Sara Noemí Mata


Habitar el patrimonio
03/Junio/2013

En las últimas dos semanas falté a esta cita editorial porque realicé un anhelado y enriquecedor viaje a Cuba, en especial a La Habana y, para ser más exacta, a La Habana Vieja.

No fue este un viaje de turista, aunque sí de placer, que no tendría interés de comentar aquí sino porque tuve la oportunidad de participar en el Encuentro Internacional Sobre Manejo y Gestión de Centros Históricos y de un curso sobre el Modelo Público de Rehabilitación Integral de La Habana Vieja, organizados, ambos, por la Oficina del Historiador de La Habana. Compartiré con Ustedes algunos de los aprendizajes que tuve en esta quincena, calurosa por el clima y cálida por la generosidad de los y las organizadoras.

El Centro Histórico de La Habana comparte realidades y desafíos con cualquier otra ciudad histórica de nuestro país o del mundo: el deterioro de edificios y redes de infraestructura; el crecimiento periférico de la ciudad y el consecuente debilitamiento del simbolismo y uso sustentable de las áreas históricas; los intereses inmobiliarios enfrentados a la población empobrecida que habita en los barrios históricos; la transformación económica de las áreas centrales y hasta el necesario equilibrio entre el centro histórico para turistas y para residentes.

Frente a nuestros centros históricos mexicanos, son dos las principales diferencias que anoto frente a La Habana Vieja: por una parte, el hecho de que el centro de La Habana conserva un dinamismo poblacional relevante, es decir, a diferencia de nuestros centros que están despoblados o con residentes en mayor proporción adultos y de la tercera edad, en La Habana se censaron, en 2001, 66,750 habitantes, de los cuales sólo el 16% corresponde a mayores de 60 años, conservando una población entre 15 y 59 años, es decir, económicamente activa, de 64%, de la cual poco más de la mitad (un 52.6%) está empleada; por otra parte, en comparación con nuestro Centro, en que las escuelas primarias tienen tan pocos alumnos al grado que varias han tenido que ser cerradas para trasladar los planteles a las colonias periféricas, en las calles del Centro habanero hay varias escuelas primarias y secundarias, señal de que atienden a los escolares menores de 14 años, que representan el 19% de la población del Centro; amén de que los jóvenes e infantes se mueven, visiblemente, solos o con sus familiares, por cualquier rincón de La Habana Vieja.

La segunda gran diferencia de la que derivarán otros notables contrastes, es el estatus estratégico, jurídico e institucional, que se ha construido para gestionar y rehabilitar la Habana Vieja.

Este espacio, que hasta 1993 estaba a la espera de lo que presupuestalmente el gobierno le asignara para los proyectos de restauración o rehabilitación física o social, recibió en ese año un Decreto-ley que le permitió organizar una gestión autofinanciada a partir de establecer que todo el territorio de La Habana Vieja como “zona priorizada para la conservación” y “zona de alta significación para el turismo” (en 1995). Esto le ha permitido a la Oficina del Historiador sumar a sus facultades de planeación y gestión urbana del territorio, la creación de un sistema empresarial que genera utilidades por la explotación del patrimonio y la reinversión de los ingresos generados por el turismo y las actividades económicas en ese mismo objetivo.

Aunque las palabras son las mismas, hemos de hacer algunas aclaraciones sobre sus referentes. Cuando decimos “Oficina del Historiador” no vaya Usted a creer que estamos hablando de un añoso director de “archivo histórico” como los que contamos en nuestros municipios con el presupuesto más castigado y el peor de los olvidos institucionales, que lo más que se le asigna es el resguardo de papeles y archivos que pocos usan y que de vez en cuando ven la luz en libros o ediciones conmemorativas. No, en La Habana Vieja, La Oficina del Historiador conjunta la vertiente de compilación y conservación de fondos documentales y vestigios históricos y arqueológicos, con la de planeación y la gestión del control territorial de los planes y normativas urbanas que aplican en esa área, y a partir de 1993-95, con la creación y operación de una variedad de empresas turísticas e inmobiliarias que maneja una veintena de hoteles (categoría especial o colección), restaurantes y tiendas para turistas, una empresa constructora y, más recientemente, una división de arrendamiento de locales o partes de edificios históricos o patrimoniales restaurados, que son propiedad pública pero encargados a la Oficina del Historiador.

Además de la reconocida posición y liderazgo intelectual y político que se le confiere a la persona del Historiador, (en La Habana, Eusebio Leal) la Oficina del Historiador es pues una mezcla de Implan-desarrollo urbano-empresa pública, orientada a la conservación del patrimonio y al desarrollo y aplicación de programas sociales y culturales que dan vida y sustento a dicho patrimonio.

En la siguiente colaboración detallaré algunas de las experiencias innovadoras que ha desplegado La Habana Vieja en su modelo de rehabilitación, pero quiero concluir con una de las primeras preguntas que me he hecho y me han hecho a partir de contar lo que he conocido. ¿Es este modelo peculiar de un país socialista? ¿Es posible su aplicación fuera de un contexto de economía y política centralizada? La respuesta es que hasta ahora sí ha sido un modelo propio del socialismo cubano, pero no por ello privativo de dicho sistema, por dos razones: La Oficina del Historiador no tuvo siempre, desde instaurado el socialismo ni antes, este triple carácter de planeador-empresarial-controlador del desarrollo, sino que se le dotó a partir de una profunda crisis económica que vivió Cuba con la caída del campo socialista (la antigua URSS) y, segundo, tampoco es generalizado a otros centros históricos cubanos que no disfrutan de idénticas facultades como las que tiene La Habana Vieja. Es, pues, la aplicación de una apuesta estratégica como país y una coherente y superespecializada gestión profesional en materia y territorio de centro histórico, de la que podemos aprender.

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