Sara Noemí Mata


Infraestructura para el equidad
21/Marzo/2011
Desde hace un par de semanas la administración sheffieldista ha emprendido una campaña presuntamente informativa sobre las avenidas que están en obras. Unos dos kilómetros antes y dos después de donde se encuentra un frente de obra se han colocado multitud de anuncios que, a propósito de señalar la presencia de hombres trabajando en la construcción, propalan un eslógan primordial: “Obras para todos, esfuerzo compartido”.

En tamaños que van desde espectaculares a otros como banderolas y rectángulos montados incluso sobre la señalética vial y los postes de los semáforos, los anuncios no colaboran en mostrar las vías alternas que se pueden tomar o en advertir los inconvenientes que se tienen que sortear y las precauciones que hay que tomar; antes bien, tienen el objetivo de focalizar la espectacularidad de las obras en cuestión, de sobreponer a las molestias obvias que provocan las faenas, la idea de una gran inversión pública que beneficiará a los que de momento las padecen.

(Paréntesis: Es de una lamentable elocuencia que la colocación de tales anuncios no observe la reglamentación del Código Urbano mientras se mantiene una campaña de regularización a decenas de espectaculares en la ciudad que tampoco cumplían con la normas del reglamento de anuncios).

Leo el eslogan y reflexiono. ¿Por qué el énfasis en que son “obras para todos”? Cuando el hoy alcalde estaba en campaña pero sobre todo cuando inició su cruzada por conseguir los fondos públicos para iniciar la construcción de puentes viales sobre el bulevar Morelos se vendía el proyecto como uno que mejoraría la competitividad de la ciudad.

Además se escuchaban y leían declaraciones de que se necesitaba una conexión expedita entre la salida a Silao y la salida a Lagos y que había que revertir el atraso vial que mostraba León frente a dinámicas ciudades de la región como San Luis Potosí o Querétaro.

Confieso que el tema de la competitividad económica no es mi especialidad pero francamente nunca escuché del alcalde o sus voceros y corifeos una explicación convincente de cómo tres puentes viales (de los 17 prometidos) nos iban a mejorar la capacidad de la ciudad para volverse más atractiva a los inversionistas de las industrias de la transformación o los servicios, o de cuántos escalones de cuál medición de competitividad íbamos a escalar por ahorrar minutos en el recorrido de lo que algún tiempo fue un libramiento urbano.

En lo que tiene razón la comunicación oficialista es que cuando estén terminadas las obras como las que se construyen sobre el Bulevar Morelos, amen de agilizar el tráfico en ciertos puntos, proporcionarán una imagen de modernización urbana, dibujarán rasgos que pueden impresionar a quienes tienen algún tiempo de no cruzar por la ciudad o de no visitar a los parientes panzas verdes.

Pero esto está lejos de ser obras para todos. De hecho, en los carteles que se colocan para indicar el costo de inversión de cada etapa de obras se suelen mencionar “los beneficiados” haciendo un cálculo de los habitantes de las colonias vecinas; además los que se mueven en auto y transiten cotidiana u ocasionalmente por allí tendrán un impacto inegable pero ¿es dable que un colono de León I se sienta bendecido por el puente La Luz o que un poblador de la Jacinto López o la 10 de Mayo reconozca una mejoría en algún aspecto cotidiano de su vida cuando cruce el futuro puente Vértiz-Valtierra?

Hace unos días en una visita a Medellín, Colombia, conocí la aplicación de una política que apuesta por la construcción de infraestructura vial, educativa, de recreación o movilidad, junta y del más alto nivel en cuanto a diseño urbanístico, en las zonas más desfavorecidas de la ciudad.

Naturalmente es de gran envergadura la decisión política de elegir de entre todas las zonas que reclaman obras, es decir toda la ciudad, aquellas en donde su impacto equilibrará a un territorio con muchos pobres, un área donde sus pobladores tienen escaso acceso a los bienes colectivos y donde la marginación física de la ciudad es simplemente un reflejo de la exclusión social que se ha reproducido por generaciones.

Se trata de una apuesta compleja porque supone convencer a una comunidad política y social de reunir los mayores recursos públicos para obras y concentrarlos en tres o cuatro sitios para que, puestos ahí, transformen significativamente el entorno y las dinámicas urbanas, sociales y de violencia en que viven grandes grupos de población.

En Medellín no se ufanan de hacer “obras para todos” pero insisten en que su política de construir infraestructura que construya equidad social requiere un convencimiento mayoritario de sus ciudadanos y en el mediano plazo va otorgando a la ciudad completa un rostro más atractivo no sólo para sus visitantes y turistas, sino el soporte para una movilización económica y social más pareja y generalizada; además han probado que se convierte en un método eficaz de contención de dinámicas violentas que eran el sello de su ciudad.

A veces creemos, la campaña sheffieldista es un refuerzo en este sentido, que invertir enormes recursos públicos –y hasta endeudarnos por años para pagarlos- en obras viales que serán “para todos” porque cualquiera, o sea “todos”, podrán circular por ahí es muy democrático y amerita que “compartamos el esfuerzo”. A mí, ésa lógica ya no me convence y creo que nos urgen nuevas formas de valorar la pertinencia de mega inversiones públicas en la ciudad.
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png