Sara Noemí Mata


Lactar
20/Mayo/2014

El tema me es irresistible aunque este espacio se ha caracterizado por andar los territorios de la ciudad, la participación ciudadana y, cuando urge, la práctica periodística.

Pero la ocasión que brinda la malograda campaña defeña de “No le des la espalda, dale pecho” me parece una oportunidad imperdible para decir algo de una militancia más íntima a la que me suscribí hace un quinquenio: la lactancia materna, y para mayores apellidos, la lactancia materna exclusiva y a libre demanda.

Primero una nota personal: Amamanté a mi único hijo durante un año, dos meses. La lactancia fue una de las experiencia que me mantuvo absorta práctica y emocionalmente pues con ella experimenté un sentido peculiar de la exclusividad (“sólo yo puedo alimentar a mi hijo”), de la entrega amorosa y mística (como cuando Jesús decía “este es mi cuerpo, coman y beban de él”), de conexión con lo animal (“sólo las mamíferas amamantamos”)  y de la libertad (siempre hay la alternativa del biberón así que lactar tampoco es obligación).

De la campaña defeña de “No le des la espalda, dale pecho” se han criticado tantas cosas como que equivoca el objetivo, que hace señalamientos morales sobre no-lactar, que cosifica la figura de la mujer o que reproduce estereotipos racistas. La mayoría de estas observaciones son tan ciertas, que no veo caso repetirlas. En realidad, lo único que me parece más escandaloso es que ningún gobierno, ninguna entidad de salud o de promoción de los derechos de la mujer o del niño, o de las trabajadoras, haya realizado en el México reciente –ni en Guanajuato ni en León- ninguna campaña para promover la lactancia de modo abierto, no sólo con carteles en los hospitales públicos.

Los múltiples cambios culturales y sociales en el ejercicio de la maternidad, el desarrollo de la industria de las fórmulas lácteas y una cierta educación a los profesionales de la salud (pediatras, ginecólogos, enfermeras) se han conjuntado para tener en nuestro país las estadísticas tan bajas en lactancia materna, su asociación a enfermedades o mala nutrición de los niños y niñas mexicanos y en general, una práctica socialmente subestimada.

En mi opinión, el quid del problema es que por muchos medios (doctores incluidos) las mujeres en vías de ser madres reciben dos mensajes erróneos: El primero es que las fórmulas lácteas para bebés son igual de buenas que la leche materna. El segundo es que amamantar es tan natural y fácil que todo el proceso se nos va a revelar mágicamente cuando tengamos al hijo en brazos, que todo va a fluir sin problemas.

En efecto, la tecnología de las leches para bebés debe tener mucho desarrollo e inversiones, pero no hay nada más probado científica y evolutivamente que la leche materna es el mejor alimento para un bebé, que debe ser el alimento exclusivo hasta que el menor inicie la ablactación y que conviene prolongar la lactancia más allá de los seis meses mínimos.

No creo que una mamá que decide en acuerdo con su pediatra dar una fórmula láctea a su hijo esté siendo egoísta; de hecho, en muchas ocasiones asume y paga variedades y adiciones químicas impresionantes que presentan los estantes de leches para bebés.

No sólo las mujeres pudientes abandonan la lactancia por la “opción igual de buena” que venden las fórmulas lácteas. Los trabajos de promoción de la leche materna que hacen los llamados “hospitales amigos del niño y de la madre” o los “materno-infantil” son abandonados en los centros de salud: cualquiera que se pare ahí verá que las madres de zonas populares dan más biberón que pecho, o lo combinan haciendo sucumbir pronto la vía de lactar.

El segundo mensaje erróneo resulta no menos crítico para esta dimensión de la maternidad que nos ocupa. No me queda duda: genéticamente fuimos dotadas para lactar, para intuir cómo acomodar al crío o identificar cuando algo va mal, pero una escisión cultural que cada día se acentúa sobre la crianza infantil, especialmente en las áreas urbanas, hace que muchas madres opten por no cruzar esos días de angustia de no saber manejar la lactancia, de no tener respuestas en las horas más difíciles (la noche, por ejemplo) y de aceptar que “lo natural” a veces presenta complicaciones y dolor.

Muchas mujeres entregamos lágrimas antes que gotas de leche. En lo personal, no hubiera persistido de no haber sido consciente del valor de mi meta; establecer la lactancia fue para mí un objetivo racional completamente y si terminó siendo una experiencia rica de todos los sentidos, con un toque emocional muy profundo, fue gracias al acompañamiento de las nutriólogas leonesas Erika Martínez y Ana Laura Valencia.

Aunque estemos genéticamente dotadas para lactar y amamantar sea algo que nos caracterice como especie, como toda potencia necesita algo de voluntad para convertirse en acto. El problema en México es que esa voluntad personal de muchas mujeres está distraída, extraviada, amenazada por la industria, los cambios culturales, las pautas médicas. Se necesitan algunas políticas públicas, campañas mediáticas y cosas más simples, como compartir la experiencia. En mi siguiente colaboración continuaré con ello. 
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