David Herrerías Guerra


Casualidades
13/Julio/2011
Hay combinaciones de circunstancias que no se pueden preveer o evitar. A esto debemos llamar casualidades, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Casualidad es una palabra tramposa, porque mezcla y esconde lo fortuito con lo voluntario, lo inevitable con lo previsible. Casi siempre se pronuncia con un tono de sorpresa, hasta de alegría por el hallazgo, aunque a veces las casualidades sean trágicas.

Por una casualidad, dirían algunos, la pelota dio dos veces en los postes y México es campeón. Suma de circunstancias: puede ser que el delantero charrúa no se haya amarrado bien el zapato y un pequeño bulto de la agujeta haya desviado un milímetro la pelota al inicio de su trayectoria, y poco a poco el milímetro se hizo dos centímetros y la redondez del balón sumada a la circunferencia del poste provocara que al chocar, en lugar de entrar, se alejara de la meta mexicana. Casualidad feliz, para los nuestros.

Una casualidad más trágica, como las hay muchas, se dio el sábado pasado. Facundo Cabral había decidido viajar en el autobús del hotel rumbo al aeropuerto, pero el empresario que lo contrató en Guatemala le ofreció llevarlo en su auto. Un grupo de sicarios que, según se cree, querían matar al sujeto que le dio aventón, terminó con la vida de un cantor que pasó su vida predicando contra la violencia y a favor de la paz.

Pero decía que casualidad es una palabra tramposa. Porque los adolescentes mexicanos que sintieron cómo se detenía el tiempo con ese balón que viajaba hacia las redes, y suspiraron con alivio cuando lo vieron arrepentirse, no estaban en ese lugar y en esa cancha por una casualidad. Estaban ahí porque habían ganado seis partidos antes, y cuando se ganan tantos partidos en un mundial no puede ser una suma de casualidades. La victoria de México, se había hecho ya previsible. Ellos la hicieron previsible.

En sentido inverso, la muerte de Facundo parece tener mucho de casualidad, pero como tantas otras muertes, como la del hijo de Javier Sicilia, o la de los 20 jóvenes asesinados el mismo fin de semana, fueron, en cierto modo, previsibles. Porque Guatemala, como México, han hecho lo necesario para ser lugares inseguros; Guatemala como México han invertido décadas de su historia en construir países desiguales con instituciones educativas fracasadas. No son casuales todas las balas, que casualmente llenan los cargadores de armas casuales que casualmente cruzan la frontera a cambio de muchos dólares que casualmente llegan a un país del norte que casualmente es el mayor consumidor de drogas del mundo. No son casuales los proyectiles que atraviesan casualmente órganos vitales, que siegan por casualidad cientos de vidas, casualmente de jóvenes, en su mayoría, y casualmente, pobres.

No es casual que Facundo estuviera en Guatemala, porque si algo marcó su vida fue su pie ligero: no tenía, en los últimos años, ni una casa, vivía en el cuarto de un hotel. No es casual, tampoco que se hubiera despedido para siempre de el pueblo chapín en su último concierto, porque Facundo se sabía enfermo y viejo. Pero tampoco es casual ser víctima por equivocación en estos nuestros países, en los que para no errar, los sicarios prefieren barrer con todos los invitados en las fiestas. La muerte violenta, los daños colaterales, desgraciadamente, han dejado de ser casualidades en estas tierras.

Pero me enturbia más el alma lo de Facundo, con perdón para las miles de otras víctimas, no por casual, ni porque piense – que sí que lo pienso - que Cabral no merecía esa muerte. Me duele porque él dijo, cuando yo tenía 19 años: “Ni el oro de tu bolsillo ni la seda del pañuelo, ni tu plata, ni tus latas, son el camino del cielo; tienes demasiado peso para poder levantar el vuelo”. Y dijo con sencillez lo que yo quería pronunciar como credo juvenil, y lo dijo bien. Me duele porque supo cantarle a alguien: “Te daré una vida sencilla con las cosas que el hombre olvidó/ sin alfombras pero con sonrisas y los ojos abiertos al sol/ Lo mejor de la vida es gratis, no hay pobreza teniéndolo a Dios/ La esperanza será nuestro huésped, teniendo confianza habrá comprensión/ Yo te ofrezco la brisa de mayo las flores de octubre y todo mi amor”. Y cantó así lo que yo hubiera querido cantarle a Clara. Porque los artistas dicen lo que muchos quisiéramos decir cuando nos faltan las palabras, y por eso les estamos en deuda.

Me duele y no me duele, al fin, porque el mismo Facundo, cantó y sigue cantando: “Este es un nuevo día/ para empezar de nuevo/ para buscar al ángel/ que nos crece los sueños/ para cantar/ para reír/ para volver a ser feliz”. Y me crece la esperanza, y creo en un nuevo día, con menos balas y más voluntades entercadas en construir un mejor país con menos casualidades y más certezas.



Publicado en Milenio Diario, León, 13 de julio del 2011
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