David Herrerías Guerra


Niños en bandeja de plata
22/Agosto/2012

Kant, Pascal, Sartre, Fromm, Aristóteles, Unamuno… ¿qué tienen en común estos nombres? Todos son placas amarillas que identifican las callejuelas de una de región marginada de León: Las Joyas. Paradójicamente así se llama toda una zona de nuestra ciudad, que abarca varias colonias, como Joya de Castilla, Valle de las Joyas, Camino a San Juan... Resulta curioso este repertorio de nombres brillantes para esta colección de calles tan opacas, sin pavimentar, olorosas a caño descubierto. Ahí estuvimos la semana pasada en la noche, gracias a la invitación que hicieron a Propuesta Cívica para acompañar unas asambleas comunitarias que se están realizando para analizar el problema de la violencia que los castiga cada vez con más fuerza.
 
Escucho atento a una señora que me explica con paciencia: “Mi esposo gana 800 a la semana… con eso no podemos vivir, yo tengo que trabajar. En cualquier trabajo una tienen que estar a las 8 o a las 9 cuando más tarde. Y de aquí a cualquier chamba, en el transporte público, mínimo nos echamos una hora de viaje. Ponga usté que sale uno a las 8 de la mañana y si le va bien a las 6 de la tarde está de regreso. Si tiene una a sus niños en el preescolar, los reciben a las 9 y los sacan a las 12 de la mañana. Si los tiene en la primaria, a las 12 y media ya están afuera”.  ¿A dónde se van los niños? Están en la calle o viendo la televisión. En la calle están las pandillas y otros niños y jóvenes que se drogan a la luz del día. En la tele, está la estupidez monumental de la mayoría de los programas ante la que estarán expuestos los niños y niñas más tiempo que frente a sus maestros.
 
La escuela, esta idea de poner a los niños y niñas en un lugar a cargo de un grupo de educadores (no los padres) con programas específicos, nace quizás desde el siglo XVI. Es principalmente la Iglesia, en occidente, la que se preocupa de establecerlas como una forma de garantizar la formación de los infantes en los temas de la moral y la fe. Pero con la Revolución Industrial se vuelve una preocupación del Estado y de la burguesía económica. Se trata de formar también a los ciudadanos y la mano de obra para las fábricas, a las que no les bastaban las rudimentarias habilidades del artesano o el campesino emigrado a la ciudad. Pero también la escuela se convierte en un espacio necesario porque libera a padres y madres de la tutela de los hijos durante el tiempo suficiente para que puedan trabajar. Esta última función de la escuela ha sido fundamental en la modernidad y no es poca cosa. Si no hay una institución que atienda a los hijos en una sociedad que literalmente obliga a ambos progenitores a buscar lejos de la casa el sustento, está dejando en manos de personas y entes peligrosos (las pandillas y la tele) a los pequeños.
 
Por eso ha rondado desde hace tiempo y en diversos círculos, la idea de las escuelas de tiempo completo. Pero en México la educación es moneda de negociación política: vale los votos que Elba Esther pueda dar al candidato. Por eso hasta el día de hoy no podemos saber cuántos maestros tenemos frente a grupo y cuántos en comisiones sindicales o en el partido Nueva Alianza; las condiciones de las escuelas, especialmente en las zonas más pobres, son deplorables; en un país de obesos, nuestros niños no encuentran en ellas espacios para actividades de recreación y deportivas. Pero el colmo es el poco tiempo que dura la jornada escolar.
 
Un científico colombiano, matemático, llegó a la alcaldía de Medellín en 2004 con el lema: “Medellín la más educada”. Destinó el 40% del presupuesto municipal a la educación. “Lo más bello para los humildes”, repetía Sergio Fajardo y se lanzaba a remodelar y mejorar las condiciones de las escuelas en los barrios pobres. Construyó y operó cinco parques biblioteca, diez escuelas nuevas, ludotecas y otros proyectos educativos y de emprendimiento en las  zonas marginadas. Resultado: redujo el índice de homicidios de 381 por cada cien mil habitantes a 28. Su éxito como Alcalde ya lo catapultó a la gobernación de Antioquia y veremos si le alcanza después para la presidencia el país. Nota para nuestros funcionarios públicos: apostar por la educación no significa un suicidio político.
 
“Las pandillas de Chapalita ya están también atacando a nuestros jóvenes, y entran y salen `los Calaveras´ como si nada” dice otro habitante de las Joyas. La violencia se ensaña siempre con los más pobres y corta sus posibilidades de desarrollo: los pocos espacios públicos para hacer ejercicio en las Joyas están dominados por las bandas. No hay manera de parar el flujo de estos grupos en las colonias ¿podremos evitar el asentamiento de los grupos del crimen organizado en León? Se pueden blindar con tanques, aviones y retenes las fronteras del estado para tratar de frenar su entrada, pero en las colonias marginadas están en la calle los niños que ya han sido iniciados en la violencia por las pandillas, dispuestos a trabajar con quien les ofrezca mucho más que los 800 pesos que gana su papá en una fábrica a dos horas de camino. Niños servidos en bandeja de plata a los capos profesionales.
 
¿Podremos tener pronto escuelas de tiempo completo? ¿o seguiremos otros seis años tratando de combatir, con el ejército, los efectos de nuestra mala educación? david@propuestacivica.org.mx
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