David Herrerías Guerra


Contamina, que sale más barato...
09/Enero/2013

 
Estamos sentados viendo la tele, o cenando, muy a gusto. De repente, un estruendo inunda todo. No es sólo ruido o música – generalmente muy mala – sino la vibración de las ventanas y todo lo que no esté bien sujeto al piso. No hay manera de escaparse. Es difícil incluso escuchar la  televisión, imposible oír tu propia música. Otra fiesta al lado. Hace más de 20 años elegimos vivir “en las afueras” de la ciudad y cambiar el beneficio de tener la calle pavimentada y drenaje, por la tranquilidad de una zona un poco más “campirana”. Pero eso fue hace dos décadas. La ciudad creció y resulta que el vecino vendió su casa a una Caja de Ahorro que empieza con A y termina con X. Ahora les prestan el lugar a sus empleados o asociados y cada fin de semana hay fiesta. A veces son tranquilos, pero otras parece que se han armado con un equipo de sonido suficiente para dar un concierto en el Estadio Azteca. Entonces es el “llorar y rechinar de dientes”. Soportar no sólo música mal ecualizada, sino la falta de creatividad de los típicos animadores de bodas y fiestas, a todo volumen.
 
Respiramos profundo y nos disponemos a actuar “en el marco de la ley”. Primera acción: nos presentamos en la fiesta y les pedimos amablemente que le bajen al volumen, con el riesgo que nos reciba un festejante alcoholizado.  Generalmente nos dicen que sí, pero no hacen el menor caso. Segunda acción: llamamos a la patrulla. Da pena molestar al 066, que los sábados en la noche han de tener cosas más interesantes que hacer, pero no hay otro teléfono dónde llamar. Va la patrulla o dicen que va. A veces sentimos que baja un poco el nivel del ruido, pero sólo unos minutos, se burlan de los agentes. Tercera acción: Buscamos un teléfono de ecología: no tienen guardia los sábados, nada que hacer. Cuarta acción: Llamar a Fiscalización (que ahora funciona desde el mismo 066). Resulta que: si es un particular no pueden hacer nada; si es un salón de fiestas establecido, le pueden poner una multa, a posteriori, obviamente. Después de todo, habrá que soportar hasta las dos de la mañana el escándalo. En otras ocasiones (en el trienio pasado, hay que decirlo) en fiscalización nos decían “que si es una fiesta en la que pidieron autorización, no podían hacer nada” O sea que se podría dar autorización para violar los límites establecidos en la ley. Como si se pudiera pedir autorización, sólo de vez en cuando, para vaciar desechos radioactivos al río.
 
Esto puede parecer nada más una anécdota personal, pero tiene que ver con la incapacidad de las autoridades para garantizar nuestros derechos medioambientales. Respecto al ruido, existe un reglamento municipal de ecología que establece claramente los límites permitidos, aun cuando el ruido es uno de los conceptos más difíciles de definir. Pero hay normas, incluso para calibrar los aparatos que miden el sonido. Existen además numerosos estudios que demuestran que la exposición a ciertos niveles de ruido provoca daños irreversibles al oído. Tres horas de exposición a los niveles de ruido que acostumbramos en nuestras bodas causa daños físicos permanentes.  Pero además están los daños psicológicos cuando el ruido es constante o impide el descanso. Por algo ha sido utilizado también como método de tortura. Es un asunto de salud pública, como el tabaco. Sin embargo, como sucede frecuentemente en México, los reglamentos “no tienen dientes”. Ahí está la norma, pero no hay nadie capaz de garantizar su cumplimiento. Nosotros llevamos años intentándolo por la vía civilizada, aunque tenemos que reconocer que hemos tenido muchos malos pensamientos que nos llevan a  imaginar ataques más contundentes a las fiestas de los vecinos.
 
Otro ejemplo lo tenemos con el caso de Química Central, que vimos publicado en Milenio este lunes pasado. Se le impone una multa de un millón y medio de pesos por la contaminación ocasionada por el mal manejo de sus residuos. ¡Un millón y medio! Si a la mayor parte de nosotros nos  imponen una multa así, seguramente nos meten en un problema. Pero a una empresa de ese tamaño, una multa así no les hace ni cosquillas. ¿En qué ayudará a todos los empleados y vecinos que ya tienen daños físicos ocasionados por estos depredadores del ambiente esa multa? En nada. Una multa a toro pasado que no sólo no repara el daño, sino que es incapaz de disuadir para que no se cometan más delitos a futuro. Es más económico pagar esas multitas que invertir en procesos eficientes de manejo de residuos. Contamina, que sale más barato.
 
Los dos casos, uno de competencia municipal, el otro de competencia federal; uno aparentemente menor, el otro muy grave; nos hablan de la poca importancia que le seguimos dando al cuidado de nuestro ecosistema. Nuestras leyes y los mecanismos de control en este tema están hechos más para aparentar, que para resolver de verdad. Seguimos más interesados en los impuestos que deja Química Central en el estado, o los recursos que puede generar un negocio de fiestas, que en cuidar el ambiente y la salud de los habitantes. Nuestras leyes ambientales, en todos los niveles, son temerosas y carecen de los mecanismos reales para garantizar el cuidado de nuestro hábitat. Y esto seguirá así mientras la única presión que sientan las autoridades sea la de los pocos que detentan el poder económico. Si los que somos más y tenemos más que perder, presionamos, podremos ir construyendo un marco legal que nos proteja a todos. (david@propuestacivica.org.mx)
 
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