David Herrerías Guerra


Este espacio es para Don Pepe.
01/Diciembre/2010
Había pensado escribir un artículo sobre el plebiscito que podría decidir, este domingo, el destino del cerro de la Bufa, en Guanajuato. Es un hecho de mucha trascendencia para el futuro democrático de nuestro estado por ensayarse este modo de participación cívica, y por las dudas que existen sobre la limpieza que cabe esperar con unas autoridades volcadas hacia el sí. Pero me ganó el cariño, y el espacio lo tiene que ocupar Don Pepe Álvarez Icaza, quien seguramente se ocupa ahora él mismo de abrazar cariñosamente en el cielo, a cientos de gentes buenas como él que han luchado por los derechos humanos en este país.

Tuve noticia de Don Pepe, como le llamaban mis papás, cuando Álvarez Icaza dirigía el Movimiento Familiar Cristiano. A la mejor aprendí a admirarlo por lo que contaban entonces de él, pero más joven lo conocí en el Centro Nacional de Comunicación Social y supe del importante trabajo que hacían para apoyar a organizaciones populares.

Don Pepe era en los cincuenta un próspero Ingeniero que manejaba obras importantes para el gobierno, pero según cuenta Emilio Álvarez Icaza, su hijo, hubo un hecho que lo marcó: cuando se construía la Normal Superior el Secretario de Educación se comprometió a realizar ahí un seminario internacional, por lo que se vieron obligados a acelerar los trabajos. El capataz ofreció conseguir gente, y así fue. Al día siguiente la obra se llenó de campesinos que con canastos, sacaban la tierra de las zanjas. Pero duraron poco y regresaron a sus tierras. Al tratar de conocer la razón de tan intempestiva huída, se dio cuenta Don José que nadie había visto por ellos, que lo que traían de comer se les había echado a perder y que habían preferido regresar sin cobrar. Habían estado ahí, con múltiples necesidades y la constructora no los había considerado como personas. Hombre íntegro como pocos, supo notar la incongruencia entre su práctica profesional y sus valores cristianos. Su vida cambió de rumbo.

A principios de los sesentas, el ya reconocido ingeniero, padre de 14 hijos, recibe una importante herencia. Para cualquier otro, lo normal hubiera sido invertir ese dinero en su propia empresa, quizás incrementar el nivel de vida de la familia. Pero Álvarez Icaza decide poner ese dinero al servicio de una causa que le pareció más importante: funda el Centro Nacional de Comunicación Social, CENCOS, respondiendo a un llamado del Concilio Ecuménico que sugería que los episcopados contaran con centros de esa naturaleza como apoyo para la difusión de la labor de la Iglesia. Pero vienen los sucesos del 68 y otra vez su solidez moral lo lleva a criticar valientemente al gobierno mexicano. La jerarquía eclesiástica no se podía atrever a tanto y desconoce a CENCOS como órgano de información oficial del Episcopado, lo que complicaba la subsistencia del centro y los ingresos de la familia.

CENCOS fue entonces y ha sido siempre un espacio de resonancia para otras organizaciones civiles y políticas comprometidas con los más pobres. Su posición firme y decidida le ha ocasionado ataques variados, incluyendo amenazas y allanamientos en diferentes épocas de su existencia. Ha sido, durante cinco décadas un incansable promotor del ecumenismo y la tolerancia y defensor de los derechos humanos más allá de nuestras fronteras. La organización fue un modelo para otros centros que surgirían después, se atrevió a hablar y a denunciar los abusos del poder en una época en la que muy pocos se atrevían a hacerlo.

La congruencia entre sus deas y sus acciones fue siempre la línea conductora que explica las decisiones de Don Pepe. En su caminar fue adentrándose cada vez más en la realidad que le mostraba descarnadamente las condiciones de vida de millones de latinoamericanos: pobres, excluidos, violentados. Leer el evangelio a partir de estas experiencias lo llevó, como a otros cristianos, a entender el mandato evangélico de la misericordia en clave de justicia. A entender la necesidad del compromiso cristiano por modificar las condiciones sociales y estructurales que ocasionan la miseria, pero, más allá de eso, a comprometerse con cada renglón de esta lectura, supeditando su prosperidad material a ese fin mayor. Radical como debe se debe ser, como lo fue Jesús, porque supo volver a la raíz, a las verdades simples y fundamentales: el amor a los demás por encima del amor al dinero.

Quizás aún desde esa esfera de vacío del Alzheimer que lo empezó a aislar del mundo, Don Pepe soñó siempre con un país en el que el poder no pasara por encima de los ciudadanos; en el que unos cuantos poderosos no decidieran el destino de los más; en el que todos tuvieran voz. Esto último, especialmente, fue su apuesta en CENCOS. Después de todo, Don Pepe y su sueño, no están lejos del tema de la Bufa. Se trata otra vez, como siempre lo hizo él, de combatir a quienes parapetados en el poder se quieren adueñar de los bienes colectivos.

Si el domingo se frena la destrucción de la Bufa en Guanajuato, Don Pepe esbozará una sonrisa nueva, allá en el cielo.

Publicado en Milenio Diario León, el 1 de diciembre del 2010
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