David Herrerías Guerra


Desgraciados
25/Julio/2012

Acostumbrado a despertarme todas las mañanas con el parte de guerra, muertos desaparecidos, debo confesar que en un primer momento me pasó inadvertido el caso de la violación tumultuaria de niñas en un campamento en Chalco. Después me enteré que pertenecían a un grupo del qué yo formé parte hace más de treinta años.
El MJC (Movimiento de Juventudes Cristianas) es un grupo juvenil autogestivo formado a partir de un grupo Scout hace aproximadamente 50 años. El campismo es una de sus actividades centrales porque a partir de la organización de un campamento se forma a los jóvenes en el liderazgo y en el disfrute de la naturaleza. Decía que es autogestivo, porque, al igual que los Scouts se organizan en pequeñas “cuadrillas” en las que los miembros van adquiriendo responsabilidades. A finales de los años ochenta el grupo se empezó a multiplicar, llegando desde hace muchos años a León. La organización de todas las actividades formativas está a cargo de jóvenes de no más de 22 o 23 años.
El grupo que acampa en el paraje “El Colibrí” es una de tantas ramas, formada por más de 70 niñas, pero acompañada también por jóvenes del mismo Movimiento. Ya han pasado varios días y todo ha estado en calma. Se sienten seguras, porque es un lugar que tiene un acceso restringido, y en 50 años de existencia del Movimiento nunca ha pasado nada grave en un campamento.
Pero esta noche el encargado del acceso ha dejado pasar a un grupo que supuestamente va a cazar conejos. Está formado por habitantes de la comunidad de Huexcoculco. Viven en una zona de alta marginación, la mayoría en casas viviendas muy precarias, algunas de cartón. Algunos tienen trabajo, otros sólo a veces; hay un policía del DF, jóvenes y no tan jóvenes. Se detienen a observar el campamento, según dicen ellos mismos. Seguramente es un momento de contraste. Muchas niñas bonitas divirtiéndose en un campamento de verano, mucho equipo de campismo, algunos autos... y deciden asaltarlas. Pero pasa algo más: alguno decide tomar a alguna y violarla. Y se desata el odio contenido. Porque ya no se trata de adueñarse de lo que ellos no tienen, sino de agredir, de pisotear: a las que no violan, las asustan, las golpean, las amenazan, las orinan. A los jóvenes que estaban con ellas los golpean, los amenazan con las armas de fuego, los agreden también sexualmente.
A mí el hecho me aturde. No sólo por el dolor compartido por las víctimas, por lo fácil que me resulta imaginar si en ese campamento estuviera mi hija que asistió a muchos similares. Me causa dolor también el otro grupo, la banda de desarrapados, con su carga de odio, de frustración, de sin sentido. ¿Qué les tiene que haber pasado en la vida a estos otros, para que puedan convertirse en una jauría bestial? Porque el violador enfermo sexual, no siempre odia a la víctima, la desea, la cosifica, quizás; pero aquí hay una densidad rabiosa que se expresa brutalmente en el acto de orinar a una niña de 13 años. La vida de ellas no será la misma después de esto. El grupo deberá batallar para no desmoronarse porque la violencia no destruye sólo a las personas, sino a las organizaciones. El otro grupo, el de los desgraciados que las agredieron (desgraciados porque seguramente sus vidas eran ya una desgracia) será más desgraciado, porque, si la legalidad opera en este país, se han encaminado a un encierro casi de por vida.
El Monje Trapense Christian de Chergé, Prior de un monasterio en Argelia, asesinado junto con sus compañeros en los años 90, escribió en su testamento, cuando sabía que la muerte estaba cerca: “Si un día me aconteciera – y podría ser hoy – ser víctima del terrorismo que actualmente parece querer alcanzar a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera (...) que supieran asociar esta muerte a muchas otras, igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia y el anonimato. Mi vida no vale más que otra. Tampoco vale menos. De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que ¡desgraciadamente! parece prevalecer en el mundo y también del que podría golpearme a ciegas”
Frente a hechos como el que relatamos, mientras más nos duele, asoman siempre las salidas fáciles (pena de muerte, por ejemplo). Pero si queremos llegar al fondo, tenemos que preguntarnos, hasta qué punto hemos sido cómplices de este sistema capaz de producir este tipo de desgracias.
 
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