David Herrerías Guerra


Política y futbol
05/Septiembre/2012

Son bonitas las metáforas, porque nos ayudan a entender la realidad de forma diferente, abriendo un abanico de sentidos que no se encierran en un significado restringido. Por eso pensaba el otro día en la relación entre política y futbol. No de la política en el futbol, sino en el futbol como metáfora de la política. Verá usted que las similitudes son asombrosas.
 
Lo primero que salta a la vista es que el futbol es un negocio de unos cuantos, de muy pocos, aunque nos hagan creer que todos estamos involucrados. Los aficionados nos sentimos parte del equipo, compramos hasta las camisetas, aunque sabemos que son otros, unos pocos,  los que finalmente toman las decisiones, discuten las reglas y arman finalmente el teatrito. Salta a la vista también que los aficionados, que pagan los boletos para entrar al estadio, no intervienen en la definición de los salarios de los pocos que pisan el césped. Estos pocos ganan en un día lo que la gran mayoría de los aficionados ganan en meses. Son salarios desproporcionados en relación a lo que gana un ciudadano de a pie. Los futbolistas, como los diputados, no necesitan tener muchos estudios para estar ahí, aunque hay que decir que los deportistas tienen que demostrar, al menos, su habilidad con los pies. Pero en fin, uno va al estadio  periódicamente y se retrata en la taquilla para verlos a ellos.
 
Un negocio de pocos que pagan las mayorías, aunque, acotarán con justeza los conocedores, un club de futbol tiene otras entradas por concepto de publicidad y sobre todo, de televisión. ¡Caramba, que coincidencia! También el omnipresente duopolio tiene mucho que ver en el asunto. Las televisoras deciden muchas cosas que pasan en el futbol y tienen sus intereses y sus privilegios. Estos poderosos medios nos ayudan a saber con mayor certeza quiénes son los equipos “grandes”, cuáles son los partidos que vale la pena ver y en general, a interpretar correctamente lo que ocurre en la cancha, aunque a veces nuestros ojos nos quieran engañar.
 
Los colores del equipo son sagrados. Antes de cada encuentro se calientan los ánimos, se denuesta al contrario, se jura lealtad a los colores. Si es posible acaparar los reflectores porque se concretó la hazana de poner la pelota entre los postes de la meta contraria, se besa con pasión el escudo del equipo, se estruja la camiseta, se llora de emoción en feliz pirámide humana. Al final de la temporada, si otro equipo ofrece más dinero, se cambia la camiseta.
 
Antes de cada partido nos prometen la luna y las estrellas. Al final el partido puede no ser lo que nos dijeron, pero nadie nos devuelve la entrada. No hay garantía de que el espectáculo responda a lo que pagamos ni a contar con otros mínimos, como el no ser bañado por un agua de dudosa procedencia o recibir el golpe de una botella perdida en la batalla entre las porras rivales. Pero eso sí, tenemos derecho al desfogue: podemos despotricar contra el árbitro, contra el otro equipo o incluso contra los “nuestros”. Se vale gritar, pero al final esto no tiene un efecto claro en el resultado del encuentro, por mucho que nos vendan constantemente el mito del jugador número 12.
 
Hablemos del árbitro, ese papel diseñado de entrada para un chivo expiatorio. Es curioso: los mismos dueños del balón establecen las reglas, dan las facultades al juez, le ponen limitaciones (se niegan por ejemplo al uso de tecnología) intervienen en su nombramiento  – aunque se supone que existe una comisión independiente – pero al final de cada partido, el pobre tiene que cargar con la culpa de todas las derrotas. No hay manera de quedar bien, y ellos lo saben, porque es más fácil cebarse en el silbante que hacer un trabajo de autocrítica.
 
No sé si esté siendo justo con el futbol. Para redimirme y para alimentar nuestra esperanza, le recomiendo buscar en Internet un video que se llama US NOW.  Es un interesante documental de 60 minutos que habla sobre las posibilidades de la participación y la democracia directa gracias a las nuevas tecnologías. Ahí relata, entre otras cosas, el caso de un equipo inglés de futbol como de tercera división (Ebbsfleet United) que es manejado por los aficionados directamente. Tienen un portal en el que aproximadamente 30 000 miembros opinan en cada encuentro cuál debe ser la formación y qué jugadores deben entrar al campo. El entrenador debe administrar el equipo con estas directrices que surgen de la opinión de estos 30 mil hinchas, ahora sí, más que simples espectadores. Según lo relata el video, el equipo ganó el torneo. Aunque la experiencia no sea definitiva nos habla de que el futbol pudiera ser un espacio en el que los espectadores tengan un papel más decisivo e intervenir más directamente en lo que sucede en la cancha. ¿Podríamos hacer que eso suceda también en la política? (david@propuestacivica.org.mx)
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