Sara Noemí Mata


La ética y el caso Aristegui
14/Febrero/2011
Los periodistas hablan cotidianamente con el poder y de tanto hacerlo hay momentos que piensan que ese es el objetivo de su labor: cuestionar al gobernante, criticar al burócrata, señalar al poderoso, distribuir versiones o puntos de vista de los dirigentes de un partido o de otro sobre los temas que a ellos, y principalmente a ellos, interesan.

Otros periodistas hablan tanto con el poder que de pronto les da por imitar las particularidades de su lenguaje: así los reporteros de policía redactan sus noticias como los reportes policíacos y los que cubren a los políticos escriben con un estilo críptico y anguloso como para que sólo los “enterados”, los inmiscuidos con el círculo político, lo entiendan.

Hay otra clase de periodistas que de tanto hablar y escuchar al poder, y sólo al poder, comienzan a tragarse completitos los discursos o compartir posiciones y olvidan hacer preguntas verdaderas, contrastar o contextualizar datos.

En el diálogo con el poder se tiene uno de los momentos clave de un actuar ético o antiético; no sólo del periodista, también de los ministros de la Iglesia, de los líderes sociales o de los dirigentes universitarios, por decir algunos, pero destacamos el de los periodistas porque se trata de un diálogo cotidiano, estrechísimo y del que depende la información y opinión que el resto de la sociedad nos hagamos de los asuntos públicos, de los asuntos del poder.

Por todo lo anterior, el caso más reciente vivido por la periodista radiofónica Carmen Aristegui me parece una oportunidad para pensar sobre la ética y el periodismo; no sólo porque la empresa que la despidió adujo una razón ética (que la periodista habría difundido un rumor como información cierta) sino porque entraña una forma de relacionarse con el poder no privativa de esta comunicadora ni de este medio.

Con una semana a cuestas y toda la información que está a disposición del público es claro que la periodista no incurrió en lo que la empresa MVS la acusa, es decir, cualquiera que escuche los casi diez minutos del programa en que se ventiló una nota cuya fuente fue un hecho público ocurrido en la Cámara de Diputados, corroborará que Carmen Aristegui no dio por cierto el rumor sobre el alcoholismo que supuestamente padece el Presidente de la República, pero sí hizo un eco –para algunos, entre los que me incluyo, desproporcionado- de un dicho sin apenas comentar a sus escuchas qué hizo ella o sus reporteros dentro de las herramientas de investigación que como periodistas tienen, para corroborar la especie. Luego pidió, en tono de exigencia, que la vocería del Presidente diera una respuesta.

La conductora incurrió así en una técnica típica del periodismo mexicano: pretender que al contraponer un dicho contra otro se logra una gran nota o se arma un tema relevante para el público y, segundo, usar la fuerza de un micrófono e investirse de autoridad para exigir una respuesta a una pregunta sin haber ejercido la obligación de investigar previamente o al menos pedir con antelación una respuesta.

El traspié de Carmen Aristegui fue, en principio, técnico; deviene ético porque la empresa vio comprometido su diálogo más amplio y no estrictamente periodístico sino de negocio basado en concesiones, justamente con el poder. También lo considero un asunto de ética periodística, porque una técnica a fuerza de repetirse (y aunque se practique por excepción, como creo fue el caso de Aristegui) va teniendo implicaciones éticas sobre todo para las audiencias.

Podríamos decir, en defensa de la conductora, que el ritmo de las informaciones es vertiginoso y especialmente en los medios electrónicos se tiene poco tiempo y oportunidad de investigar “todo” pero si, como Aristegui ha defendido, debatir el tema de un posible problema de alcoholismo del Presidente del país es importante para el público, ¿no merecíamos que ella y sus reporteros lo investigaran antes que simplemente pidieran una respuesta oficial al aire?; ¿hasta cuándo vamos a seguir creyendo que consignar declaraciones oficiales y oficiosas hace avanzar un debate público y le reporta algo valioso a la sociedad?

Nuestros espacios periodísticos mexicanos, nacionales y locales está llenos de esta actitud; es una práctica incluso fomentada desde el poder. No en balde y por paradójico que resultó, la oficina del Presidente primero exigió una retractación donde no había habido una afirmación, sino eco de una sugerencia; pero luego puso a su vocero, en clave críptica y fingiendo que no daba respuesta oficial al rumor, a desmentir que el Presidente tuviera un problema de salud relacionado con el alcoholismo.

En efecto, el más reciente episodio conflictivo que Aristegui ha tenido en su trayectoria periodística tiene un matiz ético pero no nos vayamos con la finta de que ha sido por lo del rumor etílico, sino porque se trata de una periodista incómoda al poder, que tuvo un desliz, un yerro periodístico de cara a su público y –¡paradojas de nuestro país!- que le es cobrado por el poder, no por la audiencia.

Como oyente del programa de Carmen Aristegui lamento que la periodista haya tenido un error con el manejo editorial de un tema; lamento más que haya sido en la línea de lo que degrada al periodismo mexicano; pero lamento aún más que esto sea usado por el poder público y por el poder empresarial para ajustar sus cuentas, porque el público –el del programa de radio y el de los gobernados- quedamos al margen y eso es lo verdaderamente antiético.
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png