David Herrerías Guerra


Coincidencias
28/Marzo/2013

Francisco de Asís nace en el siglo XII, pero su acción renovadora se ubica ya en el XIII. Aunque estamos en la edad media, es una época en la que la cultura atesorada en los siglos anteriores empieza a salir a la luz, como la que inunda a las iglesias góticas que empiezan a sustituir a las oscuras construcciones románicas. Es un momento de cambio económico posibilitado por la acumulación de una nueva clase media – principalmente mercaderes – que pronto empieza a rivalizar con la nobleza. Los nuevos burgueses no tienen sangre azul, pero tienen dinero.  La iglesia se ha contagiado de ese afán de lucro y para cuando Francisco es adulto, ésta tiene muy poco que ver con los ideales de pobreza y desprendimiento de Jesús. Acumula cada vez más poder económico y político; hace la guerra y rivaliza con las monarquías europeas. El viejo continente está embarcado, además, en la aventura de las cruzadas, la guerra contra el Islam, lo que hace a las familias burguesas más indispensables, ante la urgente necesidad de recursos para la guerra.
Ignacio de Loyola, admirador de Francisco de Asís y fundador de los Jesuitas, nace unos 300 años más tarde. Un año después del nacimiento de Ignacio, los europeos desembarcarían en lo que llamarían América; justo en medio de un Renacimiento que es mucho más que un “remake” de las artes y culturas clásicas. El mundo está cambiando radicalmente, no sólo porque se dé una explosión creativa en las artes, sino porque  la concepción del universo se transforma, los límites de la tierra firme se  ensanchan, la visión de Dios y del ser humano están de nuevo a discusión. Todo eso empezará a difundirse a una velocidad para entonces inusitada, gracias a la perfección de la imprenta. Los Reyes Católicos están a punto de expulsar de España a los moros y la guerra contra el Islam se mantiene presente en el imaginario colectivo. En medio de ese cambio, una Iglesia vieja, mundana, acosada por el desprestigio que le acarrean sus propios pastores y desgajada por la Reforma que encabeza Lutero.
Los dos personajes, Francisco e Ignacio, nacen en momentos importantes de transición y de crisis eclesial, de cambios de pensamiento, de guerra político-cultural-religiosa. Como ahora.
Frente a una sociedad y una Iglesia centradas en el lucro, Francisco – un burgués – se  convierte y se vuelve radical en el desprendimiento. La pobreza es un ideal de vida, en una búsqueda mimética de Jesús.  Es también revolucionario en la concepción de la naturaleza y el medio ambiente, porque se adelanta a la  posmodernidad al concebir al hombre y la mujer como hermanos de la creación entera. Es también innovador en el diálogo interreligioso, al buscar entablar una comunicación fraterna con los árabes que Europa combatía en Tierra Santa. Es un reformador radical en el mensaje, pero dócil y moderado en las formas, lo que lo separa de otros reformadores de la época, como los cátaros y los valdenses.  Ignacio, era un cortesano, también converso; radical en la pobreza como Francisco, pero más pragmático; confiado en la capacidad del ser humano para discernir libremente, permite a la Iglesia transitar de la edad media al renacimiento, al humanismo. Reformador también, igual que Francisco, no rompe con la Iglesia como Lutero.
Los dos son fundadores laicos de movimientos al interior de la Iglesia que ayudan a oxigenarla. Ambos fueron en su tiempo perseguidos, incomprendidos y después ensalzados. Franciscanos y Jesuitas han transitado por la vida de la iglesia con una fidelidad fluctuante a sus fundadores. Ambos ayudaron en su momento a la Iglesia recordándole su origen, poniendo otra vez en el centro a su Jesús  Pero hay que decir que después de la aportación de estos grandes, la Iglesia se ha resistido. En el mismo siglo XIII, después de Francisco, se fundará la Inquisición, que se encargaría de juzgar varias veces a San Ignacio. Incluso al interior de sus mismas órdenes la fidelidad a la radicalidad de sus fundadores no siempre ha permanecido: no todos los franciscanos han sido tan pobres, ni los jesuitas han sido tan libres y coherentes.
Hasta ahora no había un Papa jesuita, ni uno que se llamara Francisco. Parece una buena mezcla para una Iglesia urgida de renovación. El Papa no es, ni con mucho, un radical, como el Vasco de Loyola y el Poverello de Asís. Pero los signos que ha dado el jesuita Francisco apuntan también a un giro, especialmente en lo tocante al amor al prójimo, la misericordia, la sencillez, la austeridad y la exigencia de justicia social. Esto, a fin de cuentas, es lo que está en el centro de la predicación de Jesús, que murió por resultar incómodo al poder cívico-religioso de su época.  A fin de cuentas, lo importante no es que la Iglesia permanezca, sino que logre el cometido que le da sentido: que el mensaje evangélico y utópico del Reino, en el que “los leones pastarán con los corderos”, se vaya concretando en el mundo.
Ojalá que las coincidencias entre Francisco, Ignacio, el Papa y las características de nuestras épocas, no queden sólo en lo anecdótico.
 
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