Sara Noemí Mata


Donde termina el barrio...
02/Septiembre/2013

Hace unos días, el periodista cultural Luis Meza preguntó en facebook: ¿alguien sabe exactamente donde se divide el Barrio de San Juan de Dios del Centro Histórico? ¿Cuál calle es la línea divisoria? Cada uno de los que intervenimos en la conversación le dimos nuestra versión del barrio, aportamos lo que diferentes fuentes administrativas como Correos, Hacienda, INEGI o el IFE identifica como “barrio de San Juan de Dios” y otros pocos, lo que nuestra identidad nos reporta como parte del barrio.

La pregunta me dejó pensando un buen rato porque precisamente una investigación del posgrado que curso está orientada a dilucidar cómo proponer límites contemporáneos a centros y barrios históricos, y qué objeto tiene definir tales derroteros. Además, me llamó la atención por ese anhelo tan extendido, tan de sentido común, que tenemos de localizar con “exactitud” hasta dónde es el centro o tal barrio tradicional.

Como no sea en el ámbito administrativo de la autorización “moderna” de los fraccionamientos, la cuestión de los límites urbanos ha sido uno de los tópicos inasibles del urbanismo en casi cualquier época y latitud. Conceptos como “traza”, “borde urbano”, “fundo legal” –y la más extendida y errónea “mancha urbana”- que formal o físicamente sirvieron para organizar las ciudades y entender su crecimiento, son hoy tan movibles y dinámicos que poco sirven para decir hasta dónde llega una ciudad o quiénes deben -o pueden- considerarse citadinos, en oposición por los que habitan en comunidades rurales o periféricas.

Esa dificultad se expresa a menudo en los límites exteriores de una ciudad, en relación con su área rural o con los crecimientos urbanos de otras ciudades que se llegan a juntar entre sí, pero también al interior de una urbe construida y consolidada, es decir, en relación a sus áreas históricas.

Delimitar, pues, puede tener mucho interés para periodistas que intentan reflejar algún proceso cultural ligado, íntima o sorpresivamente, con un lugar; también para ejercicios académicos que pretenden mirar un proceso social o identitario o hasta para organizar de mejor modo las entregas de los carteros, pero la función primordial de delimitar un centro histórico es para estructurar una parte de la política urbana elemental en la gestión de una ciudad, de la que, en el caso de León, hemos carecido.

Fernando Carrión, recordó en su conferencia dictada la semana pasada en la Casa de la Cultura de León, que los actos de fundación de una ciudad eran actos militares que no querían decir que a partir de ese momento naciera una ciudad. Insistir que en la variable “fundacional” para actuar sobre el Centro histórico es tan necio como centrarse en políticas de conservación, agrego yo. Los límites de las áreas históricas no son predeterminados ni azarosos, “no nos caen del cielo”, en palabras de Carrión; si bien, son actos de autoridad, no debieran ser autoritarios (entendido sin argumentación urbanística o de alcance legal), caprichos de historiadores o simples respuestas a las necesidades de los propietarios más influyentes de las áreas históricas.

De ahí que la pregunta de hasta dónde llega -y queremos que llegue- el Centro y sus barrios sea tan relevante en la actuación de los consejos o comités relacionados con estas áreas, así como en la naciente Dirección de Centro Histórico dependiente de Desarrollo Urbano.

Hace unos días se aprobó en Cabildo la adquisición de una finca histórica con salidas sobre Justo Sierra y Juárez, que fungió como plaza de gallos y tenía unas tres décadas en abandono progresivo. Pagaremos 5 millones de pesos por ella y aún no sabemos cuánto se deberá invertir para su remozamiento y puesta en uso. Encuentro muy positiva esta adquisición pero desafortunadamente me deja en la misma incertidumbre sobre qué queremos como ciudad, como leoneses de nuestro centro y barrios históricos; qué conflictos de poder son los que nuestros representantes en el Ayuntamiento visualizan con claridad en estas zonas y cuáles proponen atender; qué variables de la construcción identitaria son las que quieren reforzar o qué resortes económicos de la vida en el Centro son los más urgentes de estimular.

Comprar a buen precio, o a precio de oportunidad, una finca con valor patrimonial (la alcaldesa ha dicho que los dueños, luego de dejarla derruir por años, negociaban un precio de 15 millones) sería esperanzador si nos revelara una posición del Municipio sobre las lógicas económicas y principios jurídicos absolutos de la propiedad que hacen más rentable y permisible sin sanción social o legal, la destrucción de lugares o edificios que son valiosos para todos los leoneses.

Si queremos una política de centralidad histórica, porque aparte la necesitamos, tenemos que empezar YA sobre unos límites más o menos consensuados, a hablar de política económica y tributaria del área requerimos información sobre la dinámica catastral, sobre el empleo y la vivienda, sobre los movimientos cotidianos del transporte público, pasajeros y visitantes. Yo, al menos, no quiero una calle –Madero- que luzca agradable y cuyo signo de recuperación sea que cada 3 o 4 meses abra un antro, o que se adquiera una finca histórica mientras catorce se dejan derruir, o que se enfatice la “ruta del peatón” para turistas y se invisibilize a los habitantes de las calles más interiores de los barrios.

Adenda

En el Centro pasan muchas cosas y una, llamativa, es la atracción de escuelas particulares de nivel medio: preparatorias e institutos “patito” pululan en las calles céntricas y van adaptando con desigual tino, viejas y hermosas casonas en que ya habían perdido el uso habitacional. Al no usar la mayoría de ellos el auto particular, encuentro vitalizador para la zona que cada día jóvenes de colonias periféricas lleguen a hacer una parte de su vida urbana en el Centro. Pero asombra la dejadez de Desarrollo Urbano para autorizar o supervisar estas adaptaciones o construcciones. Pongamos por ejemplo la escuela Ecca, de 5 de Febrero, entre Zaragoza y Libertad. Fusionaron varios predios pero se dejó el alineamiento previo y no se obligó a los dueños de la escuela a establecer un área de transición entre sus espacios educativos y la calle; aquí numerosos grupos de jóvenes que terminan clase o hacen tiempo entre sus materias, se les pone en tropel en una calle de un metro de ancho, ni ellos ni los peatones de ordinario tienen para donde hacerse. Para colmo, las instalaciones de agua lucen hechizas y se les autorizaron diseños y recubrimientos de fachada que empeoran el ya empobrecido contexto paisajístico de la zona.

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