Sara Noemí Mata


Arborizar el Centro
28/Abril/2014

Entre las joyas que las redes cibernéticas han propiciado en estos tiempos es el socializar el disfrute de las fotos antiguas de las ciudades. Esas imágenes que antes sólo se podían encontrar en archivos históricos, en raras exposiciones o libros de circulación limitada ahora están constantemente en nuestra nube cotidiana, por publicaciones que grupos de facebook o blogs de aficionados tienen la generosidad de compartir.

Soy fan de estas entregas y en especial las que se refieren a nuestra ciudad de León. He notado que ante ellas no se me activa el chip de la nostalgia, pues en su mayoría se trata de imágenes de una ciudad que no recuerdo, que no viví. Al contrario, se me mueve la imaginación de cómo será, se verá y leerá la ciudad que hoy estamos modificando, con planes urbanos, con obras públicas como las que desde hace meses ha vuelto al polvo las calles de nuestro Centro, y en general con nuestra participación o indolencia por esos lugares que tanto -o algunos significan.

Viendo estas imágenes, en los últimos meses, me ha inquietado mucho la cuestión de la arborización de las calles céntricas. Un común denominador de las fotos antiguas de León, así se daten a inicios del siglo XX, en los años 30 ó 50, es que en las calles céntricas no había árboles: las aceras eran del ancho que las actuales y no contemplaban vegetación ni en forma de arbustos ni de árboles.

A excepción de los altos árboles que sobresalían en altura a los que subsisten en forma de hongo en la plaza principal y el arbolado que corría a mitad y márgenes de la Calzada de los Héroes, las céntricas calles leonesas estaban desnudas de arbolado y eran hermosas. La unidad de sus construcciones, el austero conservado de sus fachadas y sus frentes sin modificaciones desastrosas trasmiten una armonía callada, sin la exuberancia de las grandes construcciones civiles que se ven en otras ciudades pero que hacen honor a la humildad y grandiosidad que hay en la laboriosidad que todo lo vence.

Si alguien se pregunta cómo vivían los y las leoneses de ésos años las asoleadas primaveras en una calle 5 de Febrero o el verano caluroso al transitar hacia la Catedral en Hidalgo, tendremos que recordarnos que la calles sin sombra eran compensadas con casa de frondosos primeros y segundos patios. Tras los postigos se abrían zaguanes de altos techos que refrescaban los trayectos asoleados.

Si se complementa la visión de fotos antiguas con una navegación en google-earth, se verá que detrás de muchos alicaídos negocios céntricos o de calles históricas hay árboles de gran tamaño, jardines interiores que seguramente remediaban los calores exteriores con la plácida frescura de las casas.

A inicios de la década de los noventa, León vivió la oleada globalizadora de la arborización de las ciudades.

La idea no era mala pero la aplicación se hizo sin visión urbana, al grado que hoy vivimos un resultado poco satisfactorio y nada alentador.

Se sembró una sola variedad de árboles -ficus benjamina- en todo el perímetro histórico de León, su traza y barrios más antiguos. Se les plantó con una distancia de tres a cinco metros entra cada ejemplar. El cajete se hizo sin importar el ancho de banqueta, el tipo de finca que tenía en frente, si tenía una fachada con una estética digna de admirar o de un uso que hiciera muy difícil su subsistencia; tampoco los usos de espacio público que permite cada calle o tramo, como paradas de autobuses o casetas telefónicas.

Los árboles no subsistieron si quedaron frente a un negocio cuyo dueño le importaba más la vista a su comercio ni cuando un vecino tuvo urgencia de abrir su finca para meter su auto. Para colmo, la estrategia de poda que siguieron las autoridades municipales, Parques y Jardines, fue unir las copas de los árboles y evitarles crecer más allá del cableado de luz. Hoy en día, tenemos árboles de tronco muy ancho y recio, con una copa que, si se le permite, puede oscurecer completamente las aceras y si se les poda cada estación, como muchos vecinos lo piden por razones de seguridad, queda en un ridículo follaje que sostiene simbólicamente el cableado urbano.

Hace unas semanas que se realizó una "tala cavernícola" en la calle Motolinía y se desató la furia ciudadana, a la que me sumé, creo que debió abrirse una reflexión colectiva sobre los árboles en el Centro, en la ciudad en general, las políticas que hemos seguido y los resultados que nos reportan. A menudo se pone en énfasis en la devastación del arbolado público y de las residuales áreas naturales alcanzadas por la urbanización.

Ese rubro es desastroso a todas luces, pero el que toca a lo que se planta y cómo se cuida, es no menos erróneo e insustentable.

Para nuestro infortunio, las obras de remodelación de pavimentos en curso en el Centro histórico no parece ofrecer un cambio de rumbo en cuanto al arbolado de alineación.

Las calles que ya lucen terminadas no tienen ningún cajete para árbol y aunque sabemos que multarán "ejemplarmente" a los constructores que derribaron sin compasión los árboles en Motolinía, nada se ha dicho de si se repondrán en ese mismo sitio o simplemente se entregarán otros ejemplares, multiplicados, al Vivero municipal.

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