David Herrerías Guerra


¡Qué bueno, Temacapulín!
07/Febrero/2013
La siguiente paradoja, autoría de Peter Cave, ya había sido utilizada en este espacio, pero ahora viene a cuento otra vez, como se verá después. Concentrémonos en la historia:  Imagine a un director o directora de un hospital especializado en transplantes que, angustiada porque tiene tres pacientes graves: una científica, un médico y un investigador de primer nivel. Los tres son jóvenes y prometen mucho, no sólo por su preparación sino por las muestras que han dado de su vocación de servicio. Necesitan urgentemente un transplante de riñón, de corazón y de páncreas, respectivamente. Están en las últimas, pero no hay donadores. Se encuentra cavilando sobre esta trágica situación, en la soledad de una sala de hospital, cuando observa a un joven que pasea el trapeador de un lado al otro. Él entró apenas ayer a trabajar y cruzó unas palabras con la doctora. Ella se enteró de que el chico es el séptimo hijo de una familia de 12; que no terminó la primaria y vive solo, sus padres ya murieron. No tiene novia, ni hijos, ni más  aspiraciones en la vida que salir del trabajo en la mañana para sentarse en la banqueta afuera de su casa a ver pasar la vida. Una idea da vueltas en la cabeza de la médica, a pesar de que la trata de reprimir: ¿no podría ser un donante este joven intrascendente? ¿no valdría más para el género humano la vida de los tres brillantes enfermos que la de éste afanador? Vamos a suponer que ya tiene el plan por el que puede “sacrificarlo” sin que nadie pueda culparla de su muerte (¿en México? ¡eso no es posible! reclama un iluso) ¿Debe matar a uno para salvar a tres jóvenes prometedores? ¿Qué haría usted? Lo más probable, es que el joven salga de la sala silbando y que el bisturí se quede retozando en la mano de la doctora.
 
El ideal del utilitarismo podría anunciarse así:  "el máximo bienestar para el máximo número de personas". Los utilitaristas  tratan de resolver el problema del bien y el mal averiguando qué decisión termina beneficiando al mayor número de gente o produciendo el mayor bien. La historia precedente narra una situación extrema que exhibe la debilidad de una postura utilitarista: ¿cómo comparar los “tipos” de bien que se producen en un lado y otro? En este caso los supuestos logros de los jóvenes científicos contra el valor de la vida de una persona que no puede ser instrumentalizada en beneficio de otros. Sin embargo el utilitarismo es una posición que se adopta con mucha alegría en los tiempos que corren, porque se lleva bien con el pragmatismo presente en  las formas de pensar la sociedad que prevalecen actualmente. Pareciera que basta hacer una resta de “beneficiados” contra “afectados” y si la suma es positiva, podemos ir para adelante. Y así hemos justificado muchas muertes colaterales, violaciones a derechos humanos e inundaciones… estoy hablando del Zapotillo, desde luego: No podemos blandir el argumento de que en León somos más como si esto bastara para hacer perder a un pueblo toda su historia y su forma de vida. “El conjunto representa un hito urbano histórico cuyo valor es de interés manifiesto de sus habitantes y su conservación, responsabilidad del Estado mexicano y de interés de la Nación” dice el dictamen del INAH.  ¿Cuánto ganamos nosotros y cuánto pierden ellos?
 
Cuando le propuse la paradoja de los transplantes a mi creativa e inteligente esposa, encontró una salida: “cuando muera el primero, que aprovechen sus órganos para salvar a los otros dos”. Podemos estar o no de acuerdo con la respuesta, pero lo que ésta nos muestra es que frente a los problemas no se deben sacar cuentas y nada más. Se pueden buscar salidas creativas y generosas en las que perdamos menos todos. Desde el principio de la construcción de la presa en El Zapotillo muchos estábamos de acuerdo con la solución que daban algunos habitantes de Temacapulín: respeten el proyecto original de 85 metros y tendremos agua (a la mejor no toda) y los habitantes mantendrían su pueblo. Ahora, por vaivenes de la política, el gobernador de Jalisco les ha dado la razón. Qué bueno, ojalá lo confirme en los hechos.
 
Alguien me dijo alguna vez que como leonés debería de estar del lado de la presa, y que era una irresponsabilidad oponerse al proyecto que nos daría agua por 25 años más. Quien afirma eso no entiende lo que significa la palabra responsabilidad. Ser responsable significa hacerse cargo de las consecuencias de mis acciones. Nosotros como ciudad, debemos hacernos cargo de la crisis que enfrentamos, porque llevamos décadas consumiendo el agua del subsuelo sin control. Nosotros hemos seguido un modelo de desarrollo urbano e industrial que derrocha el líquido; no hemos sido capaces de establecer políticas que orienten el tipo de industrias que, dada nuestra situación hidrológica, deberíamos tener. No somos siquiera capaces de regular la perforación de pozos ni de aplicar a cabalidad leyes que obliguen eficazmente al reciclado y limpieza de aguas residuales. Nosotros tenemos años derramando agua en tuberías herrumbrosas. Nosotros seguimos permitiendo que parte de nuestros mantos freáticos se evaporen en riegos por aspersión a plena luz del día, en pastos decorativos, alfalfares y hortalizas. ¡Exportar lechugas significa exportar agua, del desierto, a Canadá y Estados Unidos! Nosotros hemos deforestado la sierra y no tenemos ningún programa integral de manejo de cuencas. Nosotros permitimos que cada vez más casas se construyan en zonas que debieran ser de reserva ecológica.
 
Estamos en una crisis y los supuestos 25 años de gracia que nos dará el Zapotillo nos pueden hacer más daño que bien, si evitan que asumamos, responsablemente, las consecuencias de nuestros actos.
 
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