Sara Noemí Mata


Militar en el Centro
10/Junio/2013
Quien haya visitado La Habana, Cuba, en especial su centro histórico, indistintamente hace diez días o diez años, regresa a su país con la idea de que aquello se está cayendo, que el estado ruinoso de la mayoría de los edificios se acumula y no es más que un símil de la escuálida y pobre vida bajo el socialismo.

Mi visita allí hace unas semanas me abrió otro panorama. La inmersión a la legalidad e institucionalidad que hace posible la conservación La Habana Vieja se centra en la Oficina del Historiador, expuesto en el artículo anterior, que es, a la vez, entidad planeadora, unidad de gestión, encargada de los trámites y la vigilancia de aplicación de las normativas urbanas, y empresa pública que explota el patrimonio y reinvierte sus ganancias en la restauración.

Si bien el aspecto general de La Habana Vieja es de deterioro, este modelo de gestión de un vasto territorio histórico (214 hectáreas) es exitoso porque hoy en día, puede presumir de haber restaurado y puesto en valor una tercera parte de lo que se delimita como ciudad histórica. Además, al haberse sustraído de la dinámica de crecimiento y modernización capitalista que transformó, y destruyó irremediablemente en muchos casos, los centros históricos de las principales ciudades de Latinoamérica, desde la década de los cincuenta, La Habana Vieja no vivió la destrucción de edificios para abrir vías para autos, la demolición de patrimonio para alojar estacionamientos o el crecimiento excesivo de su periferia.

La Habana, que fue ciudad amurallada hasta mediados del XIX, impacta por la monumentalidad que le proporciona su patrimonio edificado en siglos XIX y XX, pues aunque su traza y concepción urbana es colonial, durante la bonanza cañera de entresiglos muchos edificios se rehicieron para ponerlos al día en estilos constructivos; entonces es una ciudad con traza española pero más bien neoclásica en el estilo y la verticalidad de sus edificios.

También heredó y conserva a la fecha una tradición de ciudad hiper-regulada; históricamente ahí se aplicaron muchas ordenanzas constructivas y urbanas de la ciudad española y hoy en día, con el socialismo vigente, no se quedan atrás. Por ejemplo, no pueden llegar residentes cubanos nuevos a la Habana Vieja sin tener una autorización para ello, lo cual tiene el propósito, entre otras cosas de evitar la sobrecarga de los edificios.

La Oficina del Historiador ha sido exitosa además en realizar proyectos sociales en edificios patrimoniales que se rentabilizan no sólo para los turistas, sino para los residentes habaneros. Uno de ellos está enclavado en el exconvento de Belén, antiguo colegio de jesuitas que conjunta ocho patios, de los cuales se han reparado apenas la mitad, pero dos se ellos se han adecuado para albergar un centro gerontológico y residencia de ancianos en la planta baja y guardería de infantes en el primer piso. El lugar tiene vida a toda hora: antes de que el sol apriete, se reúnen entre 400 y 500 personas diariamente a realizar activación física en los patios sombreados. Durante el día y la tarde, cuando el calor obliga a la actividad intramuros, se imparten 17 talleres para adultos mayores (entre ocupacionales, de salud y terapias alternativas, de historia, música o baile). Gracias a la cooperación internacional, que es muy activa en la Oficina del Historiador, tienen una fábrica de lentes para los ancianos y la convivencia intergeneracional se propicia con el tráfico de niños y sus padres que acuden a la guardería.

Otro proyecto muy extendido es el de las aulas-museo. Consiste en habilitar en cada museo ubicado en la Habana Vieja, -lo mismo si es de numismática, de historia natural, de naipes o un observatorio astronómico-, un aula con los requerimientos para recibir y organizar la actividad escolar de un grupo de primaria que durante una semana debe tomar todas sus clases ahí. La mitad de la jornada que los escolares pasan en el aula-museo las dedican a sus materias ordinarias y la segunda a interactuar con la vida del museo, a integrar sus contenidos o colecciones a sus aprendizajes y en general a familiarizarse desde pequeños con estos espacios de cultura y conocimiento.

Otra de las concreciones más destacables de la Habana Vieja son las viviendas protegidas para adultos mayores. Este proyecto consiste en restaurar ciertos edificios para albergar en ellos viviendas del tamaño y requerimientos para los viejos, habitantes habituales de los centros históricos. Las personas o parejas solas viven en departamentos con sus servicios privados, pero también tienen a la mano atención médica de emergencia y unos salones de usos múltiples abiertos a la comunidad, en que se propicia la sociabilidad de los mayores con los vecinos más jóvenes. Cuando una persona mayor posee una casa que ya le queda muy grande en tamaño o requerimientos para su mantenimiento, y si no tiene interés de heredar, la puede entregar en propiedad a la Oficina del Historiador y a cambio recibe una de las “viviendas protegidas”, donde ya no pagará renta de por vida ni mantenimiento sino sólo sus servicios y con lo que conservará su residencia en las zonas céntricas.

La Habana Vieja tiene, en fin, diversas experiencias de renovación sostenible de su patrimonio edificado y de proyectos sociales que vivifican las áreas históricas, que le dan sentido a su conservación. A veces por la prisa y los lentes de turistas que llevamos quienes tenemos la fortuna de visitar la isla, no las apreciamos, pero sin duda están allí, atreviéndose con creatividad a conservar lo que les da identidad histórica más allá de signos ideológicos o políticos y de precariedades económicas.

DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png