Sara Noemí Mata


Circular a contraflujo
08/Noviembre/2010
Pasan los años y el impuesto a la tenencia de vehículos no se elimina; su desaparición ha sido promesa de candidatos de todos los partidos, ganadores y perdedores. La promesa más notable es la del Presidente Felipe Calderón que la tuvo entre sus compromisos de campaña.

Eliminar la tenencia también ha sido tema de extendidas y reiteradas campañas ciudadanas, con cadenas de mails o calcomanías cientos de ciudadanos-conductores han manifestado su rechazo y han esperado que por fin, el año siguiente, ya no tengan que hacer este enojoso pago.

Se razona que como el impuesto a la tenencia fue creado en un lejano año de 1968 para financiar infraestructura deportiva y que supuestamente se quitaría pasadas la Olimpiada y el Mundial de Futbol de 1970, simplemente no hay razón para que se nos siga cobrando.

En muchos momentos hemos estado cerca de ese cambio; el más reciente es el decreto presidencial de junio pasado que posibilitaría que la tenencia se elimine gradualmente a partir del próximo año, para autos nuevos con costo menor a 250 mil pesos, siempre y cuando los gobiernos estatales definan cómo reemplazar este impuesto.

Hace unos días un diputado de la mayoría gobernante local, el panista Carlos Romo Ramsden dijo que su bancada aún estudia si hacer efectiva la eliminación para el 2011 pues no saben cómo se sustituirían los 850 millones de pesos que se dejarían de recaudar por este concepto.

A mí me asombra que pasen los años y sigamos en las mismas: que los políticos sigan haciendo promesas que tienden a ser inviables o difíciles de cumplir; que se postule el impulso a tipos de movilidad sustentable (como el transporte público, la bici o los peatones) y a la par se destinen las mayores inversiones públicas a la circulación de autos y que se premie fiscalmente a las principales fuentes de contaminación de las ciudades. Más allá de lo anterior, me inquieta que los problemas por la exacerbación de la cultura del auto nos exploten en la cara y como ciudadanos sigamos pensando igual.

Estoy en contra de eliminar del impuesto a la tenencia de autos por que si bien el motivo original de su creación desapareció, nuestro mundo y nuestras ciudades también cambiaron: la disponibilidad y costo de los energéticos no renovables son otros; hoy sabemos más sobre los impactos que tienen los automotores en el ambiente y, aunque no lo queramos reconocer los que fundamentalmente nos movemos en auto, se ha demostrado el impacto negativo que tiene el aumento de automotores en la calidad de vida de las ciudades.

Eliminar la tenencia es abaratar la posesión y uso de un bien que congestiona nuestro espacio urbano, complica la circulación de los transportes masivos, satura las avenidas y desplaza a los que van a pie o en bici. La apuesta por una movilidad sustentable se contrapone con quitar la tenencia, pugnar porque la gasolina no suba, destinar recursos multimillonarios a construir supuestas vías rápidas o mega puentes.

Pese a que no tenemos ninguna seña fehaciente sobre el uso que el gobierno hace de los recursos que genera la tenencia, creo que como leoneses y guanajuatenses nos sería más útil pedir que lo obtenido por ese impuesto vaya a un fondo especial que ayude a mejorar todo lo que hace que una persona, cada día, prefiera tomar su auto aunque sepa que contamina, que vivirá el estrés del tráfico y que sin apenas darse cuenta, sus traslados serán más lentos y costosos.

En resumen, creo que quitar la tenencia es un retroceso social, pero seguirla cobrando y dejar que los recursos vayan al presupuesto general del gobierno es afianzarnos en la misma desquiciante realidad: en un discurso político que promete sembrar árboles y construir ciclovías como paradigma de lo sustentable pero que sigue validando, social y fiscalmente, a los autos.

Por supuesto, no soy de las que piensan que sólo por la tenencia habrá menos autos circulando: la tendencia a la motorización en León es aplastante en la última década en que la eliminación del gravamen no ha pasado de ser promesa, pero insisto en que quitarla es abaratar lo que se debe encarecer, desincentivar.

Serán necesarias muchas más acciones que algunas sociedades audaces ya pensaron y pusieron en práctica. La primera, creo, es transformar un discurso y mentalidad política que ve a la tenencia como una más de las fuentes del financiamiento general del gasto gubernamental y no como un gravamen progresista, ambiental y sujeto a la mayor transparencia.
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