David Herrerías Guerra


El problema es que sí les alcanza
18/Abril/2012
En las últimas semanas salieron a la palestra las propiedades de varios políticos. Primero apareció la casa de Oliva y le siguieron las de otros y es probable que a lo largo de las campañas aparezcan más sorpresas. Hace dos semanas algo escribí al respecto, pero debo aclarar que yo no afirmo (ni niego) que la casa de Oliva sea conseguida de forma ilegal. Y aunque el asunto no sea de poca importancia, lo que nos debe ocupar más, es precisamente que a un político como él, fácilmente le alcanza. Ya Alfonso Machuca adelantaba algunas cuentas en estas páginas de Milenio: Oliva, después de ser un modesto periodista con un salario seguramente no mayor a 20 mil pesos mensuales, le nació la vocación política. Aparte de los cargos al interior del PAN, en el 2000 fue nombrado senador, aunque a pesar del mandato popular, mejor entró a trabajar como secretario de gobierno con Romero Hicks: tres años ganando unos 138,000 pesos mensuales (a tabuladores actuales) Después regresó al Senado, y como diría finamente Juanito, “se refinó” tres años de salario de a 121,000 mensuales, más seguro de gastos médicos mayores, viáticos y dinero para gastos y compra de ciudadanos – digo: apoyo legislativo –. Ya después logro su sueño de ser gobernador y cobró 166,000 pesos mensuales. Espero que no le hayan dado nada de despedida, porque se fue sin acabar, pero habrá que ver.  En resumen, si sacamos cuentas, del 2000 para acá, en menos de 12 años ganó al menos unos 20 millones 280 mil pesos. Si a eso sumamos que siendo funcionario de esos niveles muchos de sus gastos extras (chofer, gasolinas, comidas) corren por cuenta del erario, no es difícil que pueda ahorrar para una casita. No afirmo que no pueda tener otros ingresos colaterales, pero por lo pronto, con los que recibía legalmente le bastó para hacer sus ahorritos.
 
Y les basta a muchos otros políticos, a todos los que logran alcanzar estos puestos que están extraordinariamente bien pagados. Si pudiéramos comprobar que la casa de Oliva es fruto de un enriquecimiento inexplicable, sería más fácil, porque podríamos hacer que la devolviera (no se ría, es hipotético, pero legalmente es plausible). Pero si resulta que es todo un sistema que garantiza que “legalmente” quien logra escalar en la política pueda explicar y presumir fácilmente una riqueza que por otros medios no soñaría… eso nos debe preocupar mucho más. No hablamos de un exgobernador, sino de todo un sistema de ordeña del que maman muchos más funcionarios y que mantenemos con nuestros impuestos.
 
Un legislador gana neto, unos 67 salarios mínimos (zona b). Un secretario de estado en Guanajuato, unos 77 salarios mínimos; el gobernador 99. ¿Es mucho o es poco? Veamos con más calma: según el Centro de Estudios de Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados, basados en cifras del INEGI, el 10% de los mexicanos más pobres ganan en promedio, 1,750 pesos mensuales (un salario mínimo).  El promedio de ingresos a nivel nacional era, en 2006, de poco más de 10 mil pesos (6 salarios). El promedio de ingresos del 10% de los mexicanos que ganan más, es de 37,500 pesos mensuales. Claro que este es un promedio. Dentro de ese 10% de mexicanos habrá unos que ganan mucho más. Como sea, lo importante por ahora es que notemos que nuestros señores diputados, senadores, gobernadores, se asignan a sí mismos salarios que están ¡tres veces por arriba del promedio del decil más alto de ingresos en el país!
 
En ese decil superior de ingresos, decíamos, también hay diferencias:  en los escalones más bajos, 20, 30 o 40 salarios mínimos, están los profesionistas, empresarios pequeños. Los funcionarios en empresas privadas, con posgrados y que hacen largas carreras y acreditan experiencia, aspiran ya a los salarios que rondan los 50 o 60 salarios mínimos. En los más altos dígitos están los grandes ejecutivos, los dueños de las empresas y, desde luego, nuestros funcionarios públicos, que están arriba de los 70 salarios mínimos.
Si usted quiere entrar a este selecto grupo, sin entrar a la política, tiene que poner una empresa, o hacer una larga carrera que le permita ir subiendo, demostrando con resultados que el sueldo que le van a pagar vale como inversión para la empresa. Si trabaja en el ámbito académico, lo sentimos, pero sólo que lo convine con otras chambas. Para ilustrar un poco más: un médico pediatra, que tuvo que hacer al menos 12 años de estudio, tiene un sueldo nominal en el IMSS neto de unos 20 salarios mínimos… menos de una tercera parte que un senador. Pero para llegar a senador, no importa el currículum, sino los conectes dentro del partido. No digo que no sean necesarias ciertas habilidades de negociación, que haya que hacer esfuerzos, que formarse en la fila, que hacer reverencias, que… ¡pero es desproporcionado!
Ahora que los candidatos a todos esos jugosos puestos están firmando promesas a diestra y siniestra (¿quién, si le prometen un sueldo así, no firma cualquier cosa?) hay que pedirles que firmen una promesa: indexar el sueldo de los funcionarios al salario mínimo, y que el que más gane no pase de 40. Es realista, es mucho más de lo que gana el promedio de los mexicanos (7 veces) y se mantendrían dentro del último decil de los que más ganan. Si tanto aspiran a servirnos, como dicen, no creo que un sueldo como este, más que suficiente para vivir con holgura, sea un obstáculo. ¡Escríbele ya, a tus candidatos! (david@propuestacivica.org.mx)



Publicado en Milenio Diario, León, 18 de abril del 2012  (http://leon.milenio.com/cdb/doc/impreso/9144992)
 
 
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