David Herrerías Guerra


No pasa nada
08/Febrero/2012

“El mayor mal no se hace ahora en aquellas sórdidas "guaridas de criminales" que a Dickens le gustaba pintar. Ni siquiera se hace, de hecho, en los campos de concentración o de trabajos forzados. En los campos vemos su resultado final, pero es concebido y ordenado (instigado, secundado, ejecutado y controlado) en oficinas limpias, alfombradas, con calefacción y bien iluminadas, por hombres tranquilos de cuello de camisa blanco, con las uñas cortadas y las mejillas bien afeitadas, que ni siquiera necesitan alzar la voz”

C.S. Lewis

 
Escena uno: Philipp Hildebrand, Presidente todavía el año pasado del Banco Central Suizo, salió de su casa una mañana de agosto, como si nada, con su maletín en la mano. Antes, había disfrutado de un frugal desayuno con su agradable esposa, quien había dispuesto la mesa con pan, mantequilla, carnes frías, mermelada y un termo con cafecito. Ni en ese momento, ni en la noche, ni al despedirse mientras ella le sacudía cariñosamente unas migajas de la corbata, comentaron nada acerca de la decisión de devaluar el franco suizo al día siguiente. Tampoco se dijeron nada sobre  la compra, que haría ella más tarde, de la despreciable cantidad de 504 mil dólares. No son temas para hablar en el desayuno, se entiende. Sólo en la nochecita se dieron cuenta de que la inversión les había hecho ganar varias decenas de miles de dólares. “No lo vuelvas a hacer, pillina” la amonestó Philipp dándole una palmadita en las pompis. Hasta aquí llegamos en la narración porque lo demás tiene que ver con la vida íntima de los implicados. El problema es que la información se filtró a un partido de oposición y 4 meses después se armó el escándalo. En realidad no se pudo comprobar que, efectivamente, Philipp le haya contado a su esposa lo de la devaluación, aunque los sospechosistas lo afirmen rotundamente. Legalmente no se le podía hacer nada, pero, considerando que su permanencia dañaba el prestigio de una de las instituciones nacionales suizas más acreditadas en el mundo, Hildebrand renunció, a principios de enero, a dos semanas de destapado el asunto.
 
Escena dos: Mucho antes, pero en México: se descubren grabaciones telefónicas entre un capo de la trata de personas con el entonces Gobernador de Puebla, Mario Marín. La grabación, aparte de ser una joya del habla vernácula, y de dar cuenta del amor profundo entre el Gober Precioso y Kamel Nacif, deja fundadas sospechas de la protección que el gobernador priísta le dispensaba a tan ilustre personaje; colaboración que lo llevó incluso a raptar y retener ilegalmente a la periodista Lydia Cacho. El gobernador de Puebla terminó su mandato como si nada y ahora se saca fotos junto a Peña Nieto.
 
Escena tres: Sale a la luz en Guanajuato, que el DIF, encabezado por la esposa del gobernador, hace compras sin licitación, favoreciendo a empresas creadas al vapor y vinculadas a Elías Villegas, por montos que rondan los 150 millones de pesos. En la auditoría también aparecen compras irregulares de materiales de construcción, que según dice el documento, se hicieron por encima de los precios de licitación pública nacionales, lo que causó pérdidas a la institución encargada de socorrer a las personas menos favorecidas, por otros miles de pesos. No es una institución tan prestigiada como el Banco Suizo, pero podemos pensar que su imagen sí se deterioró. Pero aquí no pasa nada. Doña Martha sigue tan campante, con la venia de nuestros señores diputados. Ni siquiera ofreció una disculpa.
 
Escena 4: Un funcionario del Gobierno del estado de Veracruz es detenido con 25 millones de pesos en efectivo. Argumenta que iba a ser un pago a una empresa de espectáculos. Los mal pensados de siempre se preguntan: ¿siempre pagan en efectivo o sólo cuando son cantidades pequeñas? ¿Es mala leche, o sólo falta de información sobre los servicios bancarios en línea? ¿tiene que ver algo con las elecciones o es demasiada imaginación? Como sea, un funcionario menor pagará el pato y que no se diga más. No pasa nada.
 
¿Seguimos? Porque ejemplos sobran. ¿O ya se entiende para dónde vamos?   El caso uno, dirán algunos, nos demuestra que en todos lados se cuecen habas. Y es verdad. La corrupción existe en todos los países. La diferencia es que en países democráticos cuando sucede un caso así, los funcionarios son castigados, y es muy frecuente que aún cuando no se pueda proceder legalmente, por vergüenza, renuncian. En México, los legisladores son capaces de meter a un compañero en la cajuela para que pueda protegerse con el fuero antes que renunciar a exprimir unos días más al erario ¿puede haber una escena más degradante para el legislativo de un país que un diputado escondido en la cajuela para huir de la justicia?
 
Estamos acostumbrados a que no pasa nada. Los maleantes de cuello blanco no sólo se pasean por las calles impunemente, sino que siguen viviendo de nuestros impuestos, a veces cobrando jugosas pensiones. Son pocos los burócratas de alto nivel rateros y rateras (por esto del género) que son castigados por robar o por incumplir. Lo pero del asunto es que la justicia despierta de su amodorramiento casi siempre cerca de las elecciones o para recordarle a más de uno quien tiene el poder. Pero no se trata, generalmente de hacer valer la ley, sino de utilizar la ley para otros fines, aprovechando las largas colas de la mayor parte de nuestros gobernantes, tan sensibles a los pisotones.
 
Dice mi querida esposa que la impunidad es el principal problema de nuestro país, incluso más que la educación. Yo, que estoy acostumbrado a hacerle caso, no estoy seguro, pero me parece que van de la mano. ¿Estamos acostumbrados a dejarnos engañar porque estamos mal educados? ¿o estamos mal educados porque siempre nos ha  engañado? Quien sabe, pero la pregunta clave en esta historia, es: ¿hasta cuándo vamos a seguir engañados?


Publicado en Milenio Diario León, 8 de feberero 2012
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