David Herrerías Guerra


Legisladores amputados
23/Mayo/2013
 
“Me sentía como si me hubieran amputado un brazo”. Algo así dijo el presidente del Partido Acción Nacional. La frase, puede ser chusca, o si uno tiene mucha imaginación, hasta grotesca. Pero da también para otras reflexiones. Cuando el dirigente dice que por la falta de control sobre su grupo parlamentario se siente manco, quiere decir, si la interpretación de la metáfora no falla, que todos sus senadores se deben de comportar como una extensión de él mismo. Él es la cabeza y necesita manos que le obedezcan. No dijo, y eso es interesante, que al Partido le faltaran manos, el manco no era el PAN sino su dirigente. ¿O sea que los senadores, finalmente lo representan a él en el senado? ¿O los senadores representan al partido en el senado? ¿representan al estado del cual provienen?  ¿representan a los ciudadanos de su estado? ¿representan a la ciudadanía en general?
Entramos entonces al asunto de la representación en una democracia, que precisamente ha sido llamada “representativa”. Se llama representativa en oposición a la democracia directa, porque si la democracia significa que el pueblo es el que gobierna o toma las decisiones, éste no lo puede hacer de forma directa y tiene que ser representado por otros y otras que son los que tomarán las decisiones. ¿Pero qué tipo de representación se le otorga a estos representantes? Representar lo usamos para muchas cosas: se dice, por ejemplo, que una imagen “representa” algo. En este sentido, mientras más fiel sea la imagen a lo representado, mejor. Se dice también que un vendedor de aparatos electrodomésticos es el representante de la empresa. En ese caso, el representante no puede tomar ninguna decisión que no este consensuada con su superior. Es una representación vinculante: si el vendedor decide regalar la televisión porque le dio lástima la viejita que le abrió la puerta, será despedido muy probablemente. Incluso un embajador, que representa a un país, tiene un margen de maniobra, pero guarda una relación vinculante con el presidente, con el primer ministro o con quien sea sus superior inmediato, porque, efectivamente, es como una extensión, es un brazo al servicio del Estado.
Sin embargo, la representación de los legisladores tiene otra naturaleza. Cuando se elige a un Congreso, se está eligiendo un órgano de gobierno que debe “pensar” en los intereses generales de la nación. Una vez que el diputado o el senador son electos, su actuación en la cámara tiene que estar ordenada según lo que él considere que se debe decir en función de lo mejor para el país. En los primeros experimentos democráticos (en Inglaterra) no existían los partidos. Una vez nombrado el legislador se incorporaba a este cuerpo y se consideraba una parte del gobierno, es decir, de los que conducían la nación. Pero al interior de las cámaras los mismos legisladores se fueron organizando en parcialidades, de acuerdo a su afinidad en los temas que se discutían. Los partidos han sido importantes porque en un país muy grande, en el que no conocemos a las personas, podemos imaginar sus posiciones respecto a ciertos problemas de acuerdo a su pertenencia a una de estas parcialidades.
El problema es que los partidos han ido adquiriendo un poder cada vez mayor, y el papel del legislador puede terminar siendo el de una pieza de ajedrez que se mueve sólo bajo la voluntad del presidente del partido (si este no es manco, claro). ¿Qué sentido tiene entonces tener una cámara con tantos diputados si los acuerdos son tomados de antemano fuera de las cámaras? En el fondo, con lo poco bien que me cae Cordero, creo que tiene razón. El pacto es muy bueno si permite llegar a acuerdos, pero no le conviene a nadie que esos acuerdos sean tomados por unas cúpulas partidarias que no forman parte del mismo Congreso. ¿Dónde quedan los cientos de legisladores que se retratan en la ventanilla de la nómina cada mes?  No se puede pedir que los partidos pierdan el nexo con sus legisladores, pero debe quedar muy claro que los partidos no están por encima del Congreso.
Aparte del control que el presidente de un partido, como hemos visto, tiene sobre el coordinador de los senadores, hay otros mecanismos que mantienen a los legisladores aclientelados con su partido. Por un lado, el asunto de la no reelección. Dice Sartori, y creo que tiene razón, que si un diputado sabe que sólo estará 3 años, tiene que estar pensando en el siguiente hueso más que en lo que haga en la cámara. Tratará de quedar bien con su partido, porque a ellos les debe el hueso presente y el futuro, que será más importante. La reelección (y no sólo por un período más) puede ayudar a tener senadores y diputados más capaces, preocupados por quedar bien con los electores, como pasa en otras democracias. La forma de elegir a los plurinominales, con listas que dependen de la gracia del grupo en el poder en cada partido, generan también un vínculo mayor con sus padrinos que con sus electores.
Madero ha sido torpe en el tratamiento de un problema que podría haber conducido con mucha más elegancia. Pero para nosotros ha sido instructivo, porque finalmente nos demostró que los que en realidad son mancos, en este PAN, son sus senadores.

david@propuestacivica.org.mx
 
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