David Herrerías Guerra


La Abuela embalsamó al abuelo
28/Noviembre/2012
Se alocó la abuela. Cuando nos dimos cuenta ya se había gastado los ahorros y la herencia; contrató a unos expertos egipcios y a unos arquitectos que le aseguraron que eran buenos y famosos. Todos cobraron como tales, aunque no fueran ni lo uno ni lo otro. Y he aquí al abuelo embalsamado, en medio de la sala, empotrado en un monumento con el que tropezamos cada vez que queremos ir por hielos al refri. Imposible no verlo.
 
Luego murió la abuela y se ha reunido al clan familiar ¿Qué hacemos con el esperpento? pregunto. – ¡¿Cuál esperpento?! ¡Es el abuelo!, corrige mi hermana mayor. – Bueno, qué hacemos con el abuelo… el monumento está horrible, estorba, no funciona… – Pero es el abuelo – dice lastimera y con ojos de gatito mi hermana la menor. – Se gastó una fortuna en él –  nos recuerda, sin anestesia, mi hermano el pragmático. – Cierto, costó un barbaridad –  asentimos todos. – Como sea, ya está hecho, ni modo de tirar ese dinero  – No se trata de eso, es nada más ponerlo en otro lugar. – ¡En la basura! dice mi hermano el cínico. – ¡Es el abuelo! – nos vuelve a recordar, glacial, la primogénita. Nos quedamos mudos, en círculo, mirando desde nuestra periferia al abuelo. No nos vemos a los ojos, porque el abuelo se interpone en medio de la sala. Al final nadie se atreve y el abuelo, embalsamado, preside todas las reuniones. Las visitas ríen por lo bajo, nosotros nos encogemos de hombros…
 
Afortunadamente, estimado lector, estimada lectora, mis cuatro abuelos descansan bajo tierra y me imagino que la naturaleza ha hecho su trabajo sin mayores aspavientos. Este relato es ficción pura… en parte. Porque aunque usted no lo crea, en nuestras ciudades nos vamos llenando de abuelos embalsamados. Cada trienio o cada sexenio, nuestros gobernantes tienen ocurrencias como las de la abuela: se gastan nuestros dineros en obras inverosímiles o se comprometen en decisiones que son como abuelos embalsamados: monumentos costosos y absurdos, inútiles y estorbosos,  que ya que están hechos, no nos atrevemos a tirar, en buena medida, porque se gastó tanto dinero en ellos que nos da remordimiento. A veces también, porque creemos que ya adquirieron un significado o un valor que nos impide faltarles al respeto.
 
Para ilustrarlo mejor, podemos pensar en la famosa Estela de Luz, en la Ciudad de México. ¿Quién se atreverá a quitar de ahí ese monumento a la General Electric, después de lo que nos costó, transas de por medio? Nadie.  Por mucho que podamos deshacerla y vender los foquitos para un millón de árboles de navidad. ¿Y qué me dice usted de la escultura del Dictador de Azerbaiyán que tuvieron el mal gusto de poner en el Paseo de la Reforma, en el Distrito federal? Es como si los Franceses hicieran una plaza de la amistad México Francia, con una estatua de Gustavo Díaz Ordaz en un rinconcito de los Campos Elíseos. Este caso es de lo más interesante, porque ahora ya hay compromisos diplomáticos con ese país, del que el 97% de los Mexicanos ignora su existencia. Es como si en el cuento del abuelo embalsamado que abrió este artículo, apareciera también una prima lejana del abuelo que se va a enojar si lo quitamos de la sala y eso nos impide moverlo.
 
Pero no vayamos tan lejos: ¿qué vamos a hacer con el famoso Parque Bicentenario? Es otro abuelo embalsamado, aunque hay que decir que es diferente, porque no está en medio de la sala, sino en medio de la nada, lejos de todo. ¿O qué podemos comentar del relieve que tuvieron a bien poner en la placita, frente a catedral? Un bodrio de bronce que da pena enseñar a cualquier turista medianamente formado en la apreciación artística ¿Cuándo nos vamos a atrever a fundir de nuevo ese bronce para que algún escultor con talento haga algo mejor? Me temo que nos tardaremos tanto, que cuando lo queramos hacer, alguien dirá que ya forma parte de nuestra tradición. También hay abuelos embalsamados más intangibles: ¿qué decir de todos los permisos para gasolineras que nos heredó Don Ricardo, y que según dicen, ya tendremos que soportar, porque “hay un compromiso”, aunque haya más gasolineras que tortillerías en León?  Son solo algunos ejemplos de obras y decisiones que toman los gobernantes y luego se van, dejándonos a todos los que habitamos la casa, con un muerto en la sala, del que probablemente no nos vamos a deshacer en mucho tiempo.
 
El problema está en que los gobernantes se asumen como reyezuelos plenipotenciarios en el corto tiempo que están en la silla, y no tenemos, o no funcionan como debieran, los mecanismos para poner freno a las locuras de la abuela antes de que sea demasiado tarde. Estos mecanismos son las instituciones que deben trascender a los mandatarios mismos, que deben tener consejos directivos formados democráticamente y sin estar sujetos estrictamente a los cambios trianuales. Otro mecanismo es la obligatoria publicación de los proyectos para que sean criticados y evaluados por la sociedad antes de que sean tomadas las decisiones finales, especialmente por los vecinos y aquellos que sufrirán más las consecuencias de esas obras. No se trata de que toda decisión se someta a una votación universal, pero sí al menos aquellas que aspiren a permanecer más tiempo o tengan un costo mayor para los ciudadanos. Desgraciadamente nuestra cultura política sigue siendo, en buena medida, la del miedo al escrutinio, la del albazo, la del tlatoani que ya sabe todo lo que se ha de hacer y todo lo que necesitamos, la del político que aspira a trascender y que usa nuestros impuestos para construirse mausoleos, abuelos embalsamados en medio de la sala, para que nos acordemos de ellos.
 
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