David Herrerías Guerra


Relaciones peligrosas
08/Septiembre/2010
Hay asuntos que las personas no terminan de resolver en toda su vida. Vemos a gentes que ya con un pie en la sepultura siguen mostrando las manías y taras que adquirieron desde bebés. Así le pasa a nuestra Señora Patria. Ya tan grandota, casi de doscientos años y sigue sin resolver algunos traumas que adquirió desde el seno materno.

Acostadita en el diván nuestra querida Nación cuenta sus cuitas al psicólogo: — Traigo sin resolver un asunto desde que era así, de chiquita, ni siquiera independiente. - Cuénteme, que para eso estamos. Pues fíjese que traigo atravesado desde entonces esta asunto de las relaciones Iglesia Estado. – No me diga, ¿todavía?. –Todavía.

Resulta que desde antes de ser nación independiente ya la relación entre la Monarquía Española y la Iglesia era algo especial. La Iglesia recibía de la Corona la protección y los recursos que necesitaba para expandirse en las colonias, pero a cambio el Rey y los Virreyes tenían la facultad de “supervisar”, por decir lo menos, la elección de obispos y el asentamiento de órdenes religiosas en los territorios conquistados. La Iglesia vino desde el principio, de la mano de los conquistadores en una mezcolanza difícil de separar. Llegaron a imponerse a pueblos de por sí movidos hacia lo religioso y que además, tenían también profundamente entrelazado el culto a los dioses con el poder político. Aún en la actualidad, en las comunidades indígenas, se mezclan naturalmente las responsabilidades y cargos religiosos con los civiles, lo que ha sido causa de no pocos conflictos.

Pero volvamos a la infancia de la Patria. La conquista espiritual preocupaba genuinamente a los Reyes Católicos (no era sólo un pretexto) pero se separaba difícilmente de sus intereses mundanos. Al final, durante tres siglos, la Iglesia acumuló en la Nueva España dinero y poder, y al mismo tiempo ayudó al imperio de tal forma que podían mantener la posición de sus colonias sin tener un gran ejército, gracias a la influencia de los sacerdotes pro regalistas en el pueblo.

Pero la Iglesia nunca ha sido una institución monolítica, algo no siempre bien comprendido desde afuera. Muchos sacerdotes en las comunidades, cerca de la gente, han sido y fueron también factor de cambio. La introducción de las ideas de la ilustración se da en gran medida gracias a esa otra parte de la Iglesia. La independencia se lleva a cabo con la participación de muchos sacerdotes, muchos más que los dos más conocidos. Es verdad también – y aumentamos las paradojas – que en el bando de la independencia los había que luchaban influidos por las ideas de la ilustración en una auténtica lucha de emancipación, pero los había también que luchaban en defensa de la religión y contra los nuevos Monarcas Españoles, los Borbones, demasiado liberales e influidos por las ideas de la ilustración. Como lo afirma Jean Meyer, nuestra guerra de independencia fue en buena medida una guerra religiosa.

Y apenas acabada la lucha, se iniciaron los conflictos, porque la Iglesia institucional al final terminó apoyando y bendiciendo al Ejército Trigarante pensando en volver a una época en que el Estado fuera el garante de la Fe: “Religión, Unidad, Independencia”. Todas las disputas del siglo XIX tienen, al menos como un componente más, esa cuestión, que no se resuelve del todo y que brota de forma violenta otra vez del 26 al 29 del siglo XX.

Tenemos un mapa complejo. La Patria esta formada esencialmente por un pueblo que tiene, desde sus dos raíces, una profunda motivación espiritual. Pero la religión dominante está presidida por una jerarquía premoderna a la que le cuesta mucho trabajo entender que sus armas no pueden ser ya las del Estado y pretende en muchos casos ordenar los asuntos civiles de acuerdo a su propia visión. Hay en contraparte un sector importante de la sociedad y el Estado que se enfrentan cada vez más a esa jerarquía y se confrontan a veces en una carrera de descalificaciones improductiva, enfatizando las incongruencias y pecados de la misma Iglesia: “Todos los curas son pederastas, todos los católicos son medievales”.

En este problema no habrá vencedores ni vencidos. Es necesario avanzar hacia una integración productiva. Es claro que, por parte de la Iglesia, debiéramos iniciar un proceso profundo de reflexión para encontrar, como pidió el Papa, nuestros enemigos internos y adecuar esta vieja y a veces ruinosa estructura a los nuevos tiempos para ofrecerse al diálogo con el mundo con mucha más humildad. Desde fuera, sería importante reconocer la complejidad de la Iglesia, la diversidad de actores que conviven en su seno. Son notables los espacios de colaboración que se dan de hecho entre católicos y gente preocupada por la justicia. Reconocer que además de los pocos – y condenables, desde luego – curas pederastas, hay cientos de sacerdotes y laicos trabajando en zonas y proyectos constructivos y liberadores.

¿Podríamos iniciar un diálogo? A los doscientos años ya deberíamos estar maduros para hacerlo.


Publicado en Milenio Diario, León, 8 de septiembre del 2010
http://impreso.milenio.com/node/8829027
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