David Herrerías Guerra


El Paraíso es Posible
05/Enero/2011
Sin afán de presumir, me permito compartir un poco del viaje que hice este fin de año, porque viene a cuento con el tema de este artículo. Hay una carretera, llamada La Fronteriza, que corre desde Palenque y se empareja con la parte del Río Usumacinta que divide nuestro País con Guatemala, bajando en diagonal de noroeste a sureste, y bordeando, hacia su costado derecho, la Reserva de la Biósfera de Montes Azules, en la Lancandona, Chiapas. Topa, después de pasar muy cerca de Yachilán y Bonampak con una de las esquinas que en esas latitudes hace nuestra patria, y regresa en línea recta hacia el poniente, hasta llegar a la ciudad de Comitán, pasando a un costado de los Lagos de Montebello. En esa ruta existen numerosas oportunidades para adentrase por terracerías en buen estado que permiten visitar los bordes de la Reserva de los Montes Azules, y otras más pequeñas, conociendo increíbles ríos de colores maravillosos, selvas cerradas y una gran cantidad de especies animales y vegetales. Las cascadas de las Golondrinas y Las Nubes, la reserva de las Guacamayas o Frontera Corozal, desde donde se viaja en lancha a Yachilán, son sólo algunas de las posibilidades.

Pero aparte del hecho de haber disfrutado de estos espacios maravillosos, lo que me causó un gran placer es ver las posibilidades que se empiezan a abrir al turismo ecológico en estos lugares y el modelo que hasta ahora han seguido. Hasta hace pocos años en este tipo de sitios uno podía esperar dos cosas: los mejor conservados eran sitios a los que había que llegar acampando y con muchas dificultades. Desde luego que se disfrutaban, pero eran lugares que sólo una minoría, acostumbrada a este tipo de viajes accedíamos. La otra opción, eran sitios que ya habían sido “descubiertos” por el gran turismo, y estaban (están) convertidos en balnearios, con construcciones turísticas que invadieron la naturaleza, la ensuciaron y la domesticaron tanto que ha perdido su encanto. En muchas ocasiones, especialmente en playas antes vírgenes como Huatulco, las inversiones hoteleras externas terminaron desplazando a los moradores o les dieron cuando mucho el papel de afanadoras y meseros. En otras, las comunidades locales quisieron aprovechar el recurso, pero con muy poca organización y visión lo ensuciaron y desperdiciaron, como es el caso de las Cascadas de Agua Azul.

Las cifras más conservadoras sobre la deforestación del país , las oficiales, hablan de la pérdida de al menos 155 mil hectáreas al año; las más alarmantes, Greenpeace, de 500 mil. Aunque haya una gran diferencia en los números, pensar que cada año perdemos aunque fueran 100 hectáreas de bosques es catastrófico. Los programas de reforestación masivos han recibido muchos recursos, pero son muy mediáticos y llamativos y no tienen resultados reales, porque se pierden la mayoría de las plantas y no se frena la destrucción de selvas y bosques. A las comunidades afectadas por los decretos de reservas naturales, durante muchos años, sólo se les prohibía llevar a cabo sus actividades normales pero no se les daban muchas alternativas y el gobierno no tiene capacidad para frenar la tala ilegal en todo el país.

En muchos de los sitios que están en el corredor que describí al principio, se percibe una organización comunitaria que ofrece servicios turísticos de buen nivel y que van aparejados con el manejo sustentable del lugar. Cabañas y comedores o restaurantes, zonas de acampar y otros servicios que dan recursos a los pobladores. El gobierno paga además por los servicios ambientales, todavía cantidades demasiado bajas (un promedio de 5000 pesos por hectárea), de forma que los campesinos puedan dejar de dedicar el suelo a usos agropecuarios. El concepto de Servicios Ambientales es un principio de elemental justicia: cuando pedimos a una comunidad que en lugar de tumbar la selva y meter ganado proteja el ecosistema y lo mantenga como está, sin tocarlo, ellos están prestando un servicio de gran valor al país y al mundo entero, por lo que deben ser retribuidos en proporción a este servicio. Sólo así, reconociendo el derecho de las comunidades sobre sus recursos, retribuyendo con justicia el servicio que nos prestan y apoyándolos para que ellos mismos manejen eficazmente los proyectos ecoturísticos y productivos que se generen alrededor de las reservas será posible revertir el problema de la deforestación. Da gusto ver que en algunas partes del país se empieza a caminar de esta forma. Ojalá pudiéramos desarrollar proyectos de ese nivel en Guanajuato.

Publicado en Milenio Diario, León, 5 de enero del 2011
http://impreso.milenio.com/node/8890557

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