Sara Noemí Mata


Marchar
09/Mayo/2011
Cuando Usted se encuentre leyendo este artículo la Marcha Nacional por la Paz será, quizás, una nota no muy destacada en los periódicos locales. En contraparte, si ya es medio día y Usted escucha los noticieros de la Ciudad de México encontrará resonancia de esta manifestación: crónicas más extensas y contabilidad más abultadas de participantes; incluso habrá algunas repercusiones, declaraciones de políticos y si la fortuna acompaña al gobierno, el anuncio de captura de algún buscado delincuente.

En León no sé si la Marcha habrá convocado a un puñado o a varios cientos. Si acumulamos los pocos de aquí y los muchos de allá, o a los que se sumaron desde el extranjero, quizá podamos llegar a ser uno a uno de los más de 40 mil muertos que el combate a la delincuencia organizada ha dejado en este sexenio.

Yo habré estado en la marcha, no tengo duda. Voy contra mi propio gusto de participar en congregaciones masivas si no se trata de observar y registrar. En esta ocasión no sólo voy de mirona. Quiero sumar mi silencio y luego –ahora- mi voz. También mis miedos y todas las incertidumbres y preguntas que tengo como mexicana para salir de donde estamos.

Primeramente entiendo mi asistencia a esta Marcha como una muestra de solidaridad hacia las familias de los muertos en este conflicto. Son tantos que ni remotamente los conocemos a todos, pero hay casos emblemáticos que nos han estremecido y otros cientos a cuyas familias se les ha obligado a callar su desgracia y su legítima demanda de justicia posándose sobre ellos la sospecha de estar con “los malos”.

También vi mi participación en la Marcha como ocasión de revisar otros registros y crónicas de la violencia que trasciendan la numeralia de muertos hecha noticia cotidiana, que de tan plana transitamos por ella sin detenernos mucho. Considero indispensable la lectura del libro “Fuego Cruzado: Las víctimas atrapadas en la guerra del narco” de la joven periodista Marcela Turati, en el sello Grijalbo.

Marchar, medité antes de definir mi presencia, como oportunidad y obligación de hablar con nuestros prójimos sobre lo que vivimos, de enfrentar la posibilidad de que algún sobrino nuestro de pronto encuentre atractivo enrolarse a una pandilla, de que nuestro hermano sea extorsionado para que su negocio funcione o que la guapa jovencita hija de nuestra amiga un día le resulte sugerente hacerse novia de un narcomenudista o un matón local.

Acudir a una convocatoria tan diversa obliga a definir lo que uno piensa entre tantas cosas que escucha. A partir de esta Marcha, y en la tarea de elaborar textos para difundir la manifestación, me ví precisada a fijar mi postura, por ejemplo respecto a de si se debe señalar al Presidente Calderón como responsable de este desastre que es el combate al narco, de la violencia que ha despoblado comunidades y vuelto cementerios a ciudades. Así sea para consignas que se lleva el viento o en análisis más profundos, creo que no cabe tal absolutismo.

El reparto de responsabilidades políticas pasa por deslindar quiénes construyen y garantizan la impunidad que es ley en el país, quiénes en las instituciones de seguridad y justicia abandonan a la sociedad para ponerse al servicio de la delincuencia, quiénes han dejado de investigar asesinatos y desapariciones y quiénes al siguiente año les han vuelto a dar presupuestos millonarios y les han ratificado en sus cargos.

Marchar ayer fue símbolo de alistarnos, de vencer la parálisis que causa el miedo lo mismo a la ley y dinero del narco que a un Estado policíaco y militarizado, donde la priorización de la participación ciudadana, la educación, el desarrollo de ciudades incluyentes y el empleo justamente remunerado sean apenas discursos para adornar políticos.

Finalmente, la convocatoria de Sicilia, de los LeBaron, de Brayan y Martín Almanza, de los campesinos veracruzanos hallados muertos en Huixquilucan, de los jóvenes del Tec de Monterrey, de los cadáveres de la mina de Taxco, de los migrantes de San Fernando Tamaulipas, de los jóvenes de Salvarcar, creo que es por intentar un desadormecimiento colectivo, esa anestesia común que en alguna –gran- medida ha consentido tanto dolor y tanta impunidad.

Veremos.
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