David Herrerías Guerra


Imagínate en esta circunstancia
04/Abril/2013

Imagina que caminas un día de regreso a tu casa. La calle es oscura, pero no hay de otra, saliste tarde de trabajar. Sientes que alguien te sigue, pero puede ser tu imaginación. No alcanzas a ver unas sombras que surgen de la nada, te sujetan y ponen algo de olor intenso en tu cara. Oscuridad total. Despiertas. Tardas unos momentos en recordar lo que pasó. Tratas de moverte pero te das cuenta de que estás sujeta firmemente a una cama. Sientes punzadas en algunas partes y poco a poco vas logrando entender. Estás en algo parecido a una clínica, varios tubos están conectados a tu cuerpo, y si miras de reojo, alcanzas a ver a otra persona a tu lado que duerme, apenas respira. Es un niño muy pequeño. Estás conectada a él.
 
Pasado un tiempo escuchas, pero no ves, a una persona que te pregunta amablemente cómo estás y te pide que tengas calma. Explica: como lo suponías, fuiste raptada, pero no van a pedir dinero, la razón es otra. Junto a ti yace un niño con problemas de inmadurez en el desarrollo de algunos de sus órganos y para vivir lo suficiente como para ser autónomo, requiere de otra persona que le esté suministrando sangre permanentemente. No se encontró a un voluntario, por lo que se optó por forzarte a ti, dado que gozas de muy buena salud. No corres peligro, las complicaciones en un caso así son muy raras. Añaden que no te retendrán más de 40 semanas y que te cuidarán con empeño. Al final de ese tiempo serás otra vez libre. Obviamente, te rebelas, pero no puedes hacer nada.
 
Un día escuchas ruidos, gritos, golpes e irrumpen en la sala oficiales de policía y otras personas. Tus familiares lograron dar con tu paradero y se disponen a liberarte. Los captores, esposados, te piden que no lo hagas: la vida del pequeño depende de ti. Es verdad que fuiste forzada pero en este momento, cuando puedes decidir, puedes darle la vida a este inocente. Después – te aseguran – no tendrás ninguna responsabilidad sobre él. Tus familiares, a pesar del enojo por la situación, empiezan a dudar. Algunos piensan que te pueden trasladar, así conectada, a tu casa, para que estés más a gusto. Tus captores dicen que si te desconectas, a fin de cuentas cometerás un asesinato. Los policías dudan…
 
La situación es complicada y hay preguntas interesantes: ¿Se te puede exigir como cautiva la sujeción al niño? ¿Quién tiene que tomar la decisión? ¿Es una asesinato si te separas de él? Y si decidieras hacerlo ¿deben los policías ayudarte a desconectarte? ¿O simplemente dejarte a tu suerte para que te liberes solita?
 
Esta paradoja – que leí alguna vez por ahí y aderecé un poco para este artículo – tiene obvias referencias al aborto y específicamente, al aborto en el caso de violación. La interrupción del embarazo es un problema muy complejo y reducir el campo de discusión a expresiones simplistas (a favor de la vida) o a cajones estancos (abortistas y no abortistas) no ayuda en nada. Las mismas leyes establecen precisiones, como en la definición de atenuantes según las circunstancias en las que se da el embarazo. El caso de la violación es un caso extremo, porque la mujer, como el personaje del cuento, se haya sujeta a una vida de manera forzada y en el momento que se plantea la posibilidad de liberarse se enfrenta a la disyuntiva de interrumpir la posibilidad de desarrollo de un ser que en ese momento no es autónomo.
 
Desde luego que surgen, como preámbulo, las preguntas centrales en la discusión sobre el aborto: ¿En qué momento se puede hablar de una persona en el proceso de gestación? ¿Se puede hablar y desde cuando, de un ser humano en potencia? ¿hasta dónde y en qué momento la mujer puede hablar de ese producto de la concepción como parte de su cuerpo?  Pero en el caso de la violación, más allá de la respuesta a esas preguntas necesarias y difíciles, está otra: ¿Podemos hablar de un asesinato cuando se decide romper esa liga a la que ha sido forzada una mujer, como en el relato de arriba?  El personaje de nuestro cuento puede, efectivamente, tener una actitud heroica y, a pesar de todo, mantener la vida del niño. Es legítimo, incluso, que haya grupos que la aconsejen en ese sentido. Pero al final, nadie puede ser obligado al heroísmo. La única que puede y debe tomar la decisión es ella. En principio, en nuestro estado, eso ya está definido: quien aborta en el caso de violación no puede ser penalizada.
 
Pero volvamos a una de las preguntas del cuento: ¿Debe la autoridad ayudar a la persona a liberarse? ¿O basta con que no la penalicen? Lo que las diputadas del PRI y el PRD están impulsando, es precisamente, que los agentes ayuden a la cautiva a liberarse de su vínculo con el niño. Personalmente me parece que tiene mucha lógica. No imagino a una autoridad que reconoce el derecho de una mujer para optar y que asista como simple espectador a los esfuerzos de la misma para operar ese derecho. La propuesta no está ampliando las causales de aborto no penalizado, sino facultando a las mujeres el ejercicio de ese derecho ya reconocido.
 
No entro por ahora a la discusión de otras circunstancias del aborto. Es, como decía, un problema muy complejo y las aristas que impiden unificar nuestros criterios al respecto son infinitas. Pero puedo afirmar, en principio y reconociendo mi limitación frente al tema por vivirlo siempre desde la barrera, que el aborto es siempre un trauma, una herida. Pero  reaccionar como sociedad  encarcelando a una mujer o a una niña, es hacer dos heridas en lugar de una. Creo que podemos ser más creativos e inteligentes.
 
 
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