David Herrerías Guerra


Guerra o juego
08/Agosto/2012
Hace una semana leía en estas páginas que un boxeador, medallista olímpico en el 68, afirmaba: “Yo di todo por mi país y México no me respaldó”. Cuando la leí, me pareció en principio que el pugilista sexagenario tenía razón. Pero después me pareció que la frase estaba un poco subida de tono, como muchas otras frases que en estos días olímpicos circulan por la prensa y más aún en los medios electrónicos. ¿Porqué y cuándo alguien puede afirmar algo tan rotundo y comprometedor como “dí todo por mi país”? Si se la oigo a Zapata musitándola mientras se vacía por los cientos de canales abiertos en su cuerpo, la creo.  Obviamente no es el caso. El deportista es alguien que persigue sus sueños personales y al perseguirlos puede también hacer algo por la patria, desde luego. Pero siendo así, una mujer que duplica su jornada laboral y que mantiene a sus hijos al mismo tiempo que los educa y los atiende en lo cotidiano 24 horas al día, podría afirmar con el mismo orgullo y más auténticamente: “Di todo por la patria” y acusar a México de su falta de respaldo.

Pero aclaremos: el asunto no es hablar aquí en contra del sentimiento de abandono de un hombre que después de vivir la gloria de unos juegos olímpicos se siente arrumbado en un rincón. A lo que quiero llegar es que al deporte y los deportistas se les suelen asociar ideas y frases rimbombantes, patrioteras y excesivas. Una de ellas es la que vimos en la nota del pugilista: ¿Los deportistas dan todo por la patria…o son como cualquier mortal que sigue su vocación con empeño? pues es difícil saberlo. La mayoría lo hacen como una forma de vida, cuando tienen éxito redituable, cuando no, no. Igual que cualquiera. Claro que si lo hacen bien, efectivamente, como cualquier otro ciudadano, abonarán al bienestar de la patria (que somos todos). Pero no hay que envolverse en la bandera y tirarse al vacío.
 
También nos repiten los medios, frecuentemente, que los deportistas “ponen en alto” el nombre de México. Puede ser que durante unos días más gente se fije en México cuando un deportista sube al podio.. pero no hay que exagerar. Eso no quiere decir que no me dé gusto que las compatriotas se tiren tan bien del trampolín… pero el nombre de México no se juega en ello. México no será invitado mañana al Consejo de Seguridad de la ONU si ganamos más medallas de oro.
 
También oigo decir con frecuencia que el desarrollo de los países se refleja en su logros olímpicos. Eso es, en buena medida, falso. Los países con estándares más altos de vida no aparecen con buenos números en el medallero: Suecia lleva 6 preseas, Suiza, 2, Canadá 10, 6 de ellas de modesto bronce. Es frecuente que países con regímenes totalitarios impulsen al deporte como una forma de propaganda política: los mejores juegos olímpicos para México fueron cuando fuimos locales, en 1968 y estábamos pasando por una etapa muy negra de nuestra historia; Argentina campeona en el mundial con la Dictadura militar; Alemania en los Juegos Olímpicos de Hitler etc.
 
Una de las razones que explican este lenguaje desbocado cuando se habla de deportes, puede ser el hecho de que los Juegos Olímpicos y los deportes en general sean, como dicen muchos, una prolongación de la guerra por medios pacíficos. Es muy probable, y lo atestigua el lenguaje que se maneja en la mayoría de ellos: ataque, defensa, estrategias, sometimiento del rival etc. Algunos deportes han logrado erradicar la violencia, otros, como el box sólo la han domesticado un poco, pero siempre serán mejor que la guerra. No es tan casual que exista una relación bastante estrecha entre los países exitosos en el medallero y las potencias bélicas en el mundo (EUA, China, Rusia, Gran Bretaña, Japón, y Francia acaparan casi el 50% de todas las medallas en estos juegos). Otra de las razones es también mercadotécnica: se trata de ganar rating y es bueno inflar lo que está en juego para cautivar a los espectadores.
 
De ahí viene mucha de la verborrea y la sobrevaloración de los atletas como paladines de la patria; de ahí la sobre valoración de los triunfos y las derrotas deportivas. No se puede soslayar el carácter simbólico de las epopeyas de los representativos nacionales y el efecto positivo en el ánimo de una nación; pero ganar el mundial no le ha servido a España de gran cosa para salir de su crisis económica.
 
Afortunadamente, el deporte también es juego y espacio para el goce estético; puede ayudar a fortalecer la identidad y convertirse en una herramienta educativa y de diversión importante para todos. Quizás el proceso evolutivo del deporte, ligado al proceso natural civilizatorio de la humanidad, lo pueda ir acercando más al disfrute y la belleza y menos a la competencia feroz y las consignas patrioteras; haciéndolo cada vez más juego y alejándonos de la guerra.
(david@propuestacivica.org.mx)
 
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