David Herrerías Guerra


De Fueros y colas pisables
07/Marzo/2013
Para tener la lengua larga hay que tener la cola corta, reza un dicho mexicano. Tener políticos con la cola “pisable” ha sido un recurso tradicional del poder en México que ayuda a controlar a la gallera.  Durante muchísimos años sabíamos que casi todos los políticos tenían algo que esconder, cuentas secretas, gastos de procedencia dudosa… pero no pasaba nada, hasta que se les ocurría apostar por el candidato equivocado. Entonces las colas – que antes presumían tranquilamente, sacadas al sol en sus yates y casas en San Diego – se enrollaban y disimulaban entre las curules y debajo de los anchos escritorios, tratando de evitar la fría navaja de la ley, que repentinamente, había descubierto todos los agravios e iniquidades cometidos contra el pueblo. Entonces era el llorar y el crujir de dientes.  Como la mayoría tenía apéndices bien grandes y cuidadas, más valía estar en buena relación con quien podía decidir si se aplicaba o no la ley. Estoy hablando de antes, del viejo PRI, y no se me adelanten; lo de la Maestra no tiene nada que ver. Ahí fue la señora justicia, de alas blancas y alba túnica, pura, impoluta, quien decidió bajar del olimpo a imponer el orden.
No, no quería hablar de Elba Esther. El tema de las colas pisables tiene que ver, más bien – o también – con lo que apenas se aprobó en la Cámara de Diputados: la acotación del Fuero Constitucional de los legisladores y funcionarios públicos. El origen de este privilegio tiene que ver con el temor de que el poder ejecutivo pudiera inventar cualquier delito a los legisladores incómodos a fin de hacerlos callar. Hay quien dice que en algún momento esto tuvo su razón de ser. Mi opinión es que nunca funcionó. En primer lugar, porque en tiempos de la presidencia imperial,  un fuero cualquiera no impedía que cualquier diputado pudiera ser convencido (por la fuerza o por cañonazos de cincuenta mil pesos, decían entonces, que baratos tiempos aquellos) o desaparecido. Era un sistema mucho más monolítico. Cuando en realidad empezó a haber oposición en las Cámaras, en los últimos años, el fuero sólo sirvió para proteger a delincuentes comunes parapetados en ellas. Y para afirmar lo anterior basta revisar lo que los mismos legisladores se dijeron unos a otros en la sesión, según quedó grabado en la mente de los testigos: Ricardo Anaya, de la bancada del PAN, recordó el caso del perredista Julio César Godoy, quien entró de manera vergonzosa al Palacio Legislativo para rendir protesta y ahora es prófugo de la justicia. José Luis Muñoz, del PRD, subió a la tribuna y contraatacó a los panistas: “¿quieren nombres? (…) los hijos de Martha Sahagún”. Los cronistas no dan cuenta de la cara de Fernando Bribiesca Sahagún diputado por la vía plurinominal de Nueva Alianza, que debió haber estado presente.
 
Nuestros legisladores, hay que decirlo, han gozado de libertad para decir lo que quieran y para expresarse con mayor libertad que la mayoría de los mexicanos. El fuero no hacía falta y sí los confirmaba en un lugar de privilegio e impunidad. Como sea, los y las diputadas cambiaron el fuero por la “inmunidad parlamentaria”. La diferencia radica en que si se inicia un juicio contra un diputado o diputada, estos NO podrán ser detenidos, pero sí sujetos a proceso. En caso de fallarse en su contra, entonces deberán ser separados de su cargo. Tienen cierta razón el permitir que los diputados puedan enfrentar el proceso SIN separarse de su cargo, porque podrían armarse acusaciones falsas, y en un sistema penal lerdo y burocrático, podría entretenerse por varios meses a un opositor político. Aunque hay que decir de nuevo a nuestros legisladores, que el problema de fondo es el sistema de justicia, porque los ciudadanos comunes y corrientes, y más los que nos interesamos en la política, estamos aún más expuestos que ellos a esas represalias.
 
No todos los diputados estuvieron de acuerdo. Algunos, probablemente, porque tienen cola que les pisen, y siempre es riesgoso arrastrarla por entre las curules a la vista de los enemigos políticos. Otros diputados expresaron su rechazo, al contrario y con razón, porque el cambio debió llegar hasta el ejecutivo de la Nación. Pero los legisladores no se atrevieron a tanto, el Señor Presidente sigue gozando de su fuero, como siempre. Lo más curioso del asunto es que quienes defienden el fuero presidencial alegan que “el Presidente es un jefe de Estado, que no puede estar expuesto a asuntos judiciales” y que se “pondrían en riesgo las instituciones”. Pero lo que expone a los asuntos judiciales al presidente, como a cualquier ciudadano y pone en riesgo a las instituciones, es más bien la violación de las leyes. Si el Presidente no tiene cola que le pisen, no tiene nada que temer. 
 
Algo importante a rescatar de todo esto, es constatar que a fin de cuentas, nuestros legisladores sí escuchan. Escuchan poco y se mueven lento, pero se avanza. La acotación del fuero era una demanda ciudadana de muchos años, que por fin se plasma en la Constitución. Eso nos debe dar la confianza para impulsar otros asuntos, como sus sueldos y prestaciones astronómicas, el financiamiento excesivo a los partidos y varios etcéteras.  Queremos diputados y diputadas, no sólo libres de colas pisables, sino dóciles y atentos a lo que la sociedad que los eligió y les paga sus salarios necesita.
 
 Publicado en Mlenio Diario León, 7 de marzo 2013 (http://leon.milenio.com/cdb/doc/impreso/9174366)
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