David Herrerías Guerra


Carta del más allá
01/Noviembre/2010
Queridos parientes

Quienes suscribimos la presente, finados de distintas épocas y residentes del Mictlán, el Omeyocan y el Tlalocan, solicitamos se consideren algunas previsiones con vistas a nuestro próximo tránsito al lugar de los vivos. No sabemos si lo que les pedimos les pueda resultar extraño, pero si tienen paciencia para avanzar en la lectura verán que comparada con nuestras desventuras, no es cara nuestra exigencia.

Cuando nos enterraron, hace mucho tiempo, depositaron amorosamente en la tumba vasijas y comida, mantas y flechas para entregar en ofrenda a los dioses; ¡y a nuestros itzcuintli! fieles canes que nos guiaron muy bien hacia nuestra morada final junto a Mictlantecuhtli, los que morimos de muerte natural; Tlaloc, los ahogados; o Hutzilopochtli, los que cayeron en la guerra o las parturientas, que libraron también su propia batalla.

Pero el regreso para visitarlos ha sido harto difícil. La ruta ha sido tomada por coyotes, narcos, policías y ladrones. Traspasar las fronteras mexicanas es peor que cruzar por el Teocoyocualloa, el lugar donde las fieras se alimentan de los corazones.

La última vez perdimos a nuestros amados itzcuintli que nos fueron robados para ser hechos birria en Jalisco. Un grupo de almas que viajó por Tamaulipas se encuentra desaparecido. Hutzilopochtli, en una muestra de inusual bondad, accedió a prestarnos un grupo de guerreros que nos acompañó en la travesía a la región de Pátzcuaro, una de nuestras vías preferidas, pero sucumbieron con sus arcos y flechas frente a los AK 47 de la familia michoacana. Nuestros pobres niños, residentes de Chichihuacuauhco, donde beben del árbol que mana leche eternamente, se resisten a viajar porque sus compañeros, que hicieron el viaje antes, fueron raptados con algunas de nuestras mujeres y vendidos en Estados Unidos para las fiestas del jálogüin.

Nuestros mayores nos enseñaron a confiar en la autoridad. Los más viejos nos amonestaron por no haber pedido permiso para poner el pie en la tierra de los vivos, y nos mandaron a que nos presentáramos primero a los señores de la ley. Y así lo hicimos, pero nos resultó peor. Los oficiales de inmigración, apenas llegar frente a ellos, nos bajaron, todas la ofrendas. Ni atole, ni chocolate, ni maíz, ni aguardiente tuvimos para el camino. Dos de nuestros compañeros no regresaron y días después Mictecacíhuatl, nuestra diosa madre, recibió una nota exigiendo dinero por su rescate.

Por todo lo anterior solicitamos, si no es mucho pedir, que en la ofrenda del día de muertos no se preocupen tanto por el papel picado, ni las flores de cempoalxóchitil; se agradecen los adornos y los alimentos, las fotos y los recuerdos. Pero si ahorrando en eso, se pudiera tramitar, aunque sea provisional, un pasaporte de tránsito, nos sería más útil. Y si no es mucha molestia, y no arruina su economía, unas trampas pa coyotes que pudiéramos sembrar en el camino al Mictlán para poder pasar sin tanto animal que nos hace tan difícil la visita.

(Periódico AM León, noviembre 1 de 2010)
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png