Sara Noemí Mata


Al maestro, con cariño
23/Mayo/2011

Yo no tengo duda: las principales herramientas de mi desempeño profesional las obtuve en mi escuela de educación básica; sin saber leer y escribir nunca habría podido formarme una estructura para pensar o para hacer preguntas que es a lo que me dedico.

Cuando pasé por la escuela primaria la profesión docente era muy respetada socialmente. Asumo que siempre ha habido buenos y malos profesores, pero considero que en aquellos tiempos la proporción de buenos docentes era tal que permitía que de un año a otro se compensaran las deficiencias y que al final la mayoría de alumnos saliera tocada, transformada en unas habilidades básicas para pensar y expresarse.

Hoy los salarios de los profesores han aumentado y se sigue respetando mucho a los maestros aunque si le rascamos un poco vemos que tal veneración está hueca de resultados y cada día tenemos menos razones para sentirnos orgullosos de su desempeño global, es decir, de la calidad de la educación básica en nuestro país.

Hurgando en las causas de lo que especialistas no dudan en llamar el desastre educativo mexicano, venimos a caer cuenta de que se trata de una cuestión estructural que consiste en una intromisión de la dirigencia sindical en la política educativa que ha dado pie a la construcción silenciosa pero muy fuerte e influyente de un acuerdo político corporativo entre la cúpula magisterial y los gobiernos federales y estatales de todos los partidos.

El “Decreto de Reglamento de las Condiciones Generales de Trabajo de 1946” y el “Reglamento de escalafón de trabajadores al servicio de la SEP” son la fuente de poder y vetos del sindicato magisterial y, paradójicamente, aunque se trate de un instrumento legal, es precisamente con lo que de facto se le quita el carácter público a la educación en México y se le entrega a los sempiternos líderes magisteriales.

Con base en estos documentos es que el SNTE se constituye legalmente como la representación única de los trabajadores de la educación, lo que obliga a todos los maestros a afiliarse al SNTE al recibir su plaza y obliga al gobierno a recaudar las cuotas sindicales obligatorias; además establece que los cargos de dirección, supervisión y personal de apoyo pedagógico sean considerados de base y el Sindicato defina su asignación. Por ello no importa que las inversiones en infraestructura educativa crezcan año con año, que se ensayen millonarios programas de tecnologías educativas o que se destinen cuantiosos recursos a la carrera magisterial o a monumentales programas de becas estudiantiles.

Mientras no cambien las condiciones descritas, seguiremos teniendo un país en el que el 91% del gasto educativo va a salarios de los maestros y simultáneamente se obtienen deplorables resultados en el logro académico y educativo, cualquiera que sea la prueba o el sistema evaluador que establezcan las autoridades educativas. Los maestros seguirán mejorando su sueldo y prestaciones y ganando posiciones políticas en diputaciones y secretarías del ramo pero nuestros niños y jóvenes continuarán recibiendo su certificado de primaria y apenas balbuceando la lectura de un libro o batallando para escribir un texto propio.

Una proyección hecha por Andreas Schleicher, creador de la Prueba PISA (Programa para la evaluación internacional de alumnos), dice que a México le tomarán otros 50 años para alcanzar a los países con los mejores sistemas educativos, si no revisa la manera como opera sus políticas de mejoramiento de la calidad educativa.

Quienes tenemos hijos pequeños no tenemos tal plazo para esperar un cambio significativo, por ello apostamos por el movimiento planteado por la Coalición por la Educación que se propone exigir al Presidente Calderón “un nuevo marco de relaciones laborales y un nuevo conjunto de reglas que superen el acuerdo corporativo y establezcan un modelo democrático y transparente”.

No se trata de estar en contra de los sindicatos, ni siquiera en contra de este SNTE, sino de los arreglos institucionales que afectan de raíz un bien común que es la educación pública en nuestro país. No se trata tampoco de que el magisterio pierda derechos laborales, antes bien que se promueva su profesionalización auténtica y que ésta se vincule a las necesidades de sus educandos y a los reconocimientos salariales que deban recibir; en resumen: urge modificar los parámetros que funcionan actualmente con el programa de carrera magisterial, que no tiene por parámetros evaluativos ni el desempeño ni en la capacidad del docente.

La pluralidad de la Coalición y los fines que persigue serán fácilmente compartidos por miles de maestros que nunca han logrado un manejo transparente de los recursos sindicales, que sólo les queda imaginar los montos de transferencias de recursos públicos a su dirigencia o el manejo arbitrario y oscuro de las comisiones sindicales con goce de sueldo y el tráfico (más descarado o encubierto, según la zona lo amerite) de las plazas de maestros.

Hay diversas formas, -económicas, creativas, de movilización- que la Coalición por la educación ha dispuesto para que en lo individual, o a través de grupos y organizaciones, Usted participe. Navegue la página www.porlaeducacion.mx; sígalos en Twitter -@singrilla- o en Facebook -Por la educación-, pero sobre ello piense en cuánto tiempo quiere que la educación cambie y tradúzcalo en lo que va a hacer Usted para lograr esa transformación.

Fe de erratas

Por un error, la columna Urbi et Orbi de Sara Noemí Mata de la semana anterior contenía un texto que no correspondía al de su autora. En esta ocasión, hacemos la publicación correcta, ofreciéndole una disculpa a nuestros lectores y a la propia columnista. Gracias

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