David Herrerías Guerra


Ya no creemos nada
17/Febrero/2013

¿Qué le vamos a hacer? Por más que nos expliquen que las características de la explosión cuadran perfectamente con la hipótesis del gas metano, no creemos. Las explicaciones alternativas abundan en Internet y lo más curioso del asunto es que muchos mexicanos le creen más a algunas de estas conjeturas, aunque sean hechas por personas que no han levantado una muestra de hollín del lugar y que basan sus dichos en las fotos manejadas en la prensa o en declaraciones de algunos afectados. Si la hipótesis gubernamental hubiera sido la del atentado, seguramente creeríamos más en la posibilidad de un accidente y pensaríamos que lo del atentado se estaba esgrimiendo para ocultar la ineficiencia de Pemex. Digan lo que digan, no les vamos a creer, porque no creemos ya en el sistema de justicia en México y estamos acostumbrados más a una especie de juicio popular, que tiene como fuente de información los medios y como suprema corte a la siempre resbaladiza e informe “opinión pública”.
 
Recibo periódicamente un correo pidiendo un boicot a Francia, por el caso Cassez. Un 84% de los mexicanos, según una encuesta de Mitofsky, la considera culpable. Yo creo, porque los argumentos me han llegado de fuentes cercanas y creíbles, que la francesa no es una palomita blanca y que algo tuvo que ver en los secuestros, pero no meto la mano al fuego por eso, y mucho menos, sería capaz de dictar sentencia, porque no tengo los elementos de prueba ¿usted realmente los tiene?
 
Y como confesión pública de mi ignorancia diré también: no sé quien mató a Luis Donaldo Colosio, ni a José Francisco Ruiz Massieu. No sé en realidad quienes son los culpables de las muertes de tantas mujeres en Juárez, ni de la niña Paulette. No conozco, aunque sospecho que ya los dejaron libres, a los asesinos instrumentales de la matanza de Acteal. Y  menos sé, aunque sospeche, quienes son los asesinos intelectuales de esa masacre que incluyó el desgarramiento del vientre de mujeres embarazadas.  Estoy seguro, eso sí, de que siguen libres. Tampoco sé quienes han matado a cientos y cientos de migrantes centroamericanos y…
 
Pero para que no se diga de mi que soy un ignorante excepcional, también diré que nadie sabe qué ha pasado con el 98% de los delitos graves que se cometen en este país porque sólo el 2% son castigados. Sé, si atiendo a los datos oficiales, que de casi 500 mil detenidos por delitos de todo tipo,  sólo son consignados 215 mil (el 43%) y 17 mil son sentenciados (el 7% de ese 43%). A eso hay que sumar la posibilidad de que algunos salgan de la cárcel, con toda tranquilidad a comprar cigarros y ya no regresen. Y hay que considerar también que un buen porcentaje de esos detenidos, en realidad no son los verdaderos culpables, sino chivos expiatorios y ciudadanos sin pasaporte francés que fueron inculpados por cuerpos policíacos a los que se les exigen cuotas mínimas de consignados:  “A mi me piden al menos 30 detenidos al mes”  decía una fuente anónima a un periodista. El ciudadano tiene que demostrar su inocencia, cuando debiera ser al revés. Los delincuentes de cuello blanco y los políticos gozan de mayor impunidad. Nos enteramos ahora con más facilidad que antes, que se falsifican firmas, que se otorgan permisos fraudulentos, que se encuentra irregularidades en las cuentas… pero nadie es castigado, no pasa nada.
 
Los mexicanos, como los franceses, no creemos en la justicia mexicana, porque en realidad es tremendamente ineficaz. Entonces juzgamos con la información que nos ofrece la televisión, o ciudadanos más arrojados toman la justicia por su mano y arman brigadas de autodefensa o policías comunitarias. En una película del oeste la solución sonaría interesante. ¿Pero cómo saber que esas policías no se convertirán en delincuentes si no se sujetan a reglas procesales mínimas?
 
Tener un sistema de justicia confiable tiene que ver con nuestra sensación de seguridad (la certeza de que los delincuentes no están libres por las calles) pero es también un fundamento de la democracia: la seguridad de que las personas a las que elegimos no actuarán fuera de la ley y la confianza en los mecanismos para sancionarlas. El hartazgo por la impunidad lleva también a tentaciones autoritarias, como la tercera parte de los mexicanos que cree que es mejor castigar a inocentes que correr el riesgo de que estén libres los culpables (Mitofsky). O de todos los que creen que el respeto a los derechos humanos obstaculiza la aplicación de la justicia.
 
No es que la hipótesis del gas metano, como muchas otras hipótesis de crímenes escandalosos en nuestro país sean creíbles en si mismas o no: el problema es que no le creemos al que las dice y su credibilidad es un asunto central en la democracia. ¿Cuándo recuperaremos la confianza en el sistema de justicia que han ido erosionando día con día? Pregunta cuya respuesta es más difícil de encontrar que la fuente del gas metano que sacudió al edificio de Pemex. david@propuestacivica.org.mx
 
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