David Herrerías Guerra


Entre Nopales
27/Abril/2011
Doña Ernestina camina trabajosamente entre los nopales. – Estos se llaman juanones – me dice – se ven muy espinosos, pero son los más fáciles de pelar. Este otro le llamamos pelón, es bueno para el ganado, porque no tiene espinas; a éste le dicen camuesa… cuando da tunas también son re buenas –. La nopalera es un bosque de plantas cuyas hojas se convierten en remedio contra los intrusos y hogar de muchas aves. Apenas se adivinan pequeños senderos que, andados con cuidado, llevan a pequeños espacios muy adecuados para ser usados como letrina. Eso hace el trayecto entre las cactáceas doblemente peligroso y emocionante. Pero la viejita se mueve con naturalidad entre el verde plano y aguzado de los nopales, escogiendo las pencas más tiernitas y sabrosas.

Su viejito la dejó hace poco tiempo, víctima de un cáncer fulminante detectado muy tarde, y está sola después de más de 60 años de estar con él. Como la mayoría de las madres de su generación en este pueblo del trópico seco del noreste de Guanajuato, se dedicó buena parte de su vida a parir y a cuidar de los paridos. De haber sabido que eran tan volátiles los hijos, no doce, sino veinte le hubiera gustado tener. Y es que en esta zona son pocas las que tienen hijos varones que no estén en el otro lado. Las mujeres echan más raíces, aunque muchas están también por allá.

Eso se nota en las reuniones del pueblo, en las que escasean los varones, y se nota también en las construcciones, que contradicen las condiciones de pobreza que se viven en general. Casas “de material”, techo de losa, algunas hasta con sala y comedor independiente, o con baño. Muchas de ellas se dan el lujo de no tener habitantes, porque son construidas a larga distancia, para el día que vuelva el patrocinador. Lo constante es la sensación de abandono: los hijos se fueron y ya no han vuelto. Mandan dinero, pero no lo siguen hasta acá, no pueden arriesgarse. El dinero viaja más fácil que las personas. A la migra se han sumado enemigos mucho más temibles en tierra mexicana: los Zetas. Ya hay historias de los que se fueron y son una maleta sola en la terminal, o simplemente una espera interminable aquí y allá. Es el precio que se paga por tener algo en esta tierra inhóspita, por vivir en un país que no es capaz de ofrecer a sus hijos un espacio mínimo para vivir y trabajar.

Son abundantes la remesas que se traducen en mejores viviendas y a veces en apoyos puntuales para la alfalfa de los borregos, o para alguna otra cosita. Para la fiesta del pueblo, sin falta, habrá también cooperacha en el otro lado; y mandarán los dólares junto con la imagen del Sagrado Corazón y la lista de donantes, para que se ofrezcan en el templo.

Pero a pesar de las remesas, la alimentación no ha mejorado gran cosa. Las cosechas de maíz temporalero difícilmente cubren el año y la proteína animal es cosa de fiesta, salvo algunos huevitos, dos o tres veces por semana. Es la parte más pobre de nuestro estado, pero en general, en el país, 3.7 millones de mexicanos, engrosaron en los últimos tres años el grupo de las personas consideradas en pobreza alimentaria. El Coneval calcula tres tipos de líneas de pobreza: alimentaria, de capacidades y patrimonial. Es una clasificación no excluyente para categorizar a las personas de acuerdo a sus posibilidades de adquirir una canasta básica a partir de sus ingresos. El grupo en Pobreza Alimentaria, lo componen personas que no tienen un ingreso mínimo de mil 40 pesos, si viven en la ciudad, o 773 si viven en el campo. Los hogares con un ingreso por debajo de esta línea de pobreza son aquellos que aún invirtiendo todo su ingreso en alimentos no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas de alimentación. En el 2008 había en nuestro país 19.5 millones de personas en estas condiciones, actualmente estaríamos hablando ya de 23.2 millones.

La nopalera de Doña Ernestina ayuda a paliar esta deficiencia. Diario hay nopalitos, y cuando Dios quiere, también hay tunas. Las latosas gallinas que son el azote de las flores y las hierbas de Doña Ernestina, colaboran con algunos blanquillos y la milpa, aunque magra, aporta las tortillas y los frijoles. – Como sea, en el campo uno la va pasando – me dice la abuela. Pero no es tan así. Porque este campo ya expulsó a la mayoría de sus hombres y a no pocas mujeres. En la ciudad es más difícil, porque si no hay dinero, no hay nada, ni la bendita nopalera. Son muchos los hijos que crecen sin padres, y muchos los viejos que lloran su abandono. La mayoría de los que se van son buenas personas, que trabajan honradamente, y mandan sus dolaritos, pero otros se desesperaron y andan ya con los polleros, los narcos, o los Zetas; se junta lana más fácil y más rápido.

– Lástima que se me murió mi viejito – me dice Doña Ernestina – ¿Por qué se lo llevó Dios, si era el único que me quedaba? Ahora con lo duro que se puso allá, los hijos ni pa cuando que vengan a verme, y ya no sé si quiero que vengan, porque si vienen, quiera Dios que no se encuentren con los Zetas – y sigue buscando pencas tiernitas entre la nopalera.

Con datos del Observatorio de Política Social y Derechos Humanos. (www.incidesocial.org)

(Publicado en Milenio Diario, León, 27 de abril 2011. http://impreso.milenio.com/node/8949873)
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