitudes, en nuestras ciudades mexicanas pasa por defecto, desventaja o franco riesgo. La prueba la dan los indígenas que han tenido que emigrar y establecerse en las ciudades. Nuestra intolerancia resguardada mira por lo bajo a quienes visten huipiles o sandalias que no pasaron por fábrica, un rostro indígena puede parecerle a alguien oportunidad para maltratar, para minusvalorar su trabajo o lo que hay que pagarle por sus productos. Por lo que respecta a la comunicación de nuestro gobierno, no es común que alguna autoridad o dependencia dirija sus mensajes en idiomas indígenas. Peor aún, cuando hace unas semanas los policías arrestaban a indígenas ejerciendo el comercio informal, les imponían como cargos el haber insultado a la autoridad cuando las mujeres simplemente hablaban entre sí en su lengua y el oficial de la ley se ofendía por no entender.

Son tantos los ejemplos en que los mexicanos despreciamos el legado y la presencia indígena en nuestras sociedades que es una buena noticia lo ocurrido el miércoles pasado: se instaló el Consejo Consultivo Indígena Municipal cuyos nombramientos fueron aprobados por el Ayuntamiento, el jueves previo.

El Consejo Consultivo Indígena es una instancia de promoción de la equidad social para los indígenas habitantes de León, todos migrantes y algunos con más de dos décadas asentados aquí. Este Consejo venía funcionando desde hace más de diez sin reconocimiento legal y continuo de las autoridades municipales. De hecho, en septiembre pasado, con motivo de los festejos del Bicentenario, las comunidades mixteca, otomí, mazahua, purépecha y náhuatl, las principales en León, difundieron un comunicado exigiendo a las autoridades dicho reconocimiento.

Hoy la afirmación de este rasgo multicultural, si bien no mayoritario o dominante como en otras ciudades del sureste mexicano o incluso la capital del país, ha quedado de manifiesto y espera, a partir de ello, irse afirmando en políticas y programas que reconozcan los derechos indígenas y la presencia indígena particular en León.

Durante décadas nuestro entendimiento y conocimiento de los indígenas los situaba necesariamente en el ambiente campesino, ligados por tradiciones y creencias vinculadas a “su tierra” y dando vigencia a un sistema de usos y costumbres que permeaba la organización familiar, comunitaria y el acceso al poder. Estas condicionantes culturales del ser indígena han cambiado diametralmente: el arraigo a la tierra se desvanece con la migración obligada porque en sus comunidades originarias no hay trabajo ni forma de mantener a sus familias; esto pone en crisis la reproducción de sus tradiciones, fiestas, y organización comunitaria porque los núcleos indígenas se atomizan en las ciudades y, aunque sean muchos, están desperdigados y con la urgencia mayor de subsistir en el ámbito urbano.

La trasmisión de la lengua indígena se pone en riesgo porque las segundas o terceras generaciones de una familia indígena migrante ya no la ocupan y porque viven la discriminación social por hablar en público sus idiomas maternos.

Los saberes indígenas para sustentarse la vida –basados en la vida campesina– no tienen aplicación en las urbes y entonces sus integrantes son orillados a ocupaciones informales y condenadas a un ingreso pobre e insuficiente para sus necesidades.

Esta complejidad del ser indígena en las ciudades hoy, se trasladará a las respuestas de política públicas que puedan darse desde el gobierno municipal pero creo que una instancia de participación como la que abre el Consejo Consultivo Indígena ofrecerá visiones y voces enriquecidas porque sus integrantes mayoritariamente son indígenas y también porque ahí están los directores de las principales áreas de gobierno con que los indígenas leoneses tratan, a saber la Dirección de Economía con quien gestionan permisos para venta de artesanías, el DIF que atiende los apoyos asistenciales, el IMUVI porque por años no han podido ofrecerse soluciones de vivienda para indígenas adecuadas a su dinámica familiar y a sus ingresos (de los más pobres e informales), y finalmente el Instituto Cultural donde podrán recalar las principales ofertas de saberes y tradiciones culturales indígenas a nuestra ciudad y la valorización de sus lenguas en nuestro contexto.
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