David Herrerías Guerra


¿Ya pensaste en los regalos?
12/Diciembre/2012
¿Ya sacaste la cuenta de los primos, sobrinos, hermanos, compañeros de oficina? ¿Ya sacaste la cuenta? ¿te va alcanzar también para las inscripciones de la escuela en febrero? ¿Y para las vacaciones? ¿O estás pensando reciclar todo lo que te regalaron el año pasado y no necesitabas?
 
Los orígenes del acto de regalar se pierden en la bruma de la prehistoria, o incluso antes: hay estudios etológicos que descubren actos similares en algunos animales. En el ser humano, el regalo tiene la virtud de materializar el afecto que siente una persona por otra. Cuando el regalo es capaz de significar eso, se convierte en un bien cultural de incalculable valor. Pero el acto de dar objetos ha significado también, desde hace miles de años,  muchas cosas más: Los regalos zalameros que se dan al jefe, al poderoso, que expresan sumisión o rendición; los regalos interesados que se dan a un funcionario, o incluso a la esposa, esperando recibir de vuelta algún beneficio o cuando menos clemencia por una falta cometida;  los regalos forzados porque las costumbres sociales obligan, o por nuestra necesidad de sentirnos aceptados…
 
Toda la riqueza y la belleza que tiene el hecho de concretar el afecto en un objeto se pervierten cuando la libertad de dar está condicionada por presiones de diferentes órdenes. El objeto que debería ser símbolo, pierde toda su fuerza y se vacía, convirtiéndose en una cosa que aunque pueda tener valor económico, no trasciende nada más.
 
Estos días son una muestra de ello. La costumbre de regalar en navidad y en fin de año, puede tener un origen Romano, en la tradición antigua de regalar monedas, que debían atraer la buena fortuna de los que las recibían. El cristianismo reproduce, de alguna manera, la bienvenida que dieron los Sabios de Oriente a Jesús o, para otros, la generosidad que el Obispo San Nicolás tenía para con los más desfavorecidos de esa época. En ambos casos, se trataba de expresar el cariño a nuestros seres queridos, especialmente a los niños y niñas. Pero por alguna razón, la voracidad del comercio, el materialismo propio del sistema económico, nos vemos envueltos en una dinámica de dar y recibir generalmente mecánica, obligada y vacía, que pierde su capacidad simbólica y se convierte en una vorágine de consumo que nos pone a mil años luz del acontecimiento central de estos días, que es el nacimiento de un hombre cuya vida fue un ejemplo de desapego y relativización de los bienes materiales. Un consumo excesivo que, paradójicamente, desnaturaliza el acto de regalar.
 
Estamos atrapados en una maquinaria que se engrasa con el sentimiento de culpa: ¿A poco no vas a darle regalo a la tía Juana que va a ir a la cena del 24? ¿Y si ella sí nos trae regalo? Y en esa dinámica regalamos por obligación y recibimos, con sonrisa obligada, lo que la tía Juana nos dio y que no nos gustó, porque la tía se interesa tan poco por nosotros durante todo el año, que no sabe bien a bien qué regalarnos. ¿Qué decir de los inefables intercambios de regalos, en los que uno ni siquiera puede escoger a quien regalar, sino que se sortea “para que a todos les toque”?  Lo más emocionante de esos ejercicios consiste, generalmente, en que la suerte te depare a alguien al que sí quieres regalar, y no tengas que fingir una sonrisa y un abrazo a una persona a la que nunca le habrías dado nada, porque prácticamente no la conoces o te cae mal. ¿Qué sentido tienen esos intercambios en la oficina, entre los amigos, en la familia, en los que el afecto verdadero no es lo que está en el fondo? Esta costumbre, desde luego, tiene efectos benéficos para el comercio, porque se consumen cosas que de otra manera no se consumirían. Pero tiene un efecto negativo en la economía de las familias – porque se destina parte del gasto a regalar o recibir cosas que en su mayoría no se compararían, y se genera una enorme cantidad de basura y desperdicios que tienen un efecto nocivo en el medio ambiente. Observe, si no me cree, los basureros y las calles al final de estas fechas.
 
La única forma de romper este círculo vicioso, es ir transformando esa cultura. Pero ¿como hacerlo si la cadena que nos aprisiona es de carácter sentimental? Propongo hablar desde ahora con nuestros seres queridos, compañeros de oficina  y hacer pactos (ahora que se vuelven a poner de moda)  anticonsumistas: ¿Podemos celebrar la navidad sin necesidad de darnos regalos forzados? ¿Por qué no probamos? ¿Por qué no hacemos el acuerdo de regalarnos en cualquier fecha del año, cuando no lo esperamos?  Podemos comentar estas ideas, reenviar estas líneas, y reconstruir entre todos el sentido profundo que debía tener la navidad, muy por encima de la banalidad  y superficialidad de los “santacloses” y foquitos de las tiendas: que estas fechas sean un lugar de encuentro, fraternal, libre y auténtico.

Publicado en Milenio Diario, León, 12 de dicembre de 2012: http://leon.milenio.com/cdb/doc/impreso/9167012
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