David Herrerías Guerra


Nuestra noche triste
29/Junio/2011
Me encuentro con que el 30 de junio, según dicen las efemérides, se conmemora la derrota de Cortez en Tenochtitlán. Son tan pocas nuestras victorias militares, que recordamos esta y la de Puebla con mucho cariño, aunque hayan sido sólo parciales, porque en ambas, los vencidos regresaron a revertir la derrota. Esta es más curiosa, porque finalmente, en la batalla de la Noche Triste, se enfrentaban los aztecas a sólo 400 españoles, pero también, a 20 veces ese número de indígenas que se les habían sumado.

En 1511 Cortez había partido como asistente de Diego de Velázquez a la conquista de Cuba – Fidel no había nacido entonces – y muy pronto se vio preso por desavenencias con Velazquez. Parece que Cortez no sabía respetar los tiempos políticos y quería su hueso más rápido de lo que se consideraba decente en aquellos tiempos; le encontraron en su casa 80 arcabuces, pólvora y ballestas de las destinadas al uso exclusivo de la armada española, y lo metieron a una prisión de alta seguridad. Pero las cosas ya funcionaban un poco a la mexicana: gracias a sus amistades con políticos, jueces y algunos obispos, sale libre, después de haber intentado varias fugas. Lo sorprendente es que pesar de sus antecedentes, es enviado a Santiago como alcalde, con Indios de regalo y toda la cosa.

Libre Cortez, empezó a mover los medios para colocarse políticamente en el gobierno de la Isla, por lo que Velazquez le encargó una expedición, oficialmente, para buscar a unos extraoficialmente, para mantenerlo ocupado. Pero Cortez, que ya se siente el único legítimo, arma una expedición en grande para explorar tierra firme. A pesar de una orden de aprehensión en su contra, sale el 18 de febrero de 1519 con 11 embarcaciones, más de 600 españoles y 200 indios y negros. Empieza la aventura en Cozumel y va bordeando por el Golfo, hasta llegar a Veracruz, en donde recibe por primera vez muestras de respeto de los embajadores de Moctezuma. Como no tenía el mandato para seguir conquistando y poblando, decide crear su propia ciudad, para que su ayuntamiento le diera los poderes necesarios. Hecho lo cual, es el candidato de unidad para recibir el título de Capitán General y Justicia Mayor en las tierras conquistadas y por conquistar, en representación del rey.

De ahí, hacia el interior. Por más que Moctezuma le daba regalitos para que no siguiera, Cortez se va haciendo de alianzas entre los cempoaltecas y otros grupos descontentos con el Imperio Azteca. En Tlaxcala se oponen a ellos Xicoténcatl y Xicoténcatl Jr., ubicados por los historiadores en la corriente de los radicales. Pero al final ganan los tlaxcaltecas aliancistas y deciden unirse a los españoles, a pesar de que sus plataformas políticas fueran muy diferentes. Esta alianza le dio nada menos y nada más que 6 mil afiliados. Ni la misma Elba Esther, muchos años después, ha podido superar estas adhesiones, si lo consideramos proporcionalmente (recuérdese que sólo eran 400 españoles)

Con los Cholultecas hubo algunos malos entendidos que culminaron en la matanza de 5.000 indígenas (el número parece exagerado, por lo que algunos suponen que están sumando muertos, desaparecidos y levantados) Después de esto, muchos sobrevivientes se unieron a la cargada. Pero no todo era miel sobre hojuelas: los mismos españoles ya habían mandado a Pánfilo de Narváez a detener a Cortez, y éste tuvo que regresar a combatirlo. Lo derrotó y sus soldados se unieron también al bando vencedor. Mientras, en Tenochtitlan, Alvarado, que tenía menos dotes políticas que Cortez, masacró a la nobleza azteca y la población se reveló sitiando a los españoles. Cortés regresó el 24 de junio y obligó a Moctezuma a hablar para pacificar a la raza y luego, al parecer, él mismo lo mató, aunque se construyó la leyenda de un tirador anónimo que le disparó una pedrada en la sien. De cualquier forma, la situación se hizo insostenible y evacuaron la plaza, el 30 de junio de 1520 por la noche. Dice la leyenda, que algún macehual que había salido a descargar la vejiga, se dio cuenta y alertó a todos sobre la fuga. Los aztecas atacaron y vencieron a los correlones, persiguiéndolos hasta Tlaxcala. Pero Cortez, después de llorar, al estilo López Portillo, regresó con unos 80 mil indígenas y 600 españoles. Cortó las rutas de salida y mantuvo un largo sitio hasta que 13 de agosto del año siguiente, día aciago en que la gran ciudad, que lucía triste y desolada, fue ocupada por los invasores.

La toma de Tenochtitlán fue comandada por un puñado de españoles, pero la inmensa mayoría de los que la concretaron eran también indios originarios, hartos de los excesos del imperio, algunos, y otros, convenencieros aliados del que creían más poderoso, esperando que les fuera mejor si luchaban a su lado. Cortez era ambicioso, astuto, pragmático, y aprovechó las divisiones internas y la candidez de los habitantes de mesoamérica para vencerlos.

Desde esa época, un puñado nos gobierna, y no somos capaces de unirnos y obligarlos a gobernar para nosotros. Esa es nuestra noche triste.
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