David Herrerías Guerra


Descarados
03/Agosto/2011
Veníamos de regreso, después de visitar las costas de Oaxaca. Como las carreteras que suben del Pacífico a la hermosa capital del estado estaban destrozadas por las lluvias, decidimos dar un poco de vuelta y atravesar el istmo de Tehuantepec, para tomar después la autopista que va de Acayucan hasta la Tinaja y de ahí enfilar al norte. Aunque es un poco de vuelta, pensábamos, una autopista de cuatro carriles hará nuestro viaje más tranquilo y haremos, quizás, menos tiempo, porque evitaremos las curvas y esos trailers que suben penosamente como cabezas de orugas enormes seguidas por desesperados autos que hacen las veces de cuerpo reptante.

El plan iba más o menos bien. La transistmica es una carretera libre, eternamente en reparación. Cada tramo que han logrado arreglar y ampliar es rematado por una serie de 4 o más topes que hacen un poco desesperante el trayecto. Pero llegamos finalmente al entronque, Sayula, y tomamos la autopista que corre de oriente a occidente, con la esperanza de viajar tranquilos y rápido.

Pero he aquí, que a unos 3 kilómetros antes de Cosamaloapan, se detuvo el tráfico. Detenidos totalmente. Como sucede siempre, después de unos minutos en los que no se mueve nadie, los conductores y acompañantes empiezan a decender de los vehículos, a preguntarse unos a otros, a lanzar hipótesis. “Seguro se volteó un trailer” “A la mejor se cayó un puente”. Estábamos tan lejos del origen que nadie podía confirmar las hipótesis. Después de una hora, la gran fila de autos y camiones se empezó a mover. Todos corriendo a poner los motores en marcha, “no nos vayan a ganar el lugar”… Dos horas más a vuelta de rueda, hasta llegar a la caseta de Cosamaloapan… el origen del problema: “es que hubo un rayo, joven, se nos cayó el sistema, y no podíamos cobrar” nos informó amablemente un ajetreado empleado, apurándonos al mismo tiempo, no se fuera a hacer más larga la cola.

Tres horas nos tuvieron en esa fila, porque les cayó un rayo y no tenían cómo cobrarnos. ¡¿qué nos iban a cobrar? ¿el mantenernos atrapados durante tres horas?! ¡Qué descarados! Lo único que mitigó mi coraje fueron las palabras sabias de Clara: “Bueno, marido, ya tienes para tu artículo de la siguiente semana”. Y realmente es un tema interesante y no lo digo nada más para justificar que esté contándoles un episodio más bien insulso de mis vacaciones. Que suceda algo así en México no es casual, es una forma de proceder que se da en otras esferas. Vayamos por partes.

Se entiende que pueda caer un rayo, sobre todo en esa zona, que conozco más o menos bien, y en la que llueve al menos 9 meses al año. Pero una vez caído el rayo… ¿qué hacer? Opción uno: “No pasa nadie, hasta que le podamos cobrar a cada uno. No importa que veamos como se va haciendo un hilera de fierro que se pierde en lontananza”. Opción dos: “Vamos cobrando, si se puede, y si no, ni modo, asumimos la perdida, dejamos pasar automóviles aunque no paguen, pero mantenemos el servicio que prometimos… cuando se restablezca el sistema, volvemos a cobrar”. La segunda es obviamente, la decente y además la lógica. Porque si una de las cosas importantes que vendes como autopista es la rapidez para llegar de un destino a otro, ¿cómo no se te cae la cara de vergüenza al cobrarles, cuando tú mismo fuiste el que ocasionó el desastre? Pero la opción uno es la más previsible en nuestro país. Si yo tengo el control, yo no pierdo. Pase lo que pase, dé un buen o mal servicio, haga lo que haga, lo que sí está seguro, es mi ganancia. En tres horas, además, no se toman la molestia de informar. Hubo posibilidades al principio de buscar otra ruta, por la carretera libre, pero no la tomamos porque no sabíamos que tan larga era la cola. Ellos estaban sentados esperando para cobrar a un público cautivo cuando se restableciera el sistema. Y esto de que se cae el sistema me invita a pisar el terreno político.

Pasa lo mismo, por ejemplo, con nuestros legisladores y la mayoría de nuestros gobernantes. El prototípico fue el inolvidable López Portillo: ¿por qué no en lugar de sus lágrimas de cocodrilo, nos sorprendió a todos diciendo: “Señores, no pude defender el peso como perro, devuelvo parte de mis ingresos, los oficiales y los colaterales, para que puedan contratar a otro menos chambón”. O Fox, que nos vendió el sueño del cambio y que al final nos dejó con una democracia mucho más endeble, no podría devolvernos parte de su salario no devengado? Al contrario: no sólo no nos devuelve un quinto, sino que recibe un sueldo vitalicio que él se había comprometido a eliminar.

Estamos metidos en un hoyo, mucho peor que la fila de tres kilómetros que me inspiró este artículo, ¿y los 500 diputados que reciben más de cien mil pesos mensuales cada uno se ponen sus moños para trabajar un período extraordinario de sesiones? ¿Nos tienen sumidos en un congestionamiento del que no sabemos cuando saldremos, y se atreven a pichicatearnos las candidaturas ciudadanas? ¿Con qué cara van a cobrarnos su sueldo la próxima quincena?

No me contesten… ya los sabíamos bastante descarados.

Publicado en Milenio Diario, León, 3 de agosto del 2011 (http://impreso.milenio.com/node/9002644)

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