Sara Noemí Mata


Reclamo, rechifla, zafarrancho
07/Octubre/2013

En solidaridad con Lucero Salcedo
y todas las mujeres cuyas violencias
recibidas siguen impunes.

Sería muy anacrónico hacerles hoy, una semana después, mi personal crónica de cómo vi el Primer informe de gobierno del Ayuntamiento de León, que preside la priista Bárbara Botello. Eso está suficientemente relatado y opinado, aunque, en algunos aspectos, con tantas distorsiones o exageraciones, que creo amerita compartirles algunas apreciaciones personales.

Lo primero que debo decir es que me pareció un evento bien montado desde los criterios del publirrelacionista oficial que satisface un lucimiento personal del gobernante frente a los invitados especiales de la socialité local y un componente de simbolismo para hacerse significativo a las masas; incluso al presenciar el Informe en la Soledad de La Joya pensé que simplemente al ex gobernador Oliva no se le ocurrió antes, pues lo habría hecho igual: montaron una megacarpa de 22 X 65 metros sin ningún travesaño en medio, con visión apenas interrumpida por las torres de sonido y un brazo mecánico para montar una cámara móvil (como las que se usan en filmaciones de cine); el escenario floreado, con pantalla enorme y los viniles vistosos. Las sillas ordenadas con sus pasillos de desalojo, carpas de menor tamaño en el resto de la plaza para albergar a vecinos o asistentes que no cupieran en la carpa principal, iluminación brillante, hileras de baños portátiles y estaciones de entrega de la comida ya debidamente empacada en unicel, completaban la logística que, en términos generales, funcionó bien.

Pregunté al encargado de comunicación social de la alcaldesa, Manuel Mora, cuánto había costado en números gruesos el operativo. “Aún no liquidamos todos los contratos pero te puedo adelantar que será la mitad o menos de lo que Sheffield gastó en su segundo Informe”, respondió. Habrá que esperar los datos en unos días, pero intuyo que lo más costoso fue la carpa y dicho gasto podría equipararse a la renta del Teatro Bicentenario, por ejemplo, aunque éste tiene capacidad menor a las 2,500 personas que oficialmente se albergaron en la megacarpa.

Ahora bien, el hecho de que la logística haya sido bien planeada y ejecutada, e incluso si de verdad los costos se redujeron frente a los de su predecesor, no quita la sensación de malestar de muchos vecinos y visitantes asiduos a la zona, entre quienes me incluyo. Para el estacionamiento de los autobuses que trasladaron invitados de las colonias populares, se mandó aplanar y poner grava y arenilla a un amplio terreno que se ubica a unas cuadras de la plaza de Soledad de La Joya. En cuestión de una semana, un lodazal estaba convertido en una explanada transitable. El recurso público invertido ahí no servirá para nada más que estacionamiento de ese día y resulta decepcionante cuando traemos a la memoria que a finales del año pasado se solicitó a la Presidencia Municipal apoyo para aplanar una decena de pequeños terrenos en varios puntos entre Soledad de La Joya y Rizos para facilitar la práctica de futbol de jóvenes –cercados por las bandas y adicciones- y de voleibol entre señoras. Las autoridades le dijeron a los habitantes de Las Joyas que estas peticiones serían fáciles de tramitar y realizar como “obra pública menor”, pero luego de varios meses aquel listado y aquella esperanza se perdieron en el laberinto de escritorios municipales.

Un segundo aspecto del Informe fue el acceso y transporte a Las Joyas. Mucho se ha criticado la contratación de más de 100 autobuses para el traslado de asistentes, entre burócratas y habitantes de colonias populares. Soy de las que creo que se necesita que una contradicción se agrave para modificar nuestras nuestra acción. Ojalá sea el caso y me explico: en una ciudad que se precia de su planificación urbana y muestra en su “catálogo vial” el mayor de sus logros, habría que explicar cómo se llama “bulevar” Aristóteles a una vialidad con un carril pavimentado por sentido, con un camellón que a la vez lleva la ciclopista, pero que a falta de banquetas en los extremos casi todos los peatones la usan para transitar. En lo que sigue de cada carril, hay terregales de diferente ancho y “lodosidad”, algunos a la altura del pavimento y en otros con hoyancos que parecen precipicios. Por esa vía congestionada suben unas pocas rutas de transporte público que se conectan desde la estación San Juan Bosco, pero cuyas frecuencias palidecen frente a las salidas cada diez minutos de los autobuses que van a Silao o a Guanajuato.

Un habitante de Soledad de La Joya hace a la estación de las orugas un mínimo de 50 minutos (más los tramos de lodo que hay que cruzar, más la espera en la parada, más las conexiones) así que pretender que los habitantes de colonias populares llegaran por sus medios, es decir, por transporte público, al lugar de la cita, habría supuesto que se empezaran a trasladar desde media mañana para llegar todos y a tiempo. Por ello quizá la congestión vial que experimentaron los invitados que por primera vez subían a Las Joyas y el “gasto populista” de contratar camiones que tanto enoja a “los opositores” nos orille a pensar en dónde estuvieron los gobernantes y diputados federales que han consentido mantener a Las Joyas y sus 70 mil habitantes en un reducto urbano con un solo acceso vial mientras gestionan, por ejemplo, construir un Eje metropolitano entre bulevar Morelos y Valtierra con tres carriles pavimentados por sentido, o tres, cinco o diez puentes para conducirnos en una vía rápida.

Finalmente hay que hablar sobre la fascinación de políticos y periodistas de escalar, con adjetivos, escaramuzas de saliva. Es cierto que la alcaldesa abrió su intervención con una respuesta a críticas políticas que ha recibido (por cierto, con frases que ha usado en muchas otras ocasiones, por lo que tampoco sonaron nuevas, como “no nos detendremos” o “atrás de la raya que estamos trabajando”) y luego dijo que los montos de convenios para ejercicio conjunto de recursos con el Gobierno del Estado habían sufrido una disminución comprobable por los montos que enunció. En lo que yo escuché, hizo un reclamo comedido de mayor cooperación al gobernador Márquez. En su turno, el representante de éste, Éctor Ramírez Barba, leyó una larguísima intervención ahogada en cifras con todo lo que el gobierno estatal gasta en programas aterrizados en León. A mí me fue complicado seguir lo que el funcionario decía por la saturación de datos y, como decenas de espectadores que estábamos más allá de la fila veinte, comencé a platicar con vecinos o conocidos; al rato, noté que el barullo y chiflidos eran tan grandes que el ahogado era, ahora, el propio Ramírez Barba. Eso mismo había pasado veinte minutos antes, cuando la alcaldesa iba en el “Eje 4” de su discurso y los operadores de los habitantes populares traídos de lejos empezaron a hacer indicaciones, repartir los papelitos y la gente más alejada del estrado perdió toda atención a la sesión solemne y se apuró a ubicar la fila para la comida.

Sí hubo chiflidos y rechiflas, pero es asombroso cómo un episodio de expresiones y reclamos políticos bastante comunes entre gobernantes de diferente partido o nivel de gobierno, en algunos medios se hubiera descrito como “zafarrancho” y ameritaba declaraciones de liderazgos de uno y otro partido gobernante sobre quién había empezado las rudezas y el ánimo peleonero, o reacciones airadas de la clase empresarial “exigiendo a los políticos que se pongan a trabajar” (¿así o más trillado?). Bah! Si Sheffield y Oliva sostenían diferencias políticas igual de ruidosas pero no tuvieron empacho en ponerse de acuerdo para comprar terrenos a sobre precio y sin aspavientos, estas grillas políticas son un “tengan para que se entretengan”. Allá cada quién si les agarra la entretención. Mejor hay que ponerse a leer el Primer Informe.

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