David Herrerías Guerra


#No te preocupes Humberto.
02/Mayo/2013
“No te preocupes Humberto, ya empezaron las críticas porque nuestras hijas no son prole”, vaticina un twittero que será la siguiente frase de EPN para su amigo y mentor Humberto Benítez, Procurador Federal del Consumidor.  Si ha estado usted al tanto del género chisme-política, sabe que hablamos del escándalo que desató la hijita de este funcionario al mandar cerrar un restaurante que no le quiso dar la mesa que quería en el instante que quería. La niña, que pudiera ser protagonista de la recomendable película “Nosotros los Nobles”, hizo su berrinche como muchos niños poco formados para manejar su frustración; pero lo peor son los funcionarios de la PROFECO dispuestos a atender su demanda sin dilación, cerrando un negocio formalmente establecido con pretextos infantiles.
 
Es uno de esos casos que en sí mismos no tendrían que aparecer en las primeras planas si no es por su valor simbólico y didáctico. Esto último es lo que me interesa ahora.
 
Por un lado, constatamos un caso más, de los hijos/as de funcionarios que tienen un comportamiento que revela su educación de nuevos ricos y que con ello ponen en jaque a sus padres, que no son inocentes, porque ellos eran los responsables de su educación y porque han acostumbrado a sus subalternos a atender los caprichos de sus hijos. Podemos recordar sin mucho esfuerzo otros casos de hijas incómodas, como la del mismo Peña Nieto, que se deslindó de nosotros los proles; o la hijita de Romero Deschamps, que por cierto, sigue tan campante; y un poco más atrás, a los inefables hijitos de Martha Sahagún, que también siguen tan campantes. Todos estos casos no nos hablan sólo de un problema al interior de las familias que no saben establecer límites a sus vástagos. Nos hablan de una cultura política –compartida seguramente al interior de ese núcleo familiar – en la que el poder es para servirse de él; son familias a las que la política les ha servido para enriquecerse de una forma y en una proporción que no podrían haber logrado por otros medios; son hijos privilegiados del sistema. No quiero decir con esto que no haya niños y niñas fresas y prepotentes cuyos padres hayan amasado fortunas por otros medios, pero me interesan más estos, porque utilizan los privilegios que sus padres tienen y que se justifican únicamente en función del servicio que deben prestar a todos los mexicanos y mexicanas.
 
Pero otra cosa interesante es el papel que tienen las redes sociales en estos escándalos. Lady Profeco, como fue bautizada en Twitter, probablemente pensó que su travesura pasaría inadvertida para la mayoría, excepto para sus víctimas. Pero las redes sociales (así en abstracto) hicieron su trabajo y en muy poco tiempo el asunto trascendió las fronteras. ¿Quiénes son las redes sociales? Según la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI) los usuarios de Internet en México se duplicaron del 2006 al 2011, pasando de 20 millones a 40 millones y el promedio de conexión diaria de los internautas mexicanos es de más de 4 horas diarias. De esos internautas, 9 de cada 10 se conectan a una red social. En 2011, el 50% de ellos reconoció haber dado clic en la propaganda de algún partido político.
 
Hasta hace muy poco, tiempo, para que una denuncia ciudadana llegara a los medios masivos o a las autoridades, se tenían que pasar muchos filtros. Podía haber una denuncia que a ningún medio le pareciera “periodística” – eufemismo usado a veces para no tener que admitir que no querían publicar algo que metiera en problemas al medio – y las inconformidades se quedaban en el olvido.  Lo interesante ahora es que los teléfonos inteligentes – 58% de usuarios dicen usar este medio para conectarse a Internet –  permiten a los ciudadanos registrar los abusos e inmediatamente darlos a conocer en las redes sociales. Si los hechos causan indignación, se vuelven virales, se propagan sin control de nadie y los medios masivos tradicionales no pueden ignorarlos. 40 millones de internautas no son la mayoría de la sociedad, pero cuando la denuncia sale de las redes y ocupa los titulares de los diarios se multiplica su eficacia.
 
Con todo y la carga de humor y desparpajo que acompaña muchos de los mensajes en Twitter, se ha convertido en un medio que los políticos juzgan imprescindible, a tal grado de usarlo como medio también para contestar y justificarse. Pero no todo es miel sobre hojuelas, estas nuevas tecnologías tienen sus riesgos: uno de ellos, es que por su propia naturaleza, un poco anárquica,  pueden ser usados para acusar y denostar sin pruebas y linchar a inocentes. Otro riesgo es que se conviertan en una vía de escape para la conciencia – como funciona la limosna – al hacernos pensar que firmando un desplegado en Internet, “retwitteando” o poniendo “me gusta” estamos cumpliendo con nuestra obligación ciudadana de auditoría y exigencia de rendición de cuentas. Si los miles de internautas que nos deleitamos con las bromas a expensas de #ladyprofeco no pasamos de lo virtual a las acciones concretas, los políticos aprenderán a jugar también este juego virtual, sabiendo que no tiene consecuencias: No te preocupes Humberto, son sólo twitts. david.herrerias@propuestacivica.org.mx
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